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Crítica – ‘Morir para contar’

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Póster oficial de ‘Morir para contar’.

Hay veces que colgarse una cámara significa colgarse una diana en el pecho. Momentos en los que el precio por contar, por informar, por trabajar, eres tú. Hernán Zin vuelve al documental con Morir para contar para exponer los traumas y dolorosos recuerdos del periodismo de guerra. Cuando la curiosidad mató al gato.

Tras sus notables trabajos en los documentales Nacido en Gaza (2014) y Nacido en Siria (2016), Zin retoma este formato desde un perfil más personal y emotivo (si cabe). Morir para contar reune a la plana mayor del reporterismo bélico español para vertebrar un relato sobre el incesante peligro de llegar allí donde caen bombas. Testimonio tras testimonio, Hernán Zin logra una impresionante narración que repasa las historias más duras del periodismo reciente. Julio Fuentes, Miguel Gil, José Couso…historias de injusticia pero necesarias, recordadas por aquellos compañeros de profesión que las vivieron. Todo un repaso para no olvidar.

Hernán Zin emplea esta vez técnicas clásicas del documental para Morir para contar, al limitar su creatividad estilística presente en anteriores trabajos. Imágenes de archivo bien rescatadas se conjugan con logradas entrevistas y certeras declaraciones. Eso sí, Zin no puede evitar ser protagonista y encuentra su espacio para su voz y su propia experiencia – trabajó como reportero de guerra -, como una más dentro del documental, aunque claramente separada del resto. Es precisamente su testimonio el que menos encaja dentro de la narración, aunque sirva de puente entre los distintos fragmentos de la película.

Uno de los aspectos más problemáticos de la cinta es su montaje. La organización de las diferentes historias rescatadas puede llegar desubicar, y falta quizá un nexo justificado para hilarlas. Y aún así, cada una de las partes logra implicar y conmovoer al espectador.

Morir para contar es una nueva piedra levantada por la conciencia de Hernán Zin. Fiel a su estilo, Zin busca una y otra vez la emoción y la empatía hacia una realidad en apariencia ajena. Su objetivo no es más que hacer que el público vea con otros ojos aquellos nombres, en ocasiones desconocidos, que encabezan esas crónicas llegadas de lugares remotos y destrozados.

Lo mejor: Consigue mantener durante toda la ci

nta un alto grado de empatía.

Lo peor: Al relatar sus propias vivencias, Hernán Zin toma un protagonismo que rompe el resto del relato.

Nota: 8/10

 

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