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L’Alternativa 28: Críticas Sección Oficial

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Hace ya un par de semanas de mi intenso paso por la vigésimo octava edición de L’Alternativa, el festival de cine independiente de Barcelona. Este párrafo iba a acabar siendo lo que se esperaría de él, creo que en el mal sentido. Hace poco menos de un minuto esta frase que estás leyendo estaba ocupada por un pequeño párrafo señalando lo nutritiva, agradable y atípica que había sido mi experiencia en mi primer paso por el festival. Y obviamente nada de lo redactado era mentira. Pero creo que lo que quiero explicar aquí es mucho más sencillo que eso:

Muchas gracias a L’Alternativa por haber construido un espacio ideal para compartir, siempre sin prisas ni pretensiones. Mi semana en el festival ha sido una experiencia, ante todo, compartida con gente maravillosa. Así que gracias a todxs con los que me he cruzado por el CCCB. Para hablar de cine per se ya tenéis el resto de 2200 palabras de este texto.

Así que os dejo aquí mi (quizás demasiado larga y sosegada, perdón) crónica sobre las películas de la sección oficial – tanto nacional como internacional – que he podido disfrutar en esta edición del festival. Muchas gracias por estar aquí y espero que disfrutes de este pequeño diario «cinéfilo».

  • Fantasía, de Aitor Merino

Cuando era pequeño organizaba proyecciones en mi casa. Conectábamos la cámara familiar a la tele y reproducíamos los videos de las vacaciones, como si de una premiere en un festival de cine se tratara. Todo giraba en torno al acto de recordar, de vernos proyectados. Al igual que Serguéi Eisenstein ansiaba que todo el pueblo pudiera verse reflejado en su cine, un servidor disfrutaba de esa especie de flujo endogámico que se generaba entre espectadores y protagonistas. Era un arte propio, una micro-historia del cine en mi salón.

Esa vertiente del séptimo arte, tan privada como específica («podría ser mi familia», me decían durante la proyección), es la que reivindica con un equilibrio envidiable entre la estilización y la espontaniedad Aitor Merino en Fantasía, sin duda una de las mejores películas nacionales del año. La intimidad, el relato universal por excelencia, se personifica en un retrato que se esconde tras el paso del tiempo. Los videos caseros son la columna vertebral de una cinta bipolar, que dialoga entre sus tiempos, siempre con la nostalgia por delante. Las vacaciones se presentan como un oasis onírico de clase, como aquel recuerdo (en singular) sobre el que orbitan el resto de ellos. Merino construye una poética puramente temporal, incluso ontológica, donde el costumbrismo aspira a la rima lynchiana, al desdoblamiento, a la parábola lacaniana alrededor del pasado inalcanzable.

Y es que más allá de su ejercicio conceptual y de su exquisita puesta en escena, tan sensiblemente empática con el imaginario más cerebral del cineasta, de Fantasía brota una fotogenia incoreografiable arraigada al humanismo más puro. Los géneros de la película no los dictamina la cámara, sino aquellos que rellenan el plano. La familia de Aitor son una caja de sorpresas con las paredes de cristal, siempre cargados de sinceridad y amor por la vida, cuyos escenarios acojen tanto la comedia, como el drama como un abrazo entre ellas. Imposible no salir de la sala exclamando «así es cómo debe verse una vida….». Un milagro del documental patrio.

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  • La primera mujer, de Miguel Eek

«I wanna live like common people, I wanna do whatever common people do», canta una de las mejores (sino la mejor) canciones de Pulp. Si el tema de la banda británica señala los peligros de romantizar la vida «humilde» desde una situación de privilegio económico y de clase, el documental de Miguel Eek filma una desmitificación de aquello que entendemos por «normal». ¿Qué es lo normal? ¿Somos una persona normal? ¿Queremos serlo? Lo que está claro es que tan anodino no será este debate si la búsqueda de una antigua normalidad y el rechazo a la nueva nos ha causado tantos dolores de cabeza.

Cada vez que Eva, la protagonista de La primera mujer, exclama sus ganas de ser (o volver a ser) una persona normal más complejo se vuelve el adjetivo en un documental que retrata las dificultades de volver a nacer. Eek presenta una historia de superación sin artificios, plagada de grises, donde los inicios y los finales son temporales, efímeros y, en definitiva, antinarrativos. El miedo a la recaída conficiona un relato que teme reiniciarse, con una cotidianidad que pesa, que en cualquier momento podría resbalar.

Difícil no conectar con una obra que no hace otra cosa que filmar el miedo; concretamente aquel tan sutil y vaporoso como el miedo a las transiciones. Era fácil caer en tabús, en metáforas visuales desafortunadas (quizás alguna que otra hay…) o en otro debate superficial sobre la salud mental. Aquí todo se individualiza y humaniza en una historia sobre la conquista del futuro y la batalla contra la soledad. Todo esto en un formato multicámara que busca no intervenir, no convertirse en un «elemento distorsionador«, tal y como contaba Eek en su coloquio. La primera mujer es un Hopper que se compone orgánicamente frente a una ventana, un documental sobre la construcción de la normalidad (el principal enemigo del cine).

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  • All lights, everywhere, de Theo Anthony

Estás mirando esto. Y ahora esto. Y ahora esto. Y ahora esto. Mirar es como respirar, una actividad tan esencial que su presencia sólo es detectada cuando se la reivindica. Es en el momento en el que Theo Anthony decide documentar todas las complejas e casi infinitas vertintes del aparentemente simple acto de mirar cuando aquello cotidiano – casi invisible – adopta una forma colosal, inabarcable, sutilmente ligada a una especie de horror cósmico. Las sinergias entre el observador y el observado, ese terreno neutro y vacío, se transforman en un espacio infinito, caótico y, sobre todo, monstruoso.

Con rabia y admiración reconozco lo difícil que me es hablar de All lights, everywhere y de su naturaleza inabarcable. Desde la metafísica fisiológica de William Blake («como el ojo, como el objeto») a la crítica política de Susan Sontag («fotografiar a alguien es asesinarlo»), Anthony realiza una compleja cartografía de lo visual (como ojo y como objeto) desde un montaje paralelo esquizofrénicamente medido. Al igual que en el Lars Von Trier tardío, la grandeza del documentalista reside en su forma de concentrar lo dionisíaco (el pensamiento) en lo apolíneo (el cine), alcanzando lo ensayístico siempre desde la multiplicidad de formatos propia de la generación Youtube.

Observar y ser observado, esa es la cuestión para Theo Anthony. No hay momento en el que la cámara no esté tratando la cuestión del poder, ya sea en su vertiente más fáustica, institucional o metacinematográfica (no hay diferencia entre el ojo, la pistola y la cámara). Todo eso envuelto en una asfixiante banda sonora que pone constantemente en duda el antropocentrismo de la cuestión, señalando a la mirada como un mito que rellena un hueco de sentido. Aunque quizás lo que más valore de la película sea cómo todo esto, desbordante de intensidad ideológica, convive no sólo con un pulso envidiable a la hora de captar el instante por parte del directo, sino con una comedia tan efectiva como inexplicable.

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  • Dark Light Voyage, de Tin Dirdamal y Eva Cadena

Mismas luces pero desde el otro lado del auditorio. Que Theo Anthony nos hable de ellas en plural y el dúo Dirdamal y Cadena prefiera utilizar el singular materializa a la perfección la diferencia entre estos dos viajes audiovisuales que cogen trenes en direcciones opuetas. Si venimos de una odisea vertical, Dark Light Voyage abraza la horizontalidad siempre que eso signifique estar con los pies en el suelo. Al fin y al cabo esta enajenada road movie necesita del humanismo más puro y de las poéticas que de este se destilan. La frialdad del discurso académico no tiene cabida en esta búsqueda de la verdad subjetiva o, en otras palabras, en esa primera pisada sobre el mundo adulto.

Empatizar con la mirada de su hija pequeña parece ser el objetivo principal de este viaje hacia la muerte del maniqueismo infantil. Como si de una novela de Agatha Christie soñada por Tsai Ming-liang se tratara, lo que presenciamos en este tren es el sosegado asesinato de esos buenos que siempre son buenos y esos malos que siempre son malos. ¿Cómo nos enfrentamos a la desaparición de esos valores binarios que tan imprescindibles han sido para entender nuestros primeros contactos con el mundo? ¿Cómo debemos formular nuestra primera no-fábula, el primero de muchos «y no vivieron felices y comieron perdices»?

Por eso dudo que el que esta película se adhiera a un Dogma autoimpuesto que limita su periodo de exhibición a los dos años sea pura casualidad (o mera provocación). El diálogo entre lo infantil y lo adulto condiciona todo el relato. Al fin y al cabo esta es una oda a lo efímero, un intento por volver a esa libertad limitada por las normas del superior («me encanta ponerme normas porque las odio», nos confirmaba el propio Tin Dirdamal), un Wenders sobre la fugacidad de los no-espacios para la construcción de la sí-persona. El caminar (aunque sea sobre un tren) como acto estético y, sobre todo, como debate moral. El tempus fugit como filosofía artística. ¿Porque qué quedará de nosotros – del yo que escribe esto y del tú que lo lee – dentro de dos años? Quizás en dos años deberíamos volver aquí…

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  • North by Current, de Madsen Mirax

North by Northwest de Alfred Hitchcock es, en resumen, la historia de una máscara que requería de un rostro para poder ser. La construcción (o búsqueda) de una identidad condiciona toda la historia del publicista Roger Thornhill de la misma forma que esa migración hacia el norte (esta vez no escapando de un avión sino siguiendo la corriente) no es un más que un pequeño fragmento de esa reivindicación de su identidad que ha sido la filmografía del cineasta trans Madsen Mirax. Ambas películas aquí citadas se impulsan desde la pregunta no resuelta, orbitando la de Mirax en concreto sobre esos profundos agujeros que la cotidianidad familiar presenta, por mucho que a veces no seamos ni siquiera conscientes de su existencia. ¿Quién los puso ahí? ¿Fue intencionadamente? ¿Pude hacer algo para taparlos? ¿Puedo hacerlo ahora?

North by Current filma porque quiere saber aquello que ya conoce, muestra porque quiere que el espectador le ayude a comprenderse a sí misma. Una trágica muerte prematura parece ser sólo una excusa (un detonador, para no dejarnos llevar por el cinismo) para empezar a buscar, de la misma forma que la muerte de Laura Palmer en Twin Peaks era simplemente el motivo que obligó a la cámara a conocer a aquellos con quienes alguna vez convivió.

Mirax intuye que el luto es una puerta para la vulnerabilidad y la sinceridad y, por lo tanto, para el documental. Con el montaje experimental (algo desordenado de más) por bandera, el director (se) plantea aquellas preguntas que siempre estuvieron ahí en el lugar donde sabe que deben yacer las respuestas. Se presiente la necesidad de pintar siempre por duplicado, componiendo un díptico del yo y el otro donde algunos trazos no pueden evitar cruzar el límite de los lienzos. Porque las historias nunca tienen un pronombre posesivo concreto. Mi historia es su historia en el momento en el que el trauma brota. Sinceridad cristalina para recordar el camino recorrido y, sobre todo, el que falta por recorrer.

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  • Le poireau perpétuel, de Zoé Chantre

Porque al final no hay obra que no hable de la muerte. Toda oda a la vida, como lo es la entrañable Le poireau perpétuel, se ve empujada por la amenaza del final de la misma. Zoé Chantre utiliza el filme pseudocasero para construir una película compleja en su subjetividad, en su forma de materializar visualmente el terror y la fobia en un contemporáneo cruce de formatos a medio camino entre Agnès Vardà y Rocío Quillahuaman. Todo esto para reivindicar que la felicidad es aquello que sucede mientras no pensamos que nos vamos a morir (así es soy hipocondríaco) o, al menos, cuando lo aceptamos (¿eso puede llegar a pasar?).

Es más que interesante cómo Chantre invoca desde el costumbrismo más radical tintes de surrealismo que señalan lo onírico como una fuente de respuestas casi psicoanalíticas (las sinergias maternofiliales son esenciales en esta historia). Al fin y al cabo perseguir a las hormigas hacía el sueño ya había sido un hobby para artistas como Dalí, Buñuel o Lynch. Lo onírico parece ser el santuario del cuerpo para la directora, un espacio donde el tiempo (su principal enemigo) se cristializa a la vez que se dinamita. Todo esto siempre sobrevolando el discurso de género, cuestionando los roles hegemónicos y recordando siempre que, como documentalista, ella es la guionista de sí misma.

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  • Sonido vertical. Luz y el comienzo del futuro (performance), de Tin Dirdamal

Nos volvemos a encontrar con Dirdamal en lo que, más que una performance, parece una reunión de amigos. Si en Dark Light Voyage ya se ponía sobre la mesa la cuestión de lo efímero, en esta proyeccion esta misma se hiperboliza, siendo la primera y última vez (¡la primultimidad, qué bonita!) que «esto» (como mejor forma de definirlo) se lleva a cabo. Como un sentido homenaje a un cineasta amigo fallecido, el director reune a un número reducido de espectadores – la mitad del teatro del CCCB – a los que pasa a considerar allegados para proyectarles una(s) película(s) que quizás no existió nunca.

De hecho es extraño estar escribiendo esto, quizás uno de los pocos testimonios que quedaran de esas imágenes que sólo habitan torpemente en un número limitado de memorias. Sobre todo cuando, mientras muchxs sacaban a coalición lo hipnótico e irracional del conjunto en la tertulia post-proyección, yo no podía hacer otra cosa que intentar racionalizar fríamente, casi de forma pragmática, aquello que acabábamos de presenciar. ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí? ¿Por qué nosotros? Pero tampoco me extraña demasiado esa dicotomía, al fin y al cabo el cine de Dirdamal disfruta colocándose en el ecuador de la percepción, siempre entre la ciencia y la fe, la cosa y la idea, la imagen y el Dios.

Pero eso, que escribo esto con confusión. ¿De qué sirve recomendar algo que no se podrá volver a consumir? ¿Qué sentido tiene la función del crítico ante Sonido vertical? Supongo que únicamente la de dejar un testimonio, como aquel que dibuja con su cuerpo un ángel de nieve. ¿Qué sentido tendría ese gesto si se quedara ahí para siempre? ¿Aunque algo hubiera cambiado si nunca se hubiera articulado? Quién sabe… Pero nadie podrá negar lo bien que Dirdamal ha concentrado en sus gestos el espíritu del festival: invocar esas imágenes que podrían haber sido obviadas frente a un grupo de espectadores que, desde el momento en el que fijan sus miradas en un objeto común, pasan a denominarse familia.

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