Tres mujeres es la última película de Leyla Bouzid (‘Una historia de amor y deseo‘) con la que estuvo nominada al Oso de Oro así como al Teddy en el último festival Internacional de cine de Berlín y que ahora se estrena en las salas de cine.
La historia que nos propone Bouzid es la historia de Lilia (Eya Bouteraa), una chica tunecina afincada en París que regresa a Túnez para asistir al funeral de su tío. Allí, Lilia no solamente tendrá que enfrentarse a su familia y a una sociedad que ni siquiera la tiene en cuenta sino también a su propia identidad y sus contradicciones. Un relato tan íntimo como político en donde el mundo es contado desde la liminalidad en la que se encuentra su protagonista.
En esta conversación con la directora hemos podido hablar de la motivación por contar esta historia, de Lilia, de la homosexualidad en Túnez y de lo que espera que ocurra en un futuro.
PREGUNTA ¿En qué momento decides que esta es una historia que debes contar?
LEYLA BOUZID: En 2017 mi abuela murió y la casa, la cual era la casa familiar, se puso a la venta. En ese momento pedí a mi familia poder rodar una película antes de venderla, pues lo más probable era que la casa fuera derruida para construir pisos. Mi familia aceptó y me puse a escribir el guion.
P: Es decir, la casa es la que inspira la película.
LB: Sí, y la relación entre mi abuela y mi tío. O sea, mi tío inspira el personaje del tío Daly así como los recuerdos que me marcaron en mi niñez y que en cierto modo me perseguían, pues la historia de mi tío fue menos poética y bastante más violenta. Quise revisitar todas esas imágenes y explorar el legado que ese tío podría haber transmitido, de manera positiva, a su sobrina. La vida de mi tío fue una vida rota y quería convertir su historia en algo más global.
P: A lo largo de la historia encontramos cuatro Lilias diferentes, la francesa, la tunecina, la familiar y la que se relaciona con el resto de la sociedad. ¿Qué es aquello que la da unidad como personaje?
LB: Para mi, al principio de la película Lilia representa el autocontrol, es un poco rígida y mide todas sus emociones. Ha encapsulado a sus cuatro “yoes” cada uno en una cajita y eso le permite controlar sus emociones perfectamente, pero a medida que la historia avanza, esas cuatro cajitas se desmoronan y se convierten en una sola, lo que provoca una fisura y una pérdida de control que la lleva a casi a la autodestrucción, como en el episodio de la playa o delante del policía. Eso, no obstante, la lleva poco a poco a la aceptación de no poder controlarlo todo y a reconciliarse consigo misma. Ojalá Lilia pueda culminar esa trayectoria y se deje ir.

P: La luz tiene una importancia fundamental. ¿Qué propósito hay detrás de esta decisión estética?
LB: La verdad es que planteé la película para que llegase la luz a medida que avanza la historia. Como has dicho, existe una reflexión acerca de cómo entra la luz en la casa y hay una escena muy significativa en donde Lilia y su madre cortan la parra que tapa una ventana llenando toda la habitación de luz. A lo largo de la película la casa va interactuando más con el exterior, con todo lo que ocurre fuera. Al final, las ventanas están totalmente abiertas y hay una escena muy luminosa en donde el propósito es que la familia permanezca como tal. A su vez se puede traducir con un deseo de que esa luz llegue a Túnez.
P: A menudo ha explicado que las fuerzas políticas y sociales moldean la esfera privada. ¿Se puede hacer el camino a la inversa, es decir, puede lo íntimo moldear lo público?
LB: Claro, a ver, hago un pequeño paréntesis para explicar que es a partir de 1913 —durante el protectorado francés— cuando entra en vigor la ley 230 y se pena la homosexualidad con hasta tres años de cárcel y con la prueba anal; antes en Túnez la homosexualidad no estaba penada. Esto, de alguna forma, legitima la homofobia que puede llegar a sentir una sociedad. Hay una ley que lo ampara. Es decir, soy homófobo pero esto está bien porque la ley me da la razón. Ocurre lo mismo dentro de la familia. Si una familia rechaza un miembro por ser queer, tiene la excusa perfecta: la ley legitima ese rechazo.
Si no hubiese esta ley sería mucho más fácil combatir la homofobia en la sociedad y dentro del seno de la familia. A la vez, dado la forma de pensar de la sociedad tunecina, al estado le viene bien esta ley. Si hubiera quedado desfasada porque la sociedad se ha adelantado a la ley ya no tendría sentido, pero sí, la pregunta sigue siendo, ¿qué es primero, el huevo o la gallina?


