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‘Tenet’, aicneucesnoc-asuac

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Tenet
Fotograma de 'Tenet'

Título original: Tenet

Año: 2020

Duración: 150 min

País: Estados Unidos y Reino Unido

Dirección: Christopher Nolan

Guion: Christopher Nolan

Música: Ludwig Göransson

Fotografía: Hoyte van Hoytema

Reparto: John David Washington, Robert Pattinson, Elizabeth Debicki, Dimple Kapadia, Michael Caine, Kenneth Branagh, Aaron Taylor-Johnson, Clémence Poésy, Himesh Patel, Andrew Howard

Productora: Syncopy Production, Warner Bros

Género: Thriller, Acción, Espionaje

Ficha en Filmaffinity

“El tiempo, fijado en sus formas y manifestaciones factuales: esa es la idea suprema del cine como arte”, decía Tarkovsky. No podemos entender el cine sin el tiempo al igual que no podríamos entender la pintura sin el color. Mientras el resto de artes parecen presentarse como eternas y casi divinas, el séptimo acepta su condición humana, su temporalidad. La sociedad contemporánea ha visto nacer (y según algunos morir) al cine. El séptimo arte abraza el tiempo casi tanto como nosotros lo hacemos. Y quizás pocos directores hayan comprendido tan bien en los últimos años la necesidad de abrazarlo como Nolan.

El director londinense trabaja con el tiempo tal y como el escultor clásico trabajaba con el mármol. Lo esculpe, tal y como diría de nuevo Tarkovsky. Origen (2010) e Interestellar (2014) ya nos mostraron cómo moldeando el tiempo Nolan podía convertir un segundo en una eternidad y concentrar toda la eternidad en un segundo. Ahora llega Tenet, el verdadero clímax de la ludopatía temporal del director.

Nolan vuelca es su última película todas sus obsesiones con el tiempo con la misma violencia con la que Pollock lanzaba pintura sobre sus cuadros. Consigue que un fotograma englobe pasado, presente y futuro (o realmente ninguno), concentrar en un plano diferentes lineas temporales. Cuesta ya diferenciar quien avanza y quien retrocede, quien se adelanta y quien se queda atrás. Resulta gratificante esa sensación de sentirte perdido en un horror vacui ya no espacial sino temporal. ¿Cómo puede uno escapar de un laberinto sin paredes?

Tenet
Fotograma de ‘Tenet’

Esta ya no es una lucha contra el tiempo, sino entre el tiempo. Y por mucho que pueda parecer por momentos que Nolan se haya perdido ahí contigo y con sus personajes, hay que tener fe ciega en el cineasta. Porque si algo hay que destacar de sus películas es lo bien que deambulan en el limbo entre lo desbordante y lo reconfortante, entre lo inhóspito y lo hogareño. Nolan siempre te lleva de la mano, por mucho que no lo parezca. Porque la esencia de Tenet no recae en pintar una Mona lisa, sino en esperar al momento exacto en el que Duchamp decida ponerle un bigote (ojalá contextualizar más esto sin haceros comer un spoiler bestial, lo siento, lo hago por vuestro bien).

En esta analogía recae la esencia, no sólo de la película, sino en general de la filmografía de Nolan. En cómo el director es capaz de concentrar en sus obras la esencia del blockbuster y la del cine autoral, de ser venerado por los que más y por lo que menos. Al fin y al cabo podríamos entender Tenet como una reiterpretación de La Jetée (1962) de Marker adaptada al relato de espionaje moderno, algo así como lo que ya hizo Gilliam con sus 12 monos (1995). Aún así, es cierto que en Tenet este pulso entre industria y autor parece ganarlo el primero. No tiene que ser algo malo, pero es cierto que ese equilibrio que Nolan siempre a buscado entre el panem et circenses y la lírica visual se rompe a favor del cine del espectáculo.

Se nos regalan secuencias de acción adrenalínicas, cuyas coreografías con pistola en mano parecen haber sido inspiradas por la triología de John Wick o incluso videojuegos como Superhot. Incluso parece inspirarse en estas su banda sonora, una apabullante sinfonía de techno cuya simetría parece ansiar resultar consecuente tanto cuando la película avanza como cuando retrocede, al igual que parece querer recordar con su rotunda percusión a esas manecillas del reloj imparables (e invertibles). Para los preocupados por la ausencia de Zimmer, quédense tranquilos. La jugada que ya llevó a cabo Göransson introduciendo sonidos urbanos y contemporáneos en Black Panthern le vuelve a salir de maravilla en Tenet.

Tenet
Fotograma de ‘Tenet’

El problema para mí aparece cuando esta tendencia a lo pirotécnico elimina de la ecuación el alma de la película. Me resulta en su mayoría una obra fría, donde la psicología de los personajes parece haberse empeñado a cambio de una trama de entresijos políticos y económicos que al final acaba resultando apática. Me gusta la ironía que esconde el hecho de que un descubrimiento tan trascendental como sería el de los viajes en el tiempo no pueda tratarse desde una perspectiva que no sea la bélica  e incluso burocrática. Pero a la vez me entristece. No hay una fascinación hacia esa nueva lógica, ni intradiegética ni extradiegéticamente. Resulta incluso kafkiano que las leyes básicas del espacio-tiempo se estén deformando mientras nuestros personajes negocian con magnates malvados. “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”, decía Kafka.

Tenet no es la mejor película de Nolan. Ni siquiera tengo claro si me parece una buena película de Nolan. Veo un cierto desencanto, un director exageradamente pragmático, como aquel que coge un Cabify en el centro de Barcelona y mira el móvil en vez de por la ventanilla. Los mejores momentos de Tenet son aquellos donde los personajes frenan (o se ven obligados a frenar), miran a su alrededor y se dan cuenta de la inmensidad del (nuevo) mundo que les rodea, tomando prestadas algunas trazas de ese horror cósmico lovecraftiano.

Son momentos que remiten a esa fascinación inocente que tenía Dziga Vertov en El hombre de la cámara descubriendo que su lente podía registrar una nueva forma de entender el mundo. Igual a la que un servidor sintió al darse cuenta de que esta alteración del tiempo, que convierte la causa en consecuencia y viceversa, cambiaba también la concepción de la narrativa clásica haciendo que el deus ex machina, aquello imposible de predecir, tomara ahora las riendas del relato. Pero aquello que pensaba que me iba a desbordar, que me iba a hacer sentir minúsculo e insignificante ante algo nuevo, no lo ha hecho.

El problema es que estos momentos son más bien excepciones dentro de la película. Nolan parece ser consciente de las piezas que tiene en su tablero, pero parece obsesionado porque querer moverlas todas mínimo una vez, sea excelente, aceptable o pésimo su movimiento. Lo que me acaba ocurriendo con Tenet es que siento que de toda la bella, canónica y sugerente Mona Lisa que nos pinta Nolan lo único que me fascina realmente es su bigote.

Lo último de Nolan es una buena película, una montaña rusa de paradojas, acción y tiempo que deja sin aliento en sus puntos álgidos. Pero tengo la sensación de que podría ser algo más. Siento que Tenet nos sienta a ver los gladiadores en el Coliseo mientras Roma entera se está cayendo a pedazos. Aunque en un año en el que nuestra Roma entera se está cayendo a pedazos, quizás no necesitemos más.

Lo mejor: Encontrarse con un Nolan que quiere jugar a ser Dios con el tiempo y, por lo tanto, con el cine

Lo peor: Darse cuenta de que este Dios tiene los pies en la tierra

Nota: 7/10

 

 

 

 

 

 

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