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Las traducciones de la vida

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Bill Murray se recreaba cabizbajo en la inmensidad de su vaso de whisky. El bar de aquel hotel de Tokyo estaba a medio llenar y una dedicada vocalista entonaba su particular versión de Scarborough fair. La ciudad y su ruido son abrumadores. La gente agolpada en las aceras, las pantallas de Neón en las fachadas de los edificios y la niebla de polución que entorpece la vista. Nuestro payaso está triste, lejos de casa y perdido en la traducción. Lost in translation (Sofía Coppola, 2003)

Sofía Coppola se resarció con creces de su vilipendiada aparición en El Padrino III (Francis Ford Coppola, 1990) escribiendo y dirigiendo esta obra maestra contemporánea. Una película que, aunque pueda sonar a cliché, trata de algo tan simple y complicado como la vida. La frustración, la desorientación y el martillo implacable de la colectividad amenazando con agotar cada célula del ser. Dos almas perdidas y sin propósito inmediato se encuentran de casualidad entre un mar de chillidos y abrumadores engranajes. En esta cinta se nos muestra a un Bill Murray que se encontraba escondido hasta entonces. Ni rastro del bufón escandaloso y majete como el que se nos había presentado anteriormente. En su lugar la cámara retrata a un hombre a la deriva que ha sido lentamente devorado por el éxito vacío. Una estrella apagada incapaz de dormir por las noches y que se pregunta constantemente a dónde ha ido a parar su vida. ¿Qué ha pasado? ¿Acaso no debería ser feliz con todo lo que tiene?

Bill Murray en ‘Lost in translation’.

La otra cara de la moneda es una jovencísima Scarlett Johansson deseando reivindicarse como la gran actriz que en realidad es. El polo opuesto pero equivalente al actor cincuentón con problemas existenciales. Una adulta neófita que aún no sabe cómo se hace eso de caminar por su cuenta. La vida es tan grande que no sabe por dónde empezar a desdoblarla. El ruido de las expectativas es tan estruendoso que la voz de sus pensamientos apenas es un hilo de sonido tenue en la lejanía de su cabeza. Porque su cabeza está muy lejos. Y no encuentra lo que busca. Y no busca lo que encuentra.

Scarlett Johansson en ‘Lost in translation’.

El desaliñado panorama emocional empuja inexorablemente hacia el encuentro de los protagonistas. Pero esta no es una historia de amor romántico. Al menos no del que acostumbra a mostrar Hollywood. Este es un cuento sobre dos juguetes rotos que se hacen compañía en su breve bagaje oriental. Con la noche de Tokyo como testigo emprenden una búsqueda incansable hacia cualquier resquicio de respuesta a su tristeza. Ambos saben, sin embargo, que su asociación es fugaz y circunstancial. Seguramente igual de rotos ,pero algo reconfortados, se despiden fundidos en un abrazo aliñado por unas misteriosas palabras que ella le susurra a él. Los espectadores nunca llegamos a saber el contenido de ese murmullo. Y es de justicia que así sea. Ese momento es solo para ellos. Toman direcciones distintas para perderse de nuevo entre el gentío y el alboroto de la ciudad. Y el payaso triste sigue estando triste. Y la joven confusa sigue estando confusa. Pero al menos recuerdos nuevos les acompañarán en su peregrinaje.

No es un cliché, Lost in translation habla de la vida.

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