Inicio Opinión ‘Indiana Jones’ y el frigorífico: cuando “más es menos”

‘Indiana Jones’ y el frigorífico: cuando “más es menos”

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indiana jones

La escena se convirtió en un meme instantáneo. Indiana Jones se encuentra en una zona de pruebas nucleares y la cuenta atrás ya se ha iniciado. Desesperado, y sin escapatoria aparente, se introduce en un frigorífico. Todo salta por los aires. Indiana Jones sale airoso. Este momento significó la desconexión para muchos de la que era la cuarta entrega del arqueólogo de Spielberg, en El reino de la calavera de cristal (2008). La razón de este desapego, por más evidente que sea, no quita que no se haya repetido incontables veces en muchas de las secuelas más emblemáticas del cine y la televisión. Cuando la espectacularidad roba la verosimilitud. Cuando más es menos.

La fórmula usada en Indiana Jones 4 no era nueva. Hay otro momento aún más conocido – al menos en el mundo anglosajón – en el que el disparate se comió la confianza del espectador para siempre. En 1977, un episodio de la sitcom Happy Days’ (1974-1984) hizo que el personaje de Fonzie saltara por encima de un tiburón mientras llevaba esquís acuáticos. La escena fue tan ridícula y rompió de tal manera la coherencia de la serie, que se acuñó la expresión jump the shark” para hacer referencia a aquellos momentos en los que una historia tenía la febril necesidad de tener que superarse a ella misma y mostrar algo más impresionante que lo anterior, aunque eso significara perder el norte (y cualquier otro punto cardinal posible).

Lo que no es disparatado es afirmar que existe una tendencia (o casi una regla) en cine y series – sobre todo en aquellas producciones de gran éxito – por las que cada nueva propuesta en la historia tiene que ser más espectacular, grandiosa y asombrosa que lo contado con anterioridad. Se trata de un miedo que se apodera de estas secuelas a aburrir al espectador pero que, irremediablemente, acaba por hartarle.

Pero volvamos a Indiana Jones. En su primera entrega, En busca del arca perdida (1981), se dieron todos los ingredientes narrativos necesarios para nutrir al resto de películas de la saga. El problema es que, en las consiguientes cintas, se tuvo que añadir especias picantes a esa receta. Hay que hacerla más atrevida, más grande.

Si en la primera aventura de Indiana Jones, tenía que aporrearse con nazis, en la tercera no podían repetir lo mismo. Así que incluyen un encontronazo en Berlín con nada menos que Adolf Hitler. Si en esa primera cinta, presentaron una magistral escena de acción de persecuciones, en la cuarta, El reino de la calavera de cristal, esa misma persecución (ahora con soldados de la URSS), tenía que tener algo más: monos, acrobacias y peleas de esgrima. Y un acantilado. No podía faltar. La gravedad y las leyes físicas son siempre el toque preferido para subir el listón.

Quizá con más ejemplos, y saliendo de esta saga, se entienda mejor. Quizá uno de los casos más paradigmáticos sea el personaje de Legolas. En La Comunidad del Anillo (2001), nuestro elfo saltaba encima de un troll de las cavernas en la fabulosa escena de la tumba de Balín. Hasta ahí bien. En Las dos torres (2002), no podía ser menos que esto, y se desliza escaleras abajo sobre un escudo a modo de patinete mientras descarga flechas sin parar. Para El retorno del rey (2003), se hace todo lo anterior y más, al emular al Cirque du soleil sobre un elefante gigante (o Múmakil, para entendernos)

En la trilogía de El Hobbit directamente vuela. La idea de ese escalado exponencial en la presentación de escenas de acción se ve de forma trasparente en este caso. El frigorífico del Dr. Jones, el tiburón de Fonsey y Orlando Bloom desatado. Mirar atrás no es una opción. Más, para ellos, es más.

La idea de solo ir a más (“bigger than ever”) se convierte en una obsesión que perjudica directamente a la narrativa. El tejido argumental es tremendamente flexible, pero ante la escasez de ideas, es habitual romperlo para ensordecer al espectador y maquillar las ojeras del cansancio creativo. Es en ese momento cuando la coherencia presentada se diluye y la empatía – pieza clave a la hora de conectar con el público – se pierde. Cuando nos rebuscamos en el porqué de las decadencias de las grandes sagas y producciones televisivas, muchas veces nos quedamos en “han estirado mucho la historia”. A menudo la explicación es tan sencilla como que tienen un estrangulador pavor a aburrir.

Como se ha mostrado, las series también sufren de esto. The Office (US) (2005-2014) es una de las sitcoms más brillantes de las últimas décadas, pero no estaba tampoco inmunizada a este vértigo creativo. Si en las primeras temporadas una competición de juegos en la oficina (Temporada 2, Episodio 3) eran suficiente para sacar a relucir la excelente habilidad de la serie para construir comedia, en el primer episodio de la novena y última temporada, hacen que Dwight Schrute (Rainn Wilson) monte en una bicicleta sobre un cable a 15 metros de altura. ¿Se entiende?

Y, sin embargo, las buenas secuelas suelen descartar usar este recurso. Volvamos a Star Wars. Si la primera película, Una nueva esperanza (1977) finalizaba con una épica batalla espacial y con la destrucción de una inmensa estación capaz de pulverizar planetas, su continuación, El Imperio Contraataca (1980) culmina con una persecución de pasillo, y un duelo de espadas láser; y es quizá uno de los finales más aplaudidos de la historia del cine. ¿El secreto? No se optó por subir el listón en materia de exposición y acción, sino de tensión y argumento. Que en la trilogía de secuelas (2015-2019) se decidiese que, en lugar de una Estrella de la Muerte, hubiera un planeta entero con el mismo fin, o una flota entera de naves con esa misma capacidad de destrucción, muestra justo lo contrario a lo que una secuela sólida y sin complejos debería tener.

Ejemplos hay miles. Tanto en negativo – en El mundo perdido (Jurassic Park 2) (1997) el Tiranosaurio anda suelto por una gran ciudad causando un caos abrumador – como en positivo – en El Padrino. Parte II (1974) el clímax no es una brutal matanza a quemarropa como en la primera película, sino un escalofriante asesinato que rompe las entrañas de su autor -. Menos, es más.

Más allá de ejemplos, no sobrará que reconocer, o al menos reflexionar, sobre el papel que tenemos como espectadores a la hora de exigir subir ese listón a las grandes sagas y series que decimos amar con devoción. No quedará fuera de lugar dejarles claro a estas producciones – y sus responsables – que no bostezaremos si Fonzie no salta sobre un tiburón. Aunque, hablando de tiburones, en la última entrega de Sharknado (The Last Sharknado: It’s About Time) (2018) hay viajes en el tiempo, nazis y dinosaurios. Quizá no sea todo tan malo.

hombre muerto no sabe vivir

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