El Festival Internacional de Cine el ojO cojo, una de las citas más comprometidas con el cine social e independiente en España, ha hecho públicos los galardones de su XXII edición. Con más de dos décadas de trayectoria, el certamen vuelve a cumplir su promesa fundacional, servir de puente a aquellas cinematografías del mundo que rara vez encuentran espacio en las pantallas comerciales.
El palmarés de este año trasciende lo meramente cinematográfico para convertirse en un diagnóstico moral de nuestro tiempo. Las obras premiadas trazan un mapa que une a Irán, Australia o Nueva Zelanda, explorando temas tan urgentes como el totalitarismo, las secuelas del colonialismo, el racismo estructural y la emergencia medioambiental.
El Premio Guiño al Mejor Largometraje de Ficción ha recaído en Sunshine Express, ópera prima de Amirali Navaee. Rodada con presupuesto mínimo en un almacén de Teherán, la cinta utiliza un juego de rol a bordo de un tren para diseccionar cómo los sistemas totalitarios se sostienen mediante la complicidad colectiva y la manipulación psicológica.
En el apartado de no ficción, el Premio al Mejor Largometraje Documental ha sido para Yurlu | Country, de la periodista Yaara Bou Melhem. La obra narra la lucha de Maitland Parker, un anciano de la etnia Banjima, contra la contaminación por amianto que ha convertido su tierra ancestral en un «territorio envenenado». Por su parte, la Mención Especial en Documental ha reconocido a The Haka Party Incident de Katie Wolfe.
En el apartado de cortometrajes, el jurado ha reconocido a When the Geese Flew, de Arthur Gay, una obra que cautiva por una sensibilidad emocional capaz de transformar la vivencia íntima de un adolescente en un eco universal sobre la soledad juvenil. Junto a ella, la mención especial ha sido para ACE, dirigida por Raymond Edwards, una travesía luminosa donde la imagen real se funde con la animación y la mitología māori.
Más allá de los títulos premiados, el jurado ha subrayado la lectura transversal de esta edición: el cine como herramienta para “nombrar lo que el poder intenta silenciar”. Desde la resistencia de los pueblos originarios hasta la fragilidad de la juventud contemporánea, las obras comparten una apuesta formal arriesgada en la que la estética está indisolublemente ligada al compromiso social.


