Series que son un buen negocio (LXXXII): ‘El arte de parecer Sarah’, una estafa de lujo

¿Por qué será que toda historia con estafadores profesionales de por medio termina resultando fascinante? Quizá por la inventiva, el descaro y hasta la pericia de éstos para seguir hacia adelante sean cuales sean sus mentiras y enredos. Hay mucho de esto en la miniserie surcoreana de El arte de parecer Sarah.

Una intriga con atractivo visual y buen fondo argumental, pese a contar con una trama compleja. Pero principalmente, repleta de juegos psicológicos entre los personajes. Una investigación policial que intenta desenmascarar la identidad poliédrica de la tal Sarah Kim. Una protagonista imbuida por el espíritu de Matt Damon en El talento de Mr.Ripley o el propio Leonardo DiCaprio en Atrápame si puedes.

Los indicios y pesquisas sobre el enigmático crimen de una joven descoloca al jefe de la investigación policial que se obnubila por descubrir la verdad y atrapar a la responsable. Y es que Sarah Kim, o como se llame en realidad, se desenvuelve magníficamente bien suplantando, imitando, intentando estafar a grandes fortunas. Pretende llevar a cabo su sueño de tener una identidad propia muy distinta a la de su triste existencia. Una vida carente de estímulos. Una patología psicológica común entre muchos los estafadores, esa necesidad de ‘ser alguien’. Sin olvidarnos de la búsqueda de una supuesta felicidad basada en el materialismo, en parte como escapatoria de un camino cargado de deudas económicas, decepciones y soledad. Otros también con un impulso irrefrenable por engañar a los demás, para sentirse más inteligentes y por afán de manipulación. De todo hay, como en los casos de Anna Delvey o del mago del Ponzi, Bernard Madoff.

«Si no puedes cambiar la realidad, cámbiate a ti misma» (Fotograma: Netflix)

Otra de las cosas que suscitan interés de la miniserie, es el hecho de sumergirse en el sofisticado y complejo mundo de los artículos de lujo. Aportando no pocas reflexiones sobre este tipo de productos, y los mecanismos psicológicos y de marketing que subyacen. Hay que tener en cuenta que es algo particularmente potente en las sociedades asiáticas, grandes consumidores. Con una clara fascinación por el lujo, la exclusividad, y una especie de aura de coleccionismo frenético, como sucede con varios de los personajes de la serie.

Como ya reflejaba la serie enológica de Las Gotas de Dios, hay una gran parte de sofisticación y otra buen parte de esnobismo y pretenciosidad en estas industrias que explotan lo exclusivo. En el absurdo mundo del pedigrí social, de las apariencias y la inclinación por la ostentación, exhibir este tipo de productos satisface la necesidad de pertenencia y estatus social de los aspiracionistas (‘wannabes‘). Le sucedía a la protagonista de Palm Royale, desesperada por ser aceptada en el círculo de ese prestigioso club social. Derrochar en lujos, «se alardea por carencias», pretende proyectar una imagen de éxito, depender de lo que piensen los demás. «No importa quien seas ni lo que seas, sino lo que aparentas», de eso vive la industria del lujo.

Además de engañar y embaucar a varios empresarios, la polifacética Sarah, ex empleada de una de esas tiendas de Milla de Oro, observa el mecanismo psicológico de la compulsión, de las excentricidades y la altanería de clientes y dueños de esas marcas. Con ese aprendizaje, impulsa la motivación de convertirse en ese tipo de mujer, desarrollando una faceta emprendedora que de no ser por sus múltiples delitos sería hasta loable.

La pregunta que sobrevuela buena parte de los episodios es «¿cuándo se había torcido todo?». Todo el mundo, en algún momento, repara en que se está equivocando de rumbo, de camino o de propósito. Pero Sarah, obstinada en su plan maestro, no se redime de si misma, va a ir hasta el final con sus particulares proyectos.

«¡¿Hay alguien que no sepa que lo que verdaderamente se paga es la marca?!» (Fotograma: Netflix)

Posicionar una marca ficticia, que obviamente no conoce nadie en ninguna parte, es sencillamente espectacular desde el punto de vista empresarial y marquetiniano. Al fin y al cabo, llámese Boudoir o como sea, es lo menos relevante para los ricos-ultrarricos. Darle una pátina de exclusividad extrema, es lo que hace enloquecer a las víctimas inversoras de su estafa y a las propias clientes. Unas vampiresas del lujo que ambicionarán su marca de manera exagerada. «Cualquiera puede hacer bolsos, pero no crear una marca de prestigio», para eso se desarrollaron las técnicas de mercado, nos colaron productos de calidad discutible con logos, expectativas de calidad, sensación de alta gama. Pero básicamente, la emoción de creerte una persona única y especial…

Cuanta más indiferencia muestra Sarah hacia las orgullosas clientes, más expectación (‘hype‘) les genera. «El precio de los artículos de lujo no depende de su coste. La gente quiere el estatus social que le acompaña. Un sentimiento de superioridad». Menudas clases magistrales de marketing de Sarah Kim a lo largo de la serie. Un verdadero lujo, y muy esclarecedor.

Es otro aspecto del arte del engaño, de la ilusión. Con este caso Boudoir de gran estafa se pone de manifiesto que es todo una invención de la nada. Otra característica de los bolsos de Boudoir, como los de las grandes marcas, es que se diferencian en casi nada de las réplicas. Complicado diferenciar entre un producto de lujo y una falsificación. Para eso embauca a una artesana del ramo marroquinero que elige materiales, diseños y detalles que dan «el pego». Y nos revela todo el artificio que hay en estas cosas.

La delgada línea en ese matiz: «si no se distingue de lo auténtico, ¿se considera una imitación/falsificación?». Por cierto, argumento también de una serie sudafricana de la misma plataforma Mala influencer, que aborda la temática de las falsificaciones de bolsos de lujo, la reputación vía online y la promoción comercial en determinados círculos sociales.

En todo caso, es curiosa la evolución de los personajes, especialmente en la protagonista Sarah. De ex dependienta empeñada hasta las cejas, que intenta liquidar préstamos a lo Girlboss revendiendo productos de marca por Internet, a su transformación en estafadora de altos vuelos y emprendedora de éxito. Incluyendo la faceta criminal.

El gran valor de la serie, además del entretenimiento y suspense que proporciona, es reflexionar sobre la gran tragedia financiera de nuestros tiemposEndeudarse para consumir. Comprar a plazos objetos innecesarios por el mero hecho de ser reconocido y validar un estatus socioeconómico artificial. Simple y llanamente, tratar de impresionar a los demás mediante la gran trampa psicológica de las marcas de lujo, y no tan lujo.

En definitiva, una fantástica serie que va más allá de la persecución de una enigmática, escurridiza, y planificadora estafadora. A partir del juego psicológico-filosófico de los personajes, permite reflexionar sobre el sector del lujo y el anhelo por las tan superficiales apariencias. Un timador no sabe donde empieza la verdad y donde acaba la mentira. Tan importante es no dejarse engañar, como no autoengañarse…