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Fernando Fernán Gómez, el extraño viaje a ninguna parte

Fernando Fernán Gómez, cámara en mano
El 28 de agosto se cumple el primer centenario del nacimiento de una de las personas más importantes de la cultura española del siglo XX

2021 ha sido el año de los centenarios del cine español. Primero, en mayo, fue el de uno de los más insignes actores secundarios de nuestro país, Luis Ciges, inconfundible por su manera de hablar y su peculiar humor. En junio llegó el aniversario del nacimiento de uno de los directores que mejor supo captar la realidad de España, siempre desde la comedia más satírica; hablamos de Luis García Berlanga.

El 28 de agosto se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los personajes más insignes y prolíficos de la escena cultural española del siglo XX, un verdadero hombre del renacimiento. Actor de cine y de teatro, escritor, dramaturgo, poeta –su faceta que menos exploró-, director de cine, articulista, miembro de la Real Academia Española. Todo esto y mucho más fue Fernando Fernán Gómez, un pelirrojo “grande como un continente y eterno como un gerundio”, como lo definió el crítico Oti Rodríguez Marchante, y que, a pesar de sus múltiples facetas, prefería que le catalogaran como un cómico.

Los inicios

Justamente de otro continente vino. Más en concreto de América del Sur, de Perú, de Lima. Allí nació fruto del romance de Carola Fernán Gómez y Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero, dos actores. Sin embargo, el niño nunca llegó a conocer a su padre ni a ser reconocido por él, ya que fue un hijo extramarital y sus progenitores nunca se casaron debido a la presión de la también actriz y madre de Fernando Díaz, María Guerrero.

Con la interpretación en la sangre, y ya  estableido en España, el joven Fernando Fernán Gómez se afilió en 1936 al Sindicato de Actores de la Confederación Nacional de Trabajadores -CNT-, donde recibió clases de actuación e hizo sus primeros papeles en la compañía de Carmen Seco. Este fue el inicio del gran legado, con más de 200 películas en su filmografía, que nos brindó Fernán Gómez cuando murió en 2007, pero también supuso el comienzo de su militancia anarquista, que seguiría presente hasta su sepelio, cuando se desplegó la bandera rojinegra de la CNT en su féretro.

Fernando Fernán Gómez haciendo el saludo anarquista cuando le otorgaron el Premio Donostia en el Festival de Cine de San Sebastián

Una vez terminada la guerra, Jardiel Poncela le dio en 1940 el primer papel profesional a Fernán Gómez como actor de reparto en la obra teatral Eloísa está debajo de un almendro. En apenas tres años, este joven que se consideraba “feo, pelirrojo y con acné” cuando empezó en el Sindicato de Actores fue contratado por la productora cinematográfica Cifesa.

Carrera durante el franquismo

La primera vez que apareció en la pantalla grande fue en Cristina Guzmán (Delgrás, 1943), pero no fue hasta Empezó en boda (Matarazzo, 1944) cuando tuvo su primer papel protagonista. La transición del teatro al cine no le costó tanto como a su personaje en El viaje a ninguna parte (Fernán Gómez, 1986) -“¡me cago en el padre de los hermanos Lumiere!”-.

A partir de este momento empezó a probar las mieles de la fama gracias a sus papeles cómicos, su aspecto esbelto y una voz poderosa, lo que le llevó a protagonizar grandes éxitos de la época como Botón de ancla (Torrado, 1948) o Balarrasa (Nieves Conde, 1951). También trabajó para los grandes directores de los años 40 y 50. Participó en películas de Edgar Neville como Domingo de carnaval (1945) o El último caballo (1950); de Pedro Lazaga como Muchachas de azul (1957) o Ana dice sí (1958); e incluso en la ópera prima de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, Esa pareja feliz (1953).

Fernando Fernán Gómez y Conchita Montes en ‘El último caballo’ (Neville, 1950)

Este bagaje le sirvió al nacido en Perú para codirigir su primera película con Luis María Delgado, Manicomio (1954) –también la protagonizó, como hizo en la mayoría de sus largometrajes-. Sin embargo, su verdadera explosión como director fue con La vida por delante (1958), una obra donde demuestra tanto sus preocupaciones sociales como sus grandes dotes técnicas. Sin duda, la escena donde se relatan las diferentes versiones de un accidente de coche ante la policía puede ser una de las cimas del humor patrio, tanto por lo disparatado –“me ha llamado hasta endeviduo”- como por un montaje que se adapta a los tartamudeos del personaje de Pepe Isbert.

La década de los 60 fue su etapa más prolífica, donde hizo la mayoría de sus mejores obras como director e incluso las más problemáticas. La venganza de Don Mendo (1961) es una comedia posmoderna y surrealista que nada tiene que envidiar a los Monthy Python o a la película española de culto Amanece, que no es poco (Cuerda, 1989), pero caída en el olvido por desgracia. Esta situación también le ocurrió, aunque por otros motivos, a dos de las obras maestras que hizo Fernán Gómez y que son historia de España.

La censura franquista, que ya había actuado  anteriormente en películas en las que había trabajado Fernán Gómez como El inquilino (Nieves Conde, 1958), obligó que solo fuese estrenado de tapadillo El mundo sigue (1963), un sainete que bebe del neorrealismo italiano, con una mordaz crítica a la sociedad de la época e introduciendo temas tan de actualidad como el machismo. La película era prácticamente desconocida hasta que fue recuperada en 2015.

El extraño viaje (1964) también estuvo varios años sin ver la luz por miedo a las posibles represalias de la censura. Sin embargo, cuando se estrenó en 1970, le otorgaron el premio a mejor película del Círculo de Escritores Cinematográficos y hoy está considerada como una de las grandes obras de nuestro país por su retrato del pueblo español, por su perspicacia técnica, por lo escabroso de su historia y por el inolvidable baile de Sara Lezama.

Fin del franquismo y democracia

Coincidiendo con los últimos años de la dictadura, Fernán Gómez fue escogiendo también papeles más selectos en películas de autor. Es así que en la década de los 70 participó en títulos como Ana y los lobos (Saura, 1973) o El espíritu de la colmena (Erice, 1973). Además siguió participando en otras películas y dirigiendo, adentrándose incluso en el mundo de las series de televisión con El pícaro (1974).

Justo con la llegada de la democracia a España, Fernando Fernán Gómez estrenó su más prestigiosa obra de teatro, Las bicicletas son para el verano (1977), adentrándose en un tema silenciado durante la dictadura,  la Guerra Civil Española. Habiendo vivido él mismo la contienda, terminó la obra con una reflexión sobre el final de esta en forma de simple frase que ha quedado para la posteridad: “no ha llegado la paz, ha llegado la victoria”. Al año siguiente de su estreno consiguió el premio Lope de Vega y en 1984 tuvo su adaptación cinematográfica a manos de Jaime Chávarri.

En la década de los 80 nos entregó la que sería su película más personal, casi autobiográfica, una obra cumbre que sirve de homenaje al trabajo de los cómicos de la posguerra. El viaje a ninguna parte (1986), basada en la novela homónima escrita por él mismo, supuso que ganase el Goya a Mejor Director en la primera gala de estos premios. En esa misma cita hizo doblete con el Goya al Mejor Actor por su papel en Mambrú se fue a la guerra (Fernán Gómez, 1986), otra película contra el olvido de las funestas consecuencias de la victoria franquista.

En sus últimos años de vida siguió actuando y logró grandes hitos en su carrera. En 1990 publicó su prestigioso libro de memorias, El tiempo amarillo; ganó el Óscar a Mejor Película Extranjera con Belle Époque (Trueba, 1991); y en el 2000 tomó posesión del sillón de la letra B de la Real Academia Española.

Fernando Fernán Gómez en ‘El abuelo’ (Garci, 1998)

Además participó en dos cintas que retratan muy bien cómo fue el actor en su vida. Tanto El abuelo (Garci, 1998) como La lengua de las mariposas (Cuerda, 1999) nos presentan a un hombre culto y amable, ya en su senectud, y presentado como un entrañable abuelo. Porque Fernando Fernán Gómez fue el abuelo de España durante muchas décadas; un abuelo con pinta de cascarrabias –“¡a la mierda!”-, pero de corazón bondadoso, amable e, incluso, tímido, como aseguran los que le conocieron; un abuelo culto y librepensador que sirvió de profesor a generaciones que nacieron tanto en medio de una dictadura autárquica como en democracia; un abuelo más por su figura venerable que por su edad.

Esto es verdaderamente lo que le convierte en un grande de España, porque, como dijo Antonio Machado, “todo pasa y todo queda”, y Fernando Fernán Gómez y toda su obra se quedará por siempre en la cultura y en el imaginario común de nuestro país.

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