Series que son un buen negocio (LXXXIII): ‘Douglas is cancelled’

Una fantástica miniserie de tan sólo cuatro capítulos, que se adentra en el polémico mundo de la cultura de la cancelación. Su formato bastante teatral, con diálogos muy ingeniosos y cargados de valor. Siendo muy destacable su notable viraje desde la comedia satírica hacia el drama con un mensaje potente. Sin un minuto de desperdicio. Por ello, Douglas is cancelled es una propuesta de lo más interesante para abordar uno de los fenómenos mediáticos y políticos de nuestro tiempo.

Es en si misma una arriesgada exposición de lo que supone navegar en las aguas turbulentas de la censura y la autocensura, ya sea por expresar opiniones alineadas o no con el pensamiento predominante, o por juzgarlas. Por consiguiente, cuenta con todo el mérito por hacer planteamientos arriesgados donde pone de manifiesto los claroscuros de todo ello, aún a riesgo de descontentar a partes iguales a las dos facciones radicalmente opuestas de esta controversia.

Retrata a los jóvenes bajo el prisma de cierta fragilidad emocional, de piel fina, con una excesiva susceptibilidad ante algunas de las microagresiones que tanto les exaspera de la sociedad actual. Son aspectos que la serie espolvorea sobre las conversaciones inteligentes y trascedentes que en todo momento mantienen sus personajes. Hoy en día todo queda sujeto a la interpretación de todo el mundo, y a las connotaciones sensibles, susceptibilidades, moralidad del humor y la ética personal.

«Ok, ‘boomer’, no hagas ‘mansplaining’», nadie ha pedido ser objeto del paternalismo ni la condescendencia machista. Por el otro lado, son varios los personajes que representan el fiel reflejo del llamado patriarcado. A los ojos de las jóvenes empleadas de la cadena, y de la propia hija de Douglas, hipersensibilizada por estos temas. Como comentábamos, inicialmente parte con un tono de comedia fina sobre los grandes dilemas de la ética periodística respecto de tabúes y el correccionismo político. Y con buenos toques de sarcasmo, al gusto humorístico británico.

El elenco de participantes de El caso Douglas (Fotograma: SkyShowTime)

Que Douglas (Hugh Bonneville) sea un simpático y carismático Matías Prats de la televisión británica, no le libra de patinar con un ¿inocente? chascarrillo en plena Era de la Cancelación. Hay auténtico pavor en los medios de comunicación a perder audiencias drásticamente. De ahí que se autoimpongan un código ético de autocensura, casi idéntico al hipócrita proceder de los partidos políticos. Eso sí, son de aplicación de puertas para fuera, para los rivales. En cualquier caso, Douglas ha generado malestar en su empleador, la cadena de televisión. Su incontinencia verbal se considera una actitud indeseable e inapropiada, no tanto por ética sino por el negocio. Ni siquiera que se desconozca el contenido exacto de ese presunto chiste sexista, en plena ebullición festiva en una boda familiar, puede detener la sangría en redes sociales. Si se difunde en Twitter el rumor, no hay nota de comunidad ni respuesta que valga. Las críticas son feroces, es creciente la indignación a golpe de tuit.

La propia cadena de televisión pretende apaciguar los ánimos con una especie de gestión de crisis, incluso recurriendo a un humorista de escasa habilidad para quitar hierro al asunto, pero la viralidad del asunto es imparable. Mismo proceder que en el caso de cualquier político de turno. Como le sucedía a Blanca Suárez en Me he hecho viral en redes o al rapero sucedáneo de Eminem de la neerlandesa Forever rich. Las redes sociales son implacables. La credibilidad de Douglas, su reputación, está en evidente peligro. Veinte años de carrera que se pueden ir por la borda por este ‘desliz’. «Mejor no aportar contenido cognitivo alguno fuera de la vida del presentador», le reprime el editor del programa. Sobrevivir a la red social más despiadada, polarizada y politizada es tarea ardua y compleja para cualquiera.

Pero, ¿cuál era el chiste? Misterio que sobrevuela, acertadamente, durante buena parte de la serie. Sexista o misógino, qué más da. Lo verdaderamente importante e interesante que aporta Douglas is cancelled, son las varias reflexiones inteligentes y concluyentes que se deben extraer.

Dividida en dos actos de dos episodios cada una, vivimos un gran giro de guión y punto de inflexión, con un excelente tercer episodio. Lo que parecía un chascarrillo sin importancia y sin contexto, empieza a agravarse. La búsqueda de la exculpación por esa incontinencia verbal inapropiada, se convierte en algo muy serio. Retratando además a la periodista y esposa de Douglas, su agente/representante, y el editor mencionado. Cómplices, encubridores de la falta de sensibilidad de Douglas, y de su falta de autocrítica. Todos muy moralistas, hasta que a la hora de la verdad, se hace la vista gorda o se evita pronunciarse sobre meteduras de pata abismales porque son amigos, familiares o compañeros de profesión. La hipocresía moral en la que campan a sus anchas dos sectores tan notorios como los medios de comunicación y la política, y tan estrechamente ligados entre si.

La entrevista determinante de Madeline a Douglas (Fotograma: SkyShowTime)

Las escenas retrospectivas de la auténtica protagonista de la serie, Madeline (Karen Gilian), la copresentadora y compañera de Douglas en la televisión; retrotrae a otra de las situaciones desagradables que desgraciadamente han sido recurrentes en la industria cinematográfica y mediática. En realidad, un grave problema laboral. El abuso de poder y acoso sexual de los directivos de las cadenas (y partidos políticos) hacia subordinadas. Algo que narraba muy bien la película El escándalo, con un elenco espectacular además, sobre el caso real de los extralimitaciones a varias mujeres en la cadena estadounidense Fox.

Madeline se presenta en esta serie como una joven decidida, resuelta y empoderada (co)presentadora. En su bochornosa e incómoda experiencia de contratación con el editor del programa, con un flagrante acoso y de muy mal gusto, se empieza a forjar su venganza. Una restauración del honor en el que Douglas será ajusticiado como cómplice del editor, por ser connivente de ese hecho y que revive el caso de su chistecito. La miniserie arroja una idea tajante, no se es una radical feminista por actuar contra un impresentable ni con los equidistantes ante tales hechos. No hay chiste ni actitudes que aceptar bajo ningún concepto, y punto. Madeline parece dejarlo meridianamente claro con sus maniobras.

Todo lo que plantea la miniserie en este segundo acto, con varias situaciones incómodas por los delitos, micromachismos e incorrecciones de los dialogantes, sucede con gran fluidez y tensión. Con desenlaces determinantes para los personajes.

En definitiva, estamos ante una brillante miniserie que consigue desenmarañar la compleja exposición de la cultura de la cancelación. Demostrándose que hay chistes, comentarios y actitudes que lejos de ser inocuos, son indeseables e innecesarios. Por muy histriónico que parezca a veces el movimiento. Además, expuesta de esa manera formidable mediante el fulgurante tránsito desde la comedia al drama. Y dejando atrás la hipótesis de la levedad y la exculpación, para hacernos una exposición de varios problemas actuales en el ámbito social y laboral. Muy divertida y recomendable para reflexionar sobre este tipo de actitudes y de discriminación sexual y laboral.