Lo sé, llego tarde y puedo explicarlo. Y no es una excusa barata —al menos, a mi no me lo parece—, porque me ocurre desde hace un tiempo —y no quiero pasarme de necio, tampoco—. Sencillamente, no sé por qué me gustan las películas que me gustan, o por qué me disgustan, aunque sean pocas. Últimamente, siento que carezco de expresión y criterio: explicar los porqués se me vuelve un suplicio y acabo retrasando mi protagonismo en este medio. Y tras un segundo visionado a Devuélvemela, me doy cuenta de que esas dos anteriores palabras, expresión y criterio, parecen ir de la mano con esta nueva película de los hermanos Philippou.
Hace un par de años, Danny y Michael estrenaron Háblame, su exitosa ópera prima que, con un par de tópicos muy reiterados en el cine de terror, consiguió impactarme elevando esos clichés a un nivel tan alto que solo la oscuridad de su historia podía devolverme al infierno para sufrir, en una ouija moderna, con el gore, el duelo familiar y la melancolía y vacuidad de una generación adolescente. Y vuelven, muy potentes —económicamente, sobre todo— con otra propuesta igual o más impactante sobre la pérdida familiar y sí, también con su dosis de splatter.
En la segunda película de los directores imperativos, lo paranormal sigue presente, pero dentro de un universo más realista. Esto, en teoría, lo hace más lógico, cercano, áspero e íntimo, porque todo ocurre en el espacio doméstico, alrededor de un círculo pintado de blanco. Y si me adentro, me encuentro con una señora, Laura, exageradamente tierna —demasiado para ser verdad— que adopta a dos hermanos huérfanos: Andy, adolescente, y Piper, más pequeña. Pero un tercer niño, de unos diez años, aparece por la casa con un carácter tenebroso. Un VHS en ruso y lo que en él sucede anuncian algo muy perverso. No pinta nada bien…
Jonah Wren Phillips en ‘Devuélvemela’.
Y todo va ocurriendo durante los primeros días, o eso parece. En mi primer visionado quedé impactado, pero no sabía bien por qué: lo que me atrapaba era el golpe visual, el gore—la escena del cuchillo, la mesa de madera y el arrancarse la piel del brazo— y las magníficas interpretaciones. Sally Hawkins, la locura de su personaje te atrapa cómo un rehén más; aporta vulnerabilidad y contención a un personaje que equilibra ternura y miedo, lo que facilita empatizar con su dolor y confusión y, a la vez, odiar por sus tácticas malévolas. Jonah Wren Philipps imprime al enigmático Ollie una ambigüedad emocional y una presencia tétrica que exigen un gran pulso psicológico y actoral. Sora Wong brilla en ese delicado equilibrio entre fragilidad y resistencia, especialmente cuando el terror es sugerido más que mostrado, y su ceguera convierte lo concreto en una amenaza velada. Y Billy Barratt… extraordinario: naturalismo, angustia y un retrato del miedo infantil que alcanza a su punto álgido en el emotivo audio que envía a Piper. Y así.
No me atreví a reflexionar más hasta un segundo visionado, que ahora sí he hecho. El resultado: fascinación e incertidumbre a partes iguales.Sí, puede que Devuélvemela sea más redonda que Háblame, más clara en su destino, pero no en su recorrido. Sin embargo, este destino, aunque emotivo, también tambalea por su falta de originalidad, coherencia e imprevisibilidad tras toda una trama propia de brutalismo y sensibilidad. El desenlace pedía algo menos facilón. Aun así, durante el recorrido, los hermanos Philippou proponen un universo, o mitología, con influencias de H.P. Lovecraft muy interesantes: rituales que mezclan lo racional con lo sobrenatural, ausencia de leyes universales y de lógica interna, para potenciar la ambigüedad y el desconcierto, y los cultos secretos…
Jonah Wren Phillips y Sally Hawkins en ‘Devuélvemela’.
El problema surge cuando no se sabe nada de lo que está ocurriendo: todo lo lovecraftiano en Devuélvemela permanece ambiguo o desconocido y nunca se explica. No es algo que me desagrade; al contrario, me fascinan esas dudas, esa incertidumbre sobre si lo que se cuenta es correcto (o deliberado), o si, por el contrario, vuelve incoherente y errática la historia. Precisamente de ese ocultismo ambiguo y malsano bebía Lovecraft para crear sus obras. Pero claro, de ahí tendrá que surgir esa violencia realista, árida y física, que me encanta, donde el desconocimiento me lastra. Porque no encuentro una reflexión que justifique del todo ese impacto visual tan angustiante, ¿es por culpa de este desconocimiento?
No sé… me estoy haciendo un lío y quiero fallecer aquí mismo tras esta fatiga mental sobre una historia tan impresionante como, a la vez, vacua, sobre todo en la expresividad visual. Solo en la escena final —que me recuerda al cierre de La Forma del Agua—, percibo una respuesta clara a lo que los hermanos RackaRacka quieren contar: el dolor insoportable por la pérdida de un ser querido. La iluminación y los tonos desaturados expresan una legítima vulnerabilidad y desamparo mientras que los planos cerrados insisten en esa claustrofobia. Y aquí, lo sonoro es sinonimo de amenaza, elevando a la opresión cada vez más. Y aunque sean muchos agujeros los que tapar en esta historia, la incertidumbre que se crea entre la película y yo me sigue atrapando. De algún modo, tanto de forma correcta como errónea, esa mezcla me seguirá cautivando. Ya dije que a estos dos había que tomarlos en serio, aunque cada vez extiendan más la línea entre el arte y lo sádico.
Nota de lectores3 Votos
7.8
LO MEJOR: Una historia, personajes e intenciones increíbles, de Oscar.
LO PEOR: Que en mi cabeza todo sea contradictorio.