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‘Hayati’: la tierra no prometida

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Este artículo forma parte de una crónica del 1er Festival Online de Cine Dirigido por Mujeres, lanzado a través de la plataforma Mujeres de Cine.

Título original: Hayati

Año: 2018

País: España

Dirección: Liliana Torres, Sofi Escudé

Música: Joan Pons

Fotografía: Alberto Borque

Reparto: Ossamah Al Mohsen

Género: Documental

Ficha en IMDb

El subgénero de documentales sobre refugiados es uno de los fenómenos cinematográficos más destacados y representativos del siglo XXI. Los hay de todos los cortes, para todos los gustos, mejores y peores, con mayor y menor conciencia social, realizados desde muy diferentes lugares…

Quizá por eso, no resulta extraño que sea un género agotado. En este punto, todos tenemos una idea general del conflicto de los refugiados, todos tenemos unas concepciones y hemos emitido nuestros juicios, con mayor o menor grado de información y más o menos fortuna. Es difícil que, en 2020, un documental que trate la temática de los refugiados resulte relevante, llamativo y atractivo.

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Fotograma de ‘Hayati’.

Y, aun así, Hayati, de Liliana Torres y Sofi Escudé, es un documental que aguanta. Aunque no es largo, se centra exclusivamente en el drama de los refugiados sirios y su intento por llegar a Europa, centrándose en un grupo pequeño de personas. Y, a pesar de que esto sea tan reconocible… aguanta. Aguanta porque uno de sus sujetos es probablemente una de las figuras más representativas y reconocibles de esta crisis, y su historia es llamativa, reconocida por todos, y el documental promete ampliarla.

El video de la periodista húngara que hizo que un hombre refugiado que corría con su hijo en brazos cayese al barro mientras una masa de personas se movía casi por encima suya es uno de los documentos más escalofriantes de un conflicto que marcó la pasada década. Ese hombre, Ossamah Al Mohsen, es uno de los protagonistas de Hayati. El resto del elenco lo forman personas de su familia, futbolistas profesionales en Siria que se vieron obligados a emigrar a Turquía.

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Fotograma de una de las secciones animadas de ‘Hayati’.

Hay un diálogo interesante entre la expresión de la masculinidad y el drama personal en Hayati: estos futbolistas entrenan, porque es lo único que saben hacer; mantienen sus compromisos, hablan con sus familias que viven a muchos kilómetros, tratan de reconstruir una ilusión de vida normal… pero es imposible. Ninguno tiene el dinero para conseguir la licencia que les permite jugar profesionalmente en Turquía, y los clubes para los que hacen prácticas no se la pagan. No pueden encontrar trabajo, no consiguen sus visados, todo está irremediablemente lejos de ellos, en un mundo al que no pueden llegar y que no los quiere.

Es una situación dramática que Hayati explora en varias secuencias animadas, flashbacks de la vida de sus protagonistas, que terminan siendo lo mejor de la película. El resto es humano y cercano, pero más allá de la vida de sus sujetos, no termina contando demasiado. No tiene por qué; sus personajes son gente relevante en el contexto, la película construye profundidad emocional para cada uno de ellos y la situación no pide demasiado a los cineastas. Pero aún así, nunca es buena señal que lo más duro de tu película aparezca en los textos del final.

Lo mejor: las secuencias de animación añaden una dimensión más al documental.

Lo peor: la historia no lleva a ningún sitio, y el momento más duro se queda fuera de la película.

Nota: 5/10

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