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La historia de un flechazo: ‘Gladiator’

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Verano del año 2000. En un pequeño pueblo de la costa de Almería. Con doce años, todos mis veranos estaban vinculados a ese pueblo con playa, y sobre todo a aquel cine de verano, al que tenías que llevar un cojín de casa, si no querías sufrir las torturas de las sillas metálicas que no perdonaban. Durante las semanas que pasaba allí, no dejaba de observar aquella cartelera, preguntándome qué harían con los posters de las películas que ya se habían estrenado. Seguramente acabarían en un contenedor, lo cual me entristecía bastante. Por aquel entonces, cualquier cosa que tuviera algo que ver con el cine, me fascinaba. Había crecido viendo cine y gracias al entusiasmo de mi padre (aunque sólo le entusiasmaban las películas de tiros, como él decía), llegué a amar un arte que me apartó de malos momentos y me regaló otros tan fantásticos como el que viviría aquel verano.

Roma y sus tiempos imperiales llevaban muchos años fuera del foco de Hollywood, por lo que ése estreno llamó la atención de una manera muy especial. Sin saber muy bien lo que me encontraría, me dispuse a ver una película con mi cojín salvavidas y las estrellas como único techo. Seguramente la suave brisa de una noche de verano tuvo algo que ver, pero sólo hizo falta que escuchara las primeras notas de la composición del maestro Hans Zimmer, y simplemente me transportó. Como una máquina del tiempo, pude sentir la calidez de ese campo de trigo y la frialdad de la guerra, pero lo más importante fue sentir el amor por el hogar. Me olvidé de todo, del frío metal de la silla en la que me acomodaba y de los niños que se reían intentando ver si un ratón pasaba por los cables que colgaban entre las paredes laterales del cine, aunque tampoco puedo decir si eran ratones o algo más grande. Todo eso ya no existía, estaba hipnotizada con la historia de aquel hombre valiente que lo único que quería era volver a casa y servir a un sueño, el sueño de Roma.

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Para mí, la secuencia más abrumadora de la película no es quizá la que estén pensando al leer estas líneas. No es el momento de la venganza, ni el momento del horrendo crimen. Para mí, la belleza de ésta película tal y como la viví, residía en la escena en la que el emperador Marco Aurelio le hace la gran pregunta a su fiel comandante:“¿Y qué es Roma?, Máximo”. Sin duda será un momento que recordaré por la infinidad de lecciones que se acumulan en una única escena. Con un guión que parece tallado en mármol, que es una sucesión de frases épicas, trascendentales y lo mejor de todo, realistas. Cuando me di cuenta de que hablaba de Roma, pero que en el fondo hablaba de mucho más, de que el sueño de Roma es el sueño de un mundo entero y de que como muy bien decía “temo que no sobreviva al invierno”, me impresionó la cantidad de cosas que me hizo reflexionar al escuchar esas palabras.

El viaje de inmenso dolor de Máximo, parecía una tortura insoportable, pero nada que pudiera hacer que aquel personaje inquebrantable se levantara una y otra vez, sin importarle su sufrimiento con el único propósito de volver al hogar. Personalmente, nunca había visto un personaje tan fascinante como el del comandante convertido en esclavo. Todo un héroe para el que aún no he encontrado rival.

Un guerrero que puso a Hispania en el mapa de Hollywood y a un Imperio que fue devorado por la corrupción, pero que en aquel entonces, mientras observaba la imponente figura del Coliseo, me habría encantado ver con mis propios ojos. Pocas películas han mostrado la grandeza de lo que significó Roma, en su momento de decadencia, acompañado de una banda sonora que era perfecta, hermosa, épica y dramática cuando debía serlo.

Aquel gran Marco Aurelio, interpretado por el fantástico Richard Harris, que perdimos dos años después, encarnó un personaje que con unas pocas líneas, pronunciadas bajo un techo de telas, en voz baja y sólo con un único ser como público, podía hacer que te estremecieras en tu butaca, sin discursos pomposos ante miles de personas. Ver como el emperador de convertía en padre, era espectacular.

Quizá las estrellas y la brisa ayudaron, por lo que tuve que volver días después para asegurarme de que lo que había visto era real y hacer algo que aún a día de hoy hago y disfruto. Me encanta el cine, es algo que no puedo ocultar, pero cuando una película me entusiasma, no puedo evitar llevar al cine a la gente que aprecio y ver que lo disfrutan tanto como yo. Seguramente por éso amo este oficio.

Unos meses después me sabía la película de memoria, repetía los diálogos y su música resonó en mi cabeza durante muchísimo tiempo. Con los años, sólo deseaba saber cómo se había hecho esa cinta que me había marcado, pero aunque estudié cine, sus técnicas y sus secretos, nunca llegué a saber porqué Gladiator fue capaz de ponerme del revés y marcar mi futuro. Supongo que hay cosas que ocurren y ya está.

Muchas cosas fueron las que me enamoraron de ésta película. Ahora tengo muy claro que hay cosas que marcan el echo de valorar o no una película y que se convierta en algo especial para tí, un momento, un detalle, una experiencia, consiguiendo que sea algo que no olvides nunca y enamorándote como lo hizo conmigo. Gladiator siempre será una película especial para mí, siempre ocupará el primer puesto en todas mis listas, pero sin duda lo que dejó huella en la niña de doce años que se quedó sin habla, fue el disfrutar del momento de volver a casa como nunca lo había hecho.

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