Manuel Morón es un actor gaditano con una trayectoria sólida en cine, teatro y televisión. Se dio a conocer en el El Bola (2000). Desde entonces, ha construido una carrera marcada por la diversidad de personajes y la intensidad de sus interpretaciones, participando en películas como AzulOscuroCasiNegro (2006), Celda 211 (2009), Mi querida cofradia (2018), y en series como La Peste (2018), Patria (2020) y Alguien tiene que morir (2020).
Ahora, Morón regresa a la gran pantalla con La tierra de Amira, opera prima de Roberto Jiménez que se presentó en la 22ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, donde la película fue recibida con entusiasmo por crítica y público.
En esta historia, Morón da vida a Justino, un hombre rural, viudo y aislado, cuya existencia transcurre entre el cuidado de su huerto y la rutina de su pequeño mundo. Todo cambia cuando, por accidente, atropella a Amira (Mina El Hammani), una joven trabajadora inmigrante. Un inesperado encuentro entre vidas tan distintas en edad, cultura y experiencia vital abre en él la posibilidad de tender puentes, cuestionar su soledad y descubrir nuevas formas de relacionarse con los demás.
En esta entrevista, Manuel nos habla sobre su acercamiento al personaje, la construcción de la relación su compañera de reparto, y las reflexiones que la película propone sobre la empatía y la convivencia.
PREGUNTA: ¿Qué fue lo primero que te atrajo del personaje de Justino cuando leíste el guion de La tierra de Amira?
MANUEL MORÓN: Fue, sobre todo, la historia en general, no tanto el personaje. Entonces, desde de que me propusieron el proyecto, empezamos a trabajar con el guion. La historia de dos personas muy diferentes que se encuentran y que de alguna manera se ven obligados a convivir. Aunque no es convivir porque ninguno de los dos quiere estar en la situación en la que están. Esto me atrajo mucho.
Y luego vi que el personaje tenía mucho por descubrir. Aparentemente es un hombre tosco, un hombre muy arisco, pero tenía sus razones para serlo. Para mí, como actor, suponía que tenía mucha riqueza: era un personaje con varias aristas dentro de lo le pasa. No era un personaje solitario o plano; andando un poco en él se podían descubrir cositas que tenían que ver con el ser humano, con las virtudes que él tiene un poco olvidadas o que no quiere reconocer. El personaje de Amira se las muestra cuando tiene el accidente.

P: ¿Cómo te preparaste emocionalmente para construir este personaje, desde la desconfianza inicial que tiene con Amira hasta el vínculo que surge entre ellos?
MM: No suelo preparar los personajes desde la emoción; lo suelo hacer viendo lo que hacen, desde las acciones, cómo se comportan. A partir de ahí voy descubriendo el comportamiento y lo que puede o no sentir. En el caso de Justino, es un hombre con su rutina, que vive aislado en las tierras que heredó de su familia, unas tierras que quieren comprarle. Él está en los últimos años de su vida, y rompe en su vida este accidente, lo que le devuelve la esperanza de vivir o la razón por la que dedicaba su vida a la tierra.
No es tanto lo que siente, sino que es un hombre arisco, probablemente por defensa, para protegerse, un instinto de supervivencia. Son personas heridas por circunstancias o por condicionamientos, que se entierran en sí mismos. El único contacto humano que tiene es con su hermana, y cuando va al pueblo cada dos semanas a vender sus tomates. Este es su único vínculo; está muy apartado de la vida y se dedica a la tierra y a esperar que pase el tiempo. Justino también representa, en cierto modo, esa España rural que últimamente está olvidada, la España despoblada de pueblos, un tono diferente al que se suele mostrar.
P: ¿Cree que hay algo de denuncia social en este personaje?
MM: Yo creo que no. La película no propone una denuncia sobre el vacío de los pueblos o la identidad. Lo que sí está de fondo es el entorno donde él vive, el olvido, la razón de ser de la vida: la tierra, el cuidado del campo, los frutos del campo, que nos da los alimentos. Eso puede tener una lectura, pero no es la intención desde el principio del guion.
P: ¿Qué puedes decir de tu relación de trabajo con Mina El Hammani? ¿Cómo trabajaste con ella para construir esa química y tensión entre ambos?
MM: Fue muy sencillo porque ella es tan talentosa, en todos los sentidos del talento: sabe escuchar, ya tenía una mirada profunda de la historia, así que no hizo falta hablar mucho ni ponerse de acuerdo en determinadas cosas. Fue una relación de mucho respeto, escucha y admiración mutua. Ensayamos bastante para lo que se suele ensayar en cine, revisando algunas partes del guion. Ella conoce mucho la cultura árabe, en este caso marroquí, y enriqueció toda esa parte. Construimos la relación poco a poco, junto con Roberto Jimenez y los guionistas Pedro García Ríos y Rodrigo Martín.
Fue un trabajo muy rico y creativo, algo que últimamente no suele pasar. Me gustaba que los ensayos fueran en el mismo lugar de rodaje, para que los personajes se metieran en la circunstancia que los rodeaba desde el principio. Hubo mucho espacio en el set para seguir ensayando y mantener la historia viva.

P: La tierra de Amira aborda temas como la inmigración, el crecimiento natural, pero quería saber qué piensa usted sobre lo que dice esta película sobre la empatía y la convivencia en una sociedad cada vez más polarizada.
MM: Creo que La tierra de Amira nos recuerda que hay un otro, diferente, con los mismos derechos y deberes que tú, pero con otra cultura. Nos recuerda a escuchar y ver al otro, algo que estamos perdiendo con la rapidez de la tecnología y la inmediatez. La tecnología se está comiendo el terreno de lo que representamos como seres humanos. El fuerte del cine español siempre ha sido contar historias propias, y no deberíamos imitar a los estadounidenses, aunque lo hagan muy bien. Nos estamos olvidando de nuestras historias, de las diversas historias que quedan por contar, y nos distraemos con el éxito inmediato. Películas como la suya permiten reflexionar y mantener viva esa tradición de contar historias genuinas.
P: ¿Qué mensaje quisiera que la audiencia recibiera al ver la película?
MM: Más que nada, recuperar la tradición de los cuentos: que la gente salga del cine con la sensación de escuchar, de reflexionar sobre el tiempo y sobre lo que representa la vida, en lugar de ser simplemente bombardeados por imágenes. Que haya un espacio de reflexión y conciencia, algo que hoy se está perdiendo con la inmediatez y la búsqueda de entretenimiento rápido.


