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¿Por qué vamos al cine?

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El 28 de diciembre de 1895 los hermanos Lumière proyectan en Salon indien du Grand Café de París Salida de la fábrica Lumière. Había nacido el cine. Ciento veintiún años después la cultura visual forma parte inherente de la sociedad y ha desplazado a la cultura logocéntrica, que bebe del lenguaje cinematrógafico.  Pero, ¿por qué vamos al cine?

Un perro Andaluz
El cine cambió la forma de mirar el mundo. Fotograma de ‘Un perro andaluz” (Luis Buñuel, 1929).

¿Por qué vamos al cine? Menuda pregunta, ¿no? Porque nos gusta, es una actividad de ocio. Ir al cine es también un acto social, supone la cena después de la película en la que el grupo de amigos no se pondrá de acuerdo en si la película era mejor o peor que la anterior de ese director. Solo una hamburguesa y unas cervezas después se pondrán todos de acuerdo. El séptimo arte forma parte de nuestra cultura, no podemos imaginar un mundo sin cine, ¿verdad? Sin embargo, hasta el siglo XX la gente ocupaba sus horas de ocio en otros menesteres. ¿Qué pasó para que un siglo después no podamos imaginar un mundo sin cine?

Todo empezó un 28 de diciembre de 1895 en el Salon indien du Grand Café de París. Los hermanos Lumière habían construido un artefacto que era capaz de filmar y proyectar imágenes en movimiento. Aquella tarde, los asistentes a la primera proyección cinematográfica no pudieron más que asombrarse y asustarse. Sí, asustarse. Para nosotros es algo muy normal observar una realidad enfrentada a la nuestra a través de una pantalla, pero para los parisinos de fin de siglo resultó, cuanto menos, perturbador. No es de extrañar que cuando los Lumière proyectaron las imágenes de un tren llegando a una estación los espectadores se levantasen de los asientos despavoridos pensando que la máquina iba a impactar contra ellos.

Los libros de historia nos dicen que aquel diciembre de 1895 fue la fecha del nacimiento del cine. Bueno, sin duda es un punto de partida, pero aquel día no nació el cine tal y como hoy lo conocemos. Lo que los Lumière ofrecían era una “atracción de barraca de feria”, así lo describían las élites culturales e intelectuales de la época. Y lo cierto es que no se equivocaban, los Lumière inventaron la técnica, pero no le otorgaron alma a sus imágenes. Quizás los podríamos considerar pioneros del documental, pues lo que hacían era recoger la realidad y reproducirla. Pero el cine es algo más, el cine crea sus propias realidades, sus propios mundos de fantasía que hacen soñar al espectador.

Aquel 28 de diciembre de 1895 acudió a la primera proyección un mago y prestidigitador parisino. Vio en el cinematógrafo el instrumento para crear magia. En 1896 George Méliès proyectó su primera creación, a la que le seguirían muchas más. El mago de la imagen construyó su propio estudio y montaba sus propias películas. Méliès fue el encargado de darle alma a una fría máquina gracias a divertidas historias donde desplegaba sus experimentos con los que podemos considerar los primeros efectos especiales, pero sobre todo, gracias a las historias procedentes de la literatura, como el famoso Viaje a la luna que Méliès tomó prestado a uno de los padres de la ciencia ficción (siempre con permiso de H.G. Wells), Jules Verne.

¡Qué gran paradoja! La literatura, romántica y enfrentada al avance científico desmesurado que racionalizaba la vida y absorbía el alma de la sociedad, fue la llave en forma de corazón que la tecnología necesitaba para convertirse en una expresión artística. El corazón literario subjetivizó la técnica y engendró un “arte para crear un mundo mejor”, como Méliès creía que debía ser. El mago del cine creaba sueños y fantasías, aquellas a las que el ser humano aspira.

George Méliès había dado con la combinación, con la receta mágica del nuevo producto cultural, pero su cine jamás fue considerado arte. Las élites intelectuales, que despreciaban la cultura popular, no veían en el cine más que una forma más de mantener entretenida a la clase trabajadora, inculta e incapaz de apreciar el arte (más que nada porque no podían acceder a él). El teatro era el gran arte escénico y jamás podría ser sustituido por burdos trucos de magia. Otra vez los intelectuales, aunque elitistas y sectarios, habían acertado en sus consideraciones(bien es verdad que no predijeron su potencial): el cine de Méliès y sus continuadores usaban el lenguaje y los recursos teatrales, era la copia barata del arte escénico, pero no era arte porque no tenía su propio lenguaje.

En 1808, un señor llamado David Wark Griffith comienza a  introducir en sus películas dos elementos que solo el cine podía reproducir: el primer plano y el flashback. El primer plano es la puesta en escena de ese detallismo en las descripciones y de esa ralentización en las narraciones del literatura realista del XIX, también el flashback (analepsis en la literatura) es propio en las narraciones literarias. Así el cine se alejó del lenguaje teatral, incapaz de reproducir estos efectos sobre el escenario y comenzó a crear su propio lenguaje, un nuevo idioma que forma parte del ADN de la sociedad contemporánea. El cine cambió la forma de mirar el mundo, creó su propio sistema de signos que comparten emisor y receptor (sea cual sea su nivel cultural). Y es que el cine es el arte que nació como cultura popular y que nunca ha perdido esa condición, aun cuando las élites intelectuales lo reconocen como el séptimo arte, el que aglutina a todo los demás, pero que no es ninguno de ellos. Es y no es literatura, es y no es teatro, toma técnicas de la arquitectura y la pintura e incorpora la música como parte inherente del lenguaje cinematográfico. El cine lo abarca todo.

“¿Por qué vamos al cine?”, nos preguntábamos. Vamos al cine porque el cine lo es todo. Vamos al cine porque está grabado en nuestro ADN cultural.

Primer plano de 'Psicosis' (Alfred Hitchcock, 1971).Primer plano de ‘Psicosis’ (Alfred Hitchcock, 1971).

 

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