Título original: Solos
Año: 2026
Duración: 83 min.
País: España
Dirección: Guillermo Ríos Bordón
Guion: Manuel Gancedo Obra: Paloma Bravo
Reparto: Carlos Santos, Kira Miró, Salva Reina, Elia Galera.
Música: Carlos Arocha
Fotografía: Néstor Calvo
Compañías: Secuoya Studios, Álamo Producciones Audiovisuales, A Contracorriente Films.
Distribuidora: A Contracorriente Films
Género: Comedia. Drama.
Crítica en Letterboxd
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Parece que el cine español reciente ha encontrado una zona de confort, o quizás un refugio presupuestario, en la comodidad del comedor. Tras el éxito de títulos como Perfectos desconocidos, Sentimental o la más reciente Lapönia, la cartelera de 2026 empieza a dar síntomas de agotamiento ante lo que ya es casi un subgénero: la cena que degenera en catarsis. En Solos, el director Guillermo Ríos reincide en este dispositivo narrativo, situando a cuatro personajes alrededor de una mesa para, supuestamente, dinamitar sus convenciones. El problema es que, cuando el espectador ya ha asistido a tantas cenas de ficción, el menú necesita algo más que un ingrediente disruptivo para resultar estimulante.
El planteamiento es, cuanto menos, perezoso. Javi, un hombre que bordea los cincuenta con el resentimiento de un adolescente porque su exmujer rehace su vida, decide «amenizar» la velada con sustancias ilegales para digerir su propia frustración. Acompañado por su actual pareja, Elena (Kira Miró), y sus amigos Ana (Elia Galera) y Tomás (Salva Reina), la película se encierra en un espacio único con la ambición de ser puro teatro filmado. Pero para que el teatro en el cine funcione, se necesita una de estas dos cosas: una puesta en escena audaz o unos diálogos contundentes. Solos no tiene ninguna de las dos.
El mayor obstáculo que encuentra la cinta reside en su guion. Basado en la novela de Paloma Bravo, el texto peca de una ambición temática que acaba siendo contraproducente. La película intenta abarcar, en apenas noventa minutos, un catálogo completo de ansiedades modernas: la crisis de los cuarenta, el impacto de las redes sociales, la deconstrucción de la masculinidad y el feminismo de salón. Sin embargo, Solos enuncia todos estos temas pero no logra profundizar en ninguno. Los personajes, en lugar de vivir sus conflictos, parecen leer columnas de opinión.
Esta falta de calado narrativo hace que muchas intervenciones resulten reiterativas. El texto confía demasiado en la palabra explícita y olvida el subtexto. La soledad, que debería ser el eje emocional del relato, se trata de manera superficial, oscilando entre el aislamiento elegido y el abandono emocional sin que ninguna de las dos ideas termine de cuajar en una reflexión sólida.

En términos formales, Ríos Bordón toma decisiones que acercan la película a una lógica puramente teatral, pero lo hace con una agresividad visual cuestionable. La película hace un uso sistemático y casi obsesivo de los planos cerrados, pegando la cámara a los rostros de los actores en un intento de captar una intensidad que el guion no siempre proporciona.
Esta realización claustrofóbica, lejos de aumentar la tensión dramática, termina por limitar el lenguaje cinematográfico. Al renunciar al aire, a la profundidad de campo y a la interacción de los cuerpos en el espacio, la película se vuelve visualmente monótona. El espectador se siente atrapado en una sucesión de bustos parlantes que, en lugar de generar una atmósfera de intimidad, provoca una fatiga visual que desconecta del impacto emocional de la historia.
Es justo reconocer que, si la película no se desmorona por completo, es gracias al compromiso de su elenco. Salva Reina es, como de costumbre, el ancla de naturalidad; su Tomás es lo más humano de un conjunto que tiende al artificio. Elia Galera aporta una dignidad notable a una Ana que el guion se empeña en desdibujar, mientras que Kira Miró hace lo que puede con un personaje atrapado en la inseguridad más previsible. El problema surge con Carlos Santos. El actor, habitualmente impecable, se ve empujado por la dirección hacia una sobreactuación que rompe el tono de la película: su Javi es una amalgama de tics y vicios tan antipático que resulta difícil interesarse por su supuesto vacío existencial.
En definitiva, Solos quiere hacernos reflexionar sobre la fractura invisible entre estar acompañado y sentirse solo. Es una premisa potente, pero la película se sabotea a sí misma con un humor arcaico, repleto de chistes sobre sexo y drogas que parecen sacados de otra década, y una incapacidad manifiesta para decidir si quiere ser una comedia negra o un drama de personajes.
Como sucede en esas cenas que se alargan demasiado, al final lo que queda no es el sabor de una buena conversación, sino la sensación de haber escuchado los mismos reproches de siempre en una mesa que, por muy de tendencia que sea, ya nos resulta demasiado familiar en el cine.


