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¿Qué hacemos con el ‘fan service’?

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El fan service es uno de fenómenos más comentados, alabados y vapuleados en los últimos años en las grandes producciones de cine y televisión. Es un concepto tan amplio como ambiguo, pero desde aquí lo podríamos acotar como aquella referencia en forma de concesión por parte de una obra hacia su público que logra romper la cuarta pared al crear su propio metarrelato. Vaya, el típico guiño al espectador. Ese que saca la sonrisa desde la butaca. Pero, ¿por qué hablar de esto ahora?

Por supuesto, el fan service no es algo nuevo, por mucho que ahora que esté ahora hasta en el café de las mañanas. Desde los cameos de Hitchcock en sus películas – que eran ya una atracción más para los espectadores – hasta ese instante en el que el Arca de la Alianza se dejaba ver en Indiana Jones y el Reino de la calavera de cristal (2008), pasando por ese E.T que corría detrás de un disfraz de Yoda en la cinta de Spielberg, el cine siempre ha querido devolverle la mirada al público para que sintieran que estaban formando parte de algo mayor.

Esa búsqueda de la complicidad y la involucración del espectador en la historia ha sido también siempre un elemento fundamental en cualquier obra, audiovisual o no, y suele funcionar. Y es, en parte, una buena noticia. El fan service es el producto de un canal de comunicación sano y activo entre creadores/productores y consumidores/público. Es la demostración más evidente de que se nos escucha, de que nuestra voz, nuestras reclamaciones, nuestras apetencias, no caen en saco roto.

Que en la (demasiado) vapuleada Solo: Una historia de Star Wars (2018), Han tuviese un momento en el que disparase primero y antes que su oponente es una deliciosa redención del personaje y una respuesta a los años de quejas por parte de los fans de la saga galáctica a las modificaciones de Una nueva esperanza (1977) para sus versiones remasterizadas de 1997 y 2004. Que en el final de la serie The Office (spoilers), Steve Carell haga una breve y última aparición para levantar aplausos o que en el último episodio de Friends (¿spoilers?) vuelvan ‘el pollito’ y ‘el patito’ es algo que demuestra una gran empatía hacia los fans que han ido acompañando, en sus más y en sus menos, a estas dos históricas comedias. Entonces, ¿cuál es el problema?

Toda esta saludable relación entre obra y público se rompe cuando, como en todo, llegan los excesos. El pavor a perder influencia en el público y a dejarse atrás puñados de fans, mientras sagas y series se empeñan en estirar esas historias maratonianas, fuerza a reutilizar esta fórmula hasta gastarla. El sonrojo que produce en fan service al rozar lo ridículo llega cuando la excepción se convierte en norma y cuando lo anecdótico marca el ritmo de la historia.

Juego de Tronos sea quizá la producción más relevante a la que se la está fustigando con la etiqueta de caer en el fan service constante. Aun a falta de conocer lo que realmente ideó George R.R Martin para sus personajes – aunque quizá no veamos en esta vida la publicación de los últimos libros de Canción de Hielo y Fuego – lo cierto es que es difícil apartar la mirada a aquellos giros argumentativos que encajan a la perfección con los deseos de una buena parte de los fans mientras, oh casualidad, la calidad de la narración se mantiene con respiración asistida.

Uno de los terrenos más fértiles en el pantanoso fan service es el de los romances. Es de sobra conocido como cuando dos personajes tienen química entre ellos, el público pide que se vaya más allá. Esa derivada del fan service es una mina de oro para los guionistas, que tienen a ceder ante estas peticiones y consiguen de paso asegurarse un hilo narrativo extenso durante varios años.

Dentro de la etiqueta de fan service están por supuesto los conocidos easter eggs, estas referencias a la propia historia dentro de esa historia y que suelen estar marcados por un alto componente de nostalgia. Sería necesario un artículo mucho más extenso para analizar cada una de las grandes producciones que en esta última década han empleado esta derivación del fan service, desde Star Wars hasta Jurassic World.  

‘Jurassic World’ es quizá la colección de easter eggs más clara que podemos encontrar y demuestra lo mucho que conocen los deseos de los fans los propios creadores.

Por supuesto, el fan service se ha visto favorecido por las redes sociales y el acceso permanente que tienen los creadores para analizar lo que los fans quieren. La transparencia nunca había sido mayor, y los oídos de los productores nunca han estado más finos. Y para prueba un botón, cuando esta pasada semana el aluvión de críticas y burlas al diseño de la película Sonic tras la publicación de su primer tráiler hizo que el propio equipo de producción diera marcha atrás y anunciara que se realizarían modificaciones al respecto para contener la crisis.

Entonces, ¿qué hacemos con el fan service? Queda visto que se trata de un fenómeno tremendamente interesante, que empodera a los fans, favorece la comunicación entre éstos y la obra, y dota a la serie o película de una consciencia sobre sí misma y sus capacidades extraordinaria. Además, está comprobado que se trata de una fórmula que está aquí para quedarse gracias a las nuevas formas de comunicación. Claro está, que esta misma dinámica acaba corroyendo a la propia historia que, deleitada por los aplausos fáciles, suele perder el sentido de la orientación.

Al final el fan service, como el vinagre en la ensalada y las risas enlatadas, funciona mejor con moderación.

 

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