Tras conquistar al público en cines y plataformas con una historia cargada de emoción, música y segundas oportunidades, Un año y un día inicia ahora una nueva vida lejos de la pantalla. La ópera prima de Álex San Martín, protagonizada por Nicole Wallace, Luis Fernández, Nadia de Santiago y Víctor Elías, da el salto a la literatura con una novela que expande y profundiza el universo emocional de la película.
Esta nueva versión de Un año y un día no solo recupera los conflictos emocionales y sentimentales que conectaron con los espectadores, sino que también permite explorar con mayor detalle la psicología de sus personajes, sus silencios y las heridas emocionales. Un movimiento poco habitual en la industria audiovisual, donde normalmente son las novelas las que terminan adaptándose al cine y no al revés.
Con motivo del reciente lanzamiento del libro, hablamos con San Martín sobre este curioso proceso de adaptación inversa, del cine a la palabra escrita, las diferencias entre narrar con imágenes o con texto y la manera en la que esta historia romántica ha seguido creciendo más allá de la gran pantalla.
PREGUNTA: ¿En qué momento supiste que esta historia tenía que ser una película?
ÁLEX SAN MARTÍN: Pues mira, la verdad es que el guion de esta peli lo escribí hace muchos años. La primera idea era que fuese una obra de teatro musical, porque al final el piano en la película es un personaje más. Me parecía interesante hacer una especie de obra de teatro con concierto dentro del propio teatro. Pero con el tiempo empezó a tomar una forma mucho más cinematográfica y acabé cambiándolo, lo transformé en película.
Hablé con Óscar Montesinos, que es el director de fotografía y amigo mío, y le comenté: “Oye, ¿qué te parece? Tengo esta historia, léela a ver si te gusta”. Nosotros ya habíamos hecho unos cuatro cortometrajes juntos, así que ya teníamos esa dinámica de trabajo. Después de eso, el proyecto quedó pendiente un tiempo, y él me dijo: “A mí me gusta mucho, yo lo veo. Creo que esto puede ser una película muy chula. Vamos para adelante”. Y así decidimos hacer la peli. Es mi primer largometraje. He hecho varios cortos antes, pero este es mi primer largo.
P: ¿Cómo ha evolucionado tu forma de entender el cine desde tus primeros cortos hasta hoy?
ASM: Pues yo, la verdad, ya lo iba notando de cortometraje a cortometraje. El último que hice fue Babel, que ganó varios festivales justo antes de la película. Ahí ya me estaba dando cuenta de que era más cuidadoso a la hora de rodar, con los planos, y de que iba aprendiendo también a dejarme guiar por gente que entiende cada departamento específico. Porque, más allá de todo, mi labor en la película era básicamente intentar convencerles de cómo veo yo la vida y cómo veo yo el cine. Es una visión bastante romántica.
Y luego apoyarme en lo que me decía todo el equipo: los actores me ofrecían muchísimas cosas, Óscar con la fotografía, y después con Víctor Elías y
Jaime Vaquero, que hicieron una banda sonora preciosa para la peli. Con todos ellos hablábamos muchísimo. Entonces, yo creo que lo que más ha evolucionado es que he aprendido a escuchar mucho más que antes. Y que lo importante, al final, es el producto: en este caso la película, o un libro, o un corto, o un largometraje, mucho antes que si eres tú el director, el creador o el guionista.
P: ¿Te consideras un director más intuitivo o más metódico en tu proceso creativo?
ASM: Absolutamente intuitivo. De hecho, tengo a Óscar al lado para bajarme a la tierra, porque si fuera por mí, empezaría a rodar todo con planos secuencia, nada de planos-contraplanos. Soy muy intuitivo y me gusta hacer el cine de una forma más instintiva. Por ejemplo, esta película es como una especie de cuento, pero muy cotidiano. Me interesa que la gente se sienta muy identificada, y por eso me parece más realista trabajar con planos un poquito más largos. Pero claro, Óscar es el que me dice: “Alejandro, necesitamos este plano y necesitamos otro, por si acaso”. Y luego, en el montaje, con el montador, Sebastián González, que es otro crack, hicimos algo bastante loco, porque no queríamos hacerlo de forma cronológica. Así que estuve metiendo flashforwards y flashbacks por toda la película. Así que sí, muy, muy intuitivo.

P: ¿Cómo recuerdas el paso por el Festival de Málaga y la primera reacción del público?
ASM: La verdad es que el feedback fue muy bueno, a la gente le gustó bastante. Es verdad que teníamos otros actores bastante importantes, como Nicole Wallace, Nadia de Santiago y Luis Fernández, y eso acaparaba un poco la atención del público. Pero, sobre todo, lo que más se comentaba era cómo habíamos conseguido un reparto así, una banda sonora tan bonita y una fotografía que parecía casi una película americana, como de comedia romántica, aunque en realidad es más un drama. El resultado fue muy bueno. Estuvimos muy contentos, y además nos trataron súper bien.
P: ¿En qué momento decides volver a la historia y convertirla en novela, expandiendo una historia que ya se había contado en cine?
ASM: Me sentía un poco en deuda con el espectador a la hora de desarrollar a los personajes. Es verdad que en el libro puedes profundizar más en el pasado, y yo tenía muchísimo interés en que el espectador supiese cómo han llegado hasta el punto en el que están en la película. Quería jugar bastante con el pasado y el presente, como una propuesta dentro del propio libro. Para mí eso era importante: que el lector, en este caso, pudiese ver cosas que el espectador no había visto. Entonces, al final, nos pusimos en contacto con la editorial, vimos si me atrevía a escribir el libro, y así empezó todo.
P: ¿Qué descubriste de la película al reescribirla como libro?
ASM: Descubrí muchas cosas. Al final, cuando escribes un guion estás pensando constantemente, al menos yo lo hago así, en cómo rodar todo lo que estás escribiendo: las animaciones, la música, lo que eres capaz de hacer y lo que no. En cambio, en el libro eres mucho más libre. Muy libre. Y eso me permitió entender mejor a los personajes y por qué les sucede lo que les sucede. Me metía mucho más en su pensamiento, en su alma. Y tanto lo que dicen en los diálogos del libro como sus propios pensamientos me ayudaron a estar un poco más en paz con ellos de lo que había estado con la película.
P: ¿Qué libertad te da la novela que no te daba el lenguaje cinematográfico?
ASM: Cuando hice el guion, al final, desde el punto de vista de la producción, siempre te cortas un poco: cambias unas cosas por otras, estás mucho más limitado. Ya sabes qué actores tienes y te imaginas muchas más cosas de las que luego puedes realmente hacer. En cambio, en el libro la libertad es total. Y yo, que tengo bastante presente el síndrome del impostor, cuando lo escribía me lo tomé casi como un diario, como una carta de amor a alguien que era completamente libre.
P: ¿Cómo cambia tu forma de narrar cuando pasas de imagen a palabra?
ASM: Tampoco mucho. Es como lo que te decía antes sobre desarrollar a los personajes. Entender cómo piensan, cómo sienten y cómo expresan sus emociones. Quizá en el libro tienes más espacio para profundizar en eso. Pero la esencia del mensaje que quería transmitir, tanto con la película como con el libro, sigue siendo la misma. En la película todo se cuenta de una manera más audiovisual, apoyándote en la imagen, la música, las interpretaciones…En el libro, en cambio, tienes la palabra para desarrollar con más calma sus emociones y conflictos.
P: ¿Qué aprendiste del cine que te ha servido directamente al escribir el libro?
ASM: Yo estudié dirección de cine y el tema de la escritura es bastante autodidacta. Esto es a base de recursos y de algo que me gusta mucho, que es seguir aprendiendo. Entonces, desde pequeño he visto cine clásico, he leído mucho también, y es bastante interesante y bonito ese paso del mundo visual al de la escritura. Son dos mundos diferentes, pero que se complementan.
P: ¿Qué esperas que experimente alguien que llega primero al libro y no a la película?
ASM: Es que, claro, suele ser lo contrario, ¿no? Una película a partir de un libro. Al final es un ejercicio de introspección casi. Cuando estás leyendo un libro, aunque no tengas la película en mente, te imaginas en tu cabeza cómo son los personajes, la ambientación, la situación… dependiendo del tipo de novela. Siempre lo tienes ahí. Y luego, cuando ves la película, puede cambiar totalmente la visión que tenías del director frente a la del lector o escritor. En este caso, claro, es la misma. Al final es como escuchar una canción: si te cuadra con tu momento vital, te sientes identificado. Te está explicando algo que te está pasando a ti.



