Inicio Opinión ‘Better Call Saul’, el extraño caso de una gran precuela

‘Better Call Saul’, el extraño caso de una gran precuela

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Tenemos muy asumido que alargar una historia, ya sea aumentando el pasado (precuela) o el futuro (secuela), no suele llevar a senderos que realmente tengan algo de especial que visitar. El escritor y guionista Neil Gaiman (American Gods, Buenos Presagios, Sandman) cuenta que, al principio de su carrera como artista de las letras y generador de mundos, no tenía éxito y sentía que sus escritos dejaban mucho que desear. Haciéndose preguntas sobre sus fracasos, se dio cuenta de algo que le cambiaría como creador: una buena historia es aquella que tiene algo que realmente valga la pena contar. Algo con textura humana, no solo una ensoñación vacía. Esta es la clave de la transformación de Better Call Saul.

Precisamente por ello, cuando lo central y vital del cuento ya ha sido revelado y desarrollado, lo siguiente suele carecer de alma. Y eso, dice Gaiman, el consumidor lo nota. Resuena a algo que ya conoce y lleva por dentro, pero no tiene el mismo olor ni el mismo tacto. Es en este punto en el que el creador tiene que elegir un camino de dos posibles: abandonar la obra (porque uno nunca termina una historia del todo) o buscar un nuevo significado a lo siguiente a relatar.

La esencia de Breaking Bad terminó con aquel memorable último capítulo, FeLiNa. Una historia redonda, cuya base es la evolución de dos personajes contrapuestos y con desembocaduras distintas pero complementarias. Sin embargo, como es natural en cualquier empresa que desee seguir generando beneficios de algo que funciona, se le pide a Vince Gilligan, el creador y showrunner de la serie, que se ocupe de seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro. Aquí entra la disyuntiva anteriormente mencionada. Gilligan cree que aún le quedan cosas que contar de algunos personajes de Breaking Bad, y decide situar la historia en un escenario anterior, cronológicamente hablando.

Saul Goodman representa el maquiavelismo jurídico.
Saul Goodman representa el maquiavelismo jurídico.

Solo se entienden las dos flojas primeras temporadas de Better Call Saul en este pobre escenario. Es cierto que el personaje de James McGill tiene su miga, y en BB tiene los mimbres necesarios para imaginar que su vida haya sido interesante. Sin embargo, se nota que Gilligan no tiene algo realmente interesante que contar en estos dos primeros actos. Algo resuena, pero no como debería. Le falta otorgarle un sentido a la serie en este tramo. Un estilo argumental y algo original que defina a los personajes. Esto, naturalmente, alejó y alejará a aquellos que no le den tantas oportunidades a los productos por la cantidad ingente que hay en el mercado audiovisual.

Es a partir de la tercera temporada en la que la historia y los personajes se encuentran a sí mismos y dotan de verdad a los acontecimientos. Logra unir la calidad visual que caracteriza a la franquicia a una narrativa realmente interesante y profunda. Gilligan entiende que las exageraciones deshumanizan a los personajes, y decide dejar de hacer de Saul Goodman una caricatura para convertirlo en un proceso armónico y decreciente. Para colmo, le rodea definitivamente del pilar de esa evolución, la moral e incombustible Kim Wexler. El contrapunto perfecto del desvergonzado y maquiavélico Goodman.

Es la constante lucha moral y emocional de ambos la que dota a la serie de robustez y calidad. Además, incomoda que sea Kim la que se vaya corrompiendo (guiño a la evolución de Heisenberg), en vez de ser Jimmy el que limpie sus métodos cuestionables y legalmente poco éticos. Es desolador ver de cerca la constatación de Kim de que sus métodos moralmente impecables no consiguen alcanzar el éxito que si generan las triquiñuelas y desaguisados que provoca Goodman. Este hecho derrumba todos sus anhelos como abogada que quiere cambiar el mundo. Y, a la vez, le acerca a él de una forma casi magnética como si de polos opuestos se tratase.

Kim Wexler es el lado luminoso y desinteresado de la abogacía.
Kim Wexler es el lado luminoso y desinteresado de la abogacía.

Por otro lado, Better Call Saul comparte con su antecesora el uso del McGuffin. Aquí, la abogacía y los conflictos legales son meros viaductos para llegar a lo realmente central. Esto es, el negativismo inherente a la lucha del bien contra los métodos infalibles del mal. En Breaking Bad, el cáncer de Walt y los problemas financieros son una excusa para mostrar la verdadera obsesión y los complejos que rodean al insignificante profesor de química. Por tanto, para Vince Gilligan y Peter Gould lo importante no es el qué, sino el cómo y con quién. Por eso las dos primeras temporadas son fallidas y las siguientes aciertan, porque se da cuenta de la importancia de esta fórmula en su éxito.

Teniendo esto fijado y resuelto, la serie despega y se sitúa en la cúspide de las grandes narrativas del momento. La experiencia del creador y el buen hacer de Bob Odenkirk, Rhea Seehorn y Jonathan Banks estalla y llena la pantalla. Better Call Saul logra el arduo sueño de tantos potenciales creadores del audiovisual: conseguir que momentos en teoría insignificantes, se conviertan en la piedra central de la narración. Apenas hay diálogos, porque Gilligan deja hacer a sus actores y cuenta todo con la imagen, por lo que no hay necesidad de redundar la información con la palabra. Permite que los personajes brillen a través de pequeños gestos que, por acumulación, componen la verdad de personas complejas en constante búsqueda de una razón de ser.

La trama del narcotráfico es lo menos interesante de la serie.
La trama del narcotráfico es lo menos interesante de la serie.

Como nota negativa, es reseñable la gran diferencia de interés que hay entre la trama principal de Goodman en contraposición con la de Mike Erhmantraut y Gustavo Fring. Es cierto que sirve para darle acción y ritmo a los episodios, pero conocer el desenlace de la trama (desventajas de una precuela) le quita hierro y peso a las decisiones y consecuencias de la misma. No obstante, refuerza aún más lo que ocurre en BB, por lo que cumple su cometido y se deja ver.

Por desgracia, la tardía explosión de la serie le resta valor a todo lo conseguido por la misma en este brillante tramo que está alcanzando. Pero, a pesar de ello, merece muchísimo la pena iniciarse en esta serie. Incluso podría afirmarse en determinados momentos que iguala o supera a su vanagloriada y obra maestra antecesora. Por suerte, a veces lo que empieza siendo un fracaso, puede llegar a convertirse en algo reconocido por todos. Se puede comenzar siendo un inútil como James McGill y acabar siendo el afamado y sinvergüenza Saul Goodman. Es cuestión de tiempo y de tomar las decisiones acertadas. Y, sobre todo, es cuestión de transmitir algo por lo que valga la pena empatizar.

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