‘Ceniza en la boca’, la búsqueda de uno mismo

 

Título original: Ceniza en la boca.

Año: 2026.

Duración: 97 min.

País: México.

Dirección: Diego Luna.

Guión: Abia Castillo, Diego Luna, Diego Rabasa. 

Reparto: Anna Díaz, Adriana Paz, Irene Escolar, Luisa Huertas, Laura Gómez.

Fotografía: Damián García.

Música: Raquel García-Tomas.

Productoras: La Corriente del Golfo, Animal de Luz Films, Inicia Films, Perro Azul.

Género: Drama | Drama social. Inmigración. Familia.

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La novela Ceniza en la boca, escrita por la autora mexicana Brenda Navarro, se publicó en 2022 por la editorial Sexto Piso. Una obra que tuvo una gran repercusión por la manera en que aborda temas como la migración, la desigualdad social, la salud emocional, el duelo y las relaciones familiares, dando visibilidad a las dificultades de las personas migrantes y para mostrar que el dolor individual no puede separarse del contexto social en el que se vive. 

Y siendo una obra tan necesaria y potente en ese sentido, no es otro que el actor y director Diego Luna que decide adaptarla al cine, con su película del mismo nombre. Película que cuenta la historia de Lucila, una joven de 21 años, intenta encontrar su lugar en el mundo frente a la presión familiar, la misoginia y el racismo. Junto a su hermano pequeño, Diego, viaja a España para reencontrarse con su madre Isabel, que emigró ocho años atrás en busca de un futuro mejor. La llegada de Lucila está lejos de ser tranquila. Las circunstancias a las que se enfrenta a diario le recuerdan constantemente sus orígenes, para bien y para mal. 

“Ceniza en la boca” es una de las películas más humanas, íntimas y personales que he visto este año. Una obra que destaca por la sensibilidad con la que aborda sus temas y por la manera tan honesta en la que se acerca a sus personajes, a sus problemas y a una realidad que, en muchas ocasiones, resulta tan cercana como dolorosa. Diego Luna demuestra una enorme delicadeza a la hora de tratar cada uno de los temas que plantea, sin caer en el dramatismo fácil ni buscar constantemente la lágrima del espectador. Todo está narrado desde un lugar de respeto, comprensión y, sobre todo, humanidad, algo que se agradece especialmente en una película que encuentra gran parte de su fuerza en las pequeñas cosas, en los silencios y en esos momentos cotidianos que, sin necesidad de grandes artificios, terminan diciendo mucho más de lo que parece a simple vista. Todo muy bien representado en la forma en la que retrata el día a día de Lucila. La película se toma su tiempo para mostrarnos su realidad, sus preocupaciones, sus dificultades y todo aquello que forma parte de su vida, consiguiendo que poco a poco nos acerquemos a ella hasta llegar a comprender, o al menos a intuir, todo lo que lleva consigo. Es muy fácil conectar con su personaje, empatizar con sus circunstancias y sentirse parte de una historia que, pese a lo concreta que resulta, termina adquiriendo una dimensión mucho más universal.. Es precisamente ahí donde “Ceniza en la boca” demuestra sus mejores cualidades: en su capacidad para observar, escuchar y acompañar a sus personajes sin juzgarlos, permitiendo que sean sus propias vivencias las que hablen por sí mismas.

Anna Diaz como Lucila en ‘Ceniza en la boca’ (Foto: Avalon Distribución)

Sin embargo, creo que esa misma sensibilidad que hace tan especial a la película también termina convirtiéndose, en ciertos momentos, en uno de sus principales inconvenientes. Durante sus dos primeros actos, la narración puede llegar a hacerse algo repetitiva e incluso pesada. No es una cuestión de falta de interés por aquello que cuenta, pues considero que los temas que aborda son lo suficientemente importantes y están tratados con el cuidado necesario como para sostener una propuesta de estas características. El problema está más bien en su ritmo, en la manera en la que decide desarrollar determinadas situaciones y en una delicadeza narrativa que, aunque funciona en muchos momentos, no siempre consigue mantener el mismo nivel de interés.  A esto se suma un tercer acto que supone un cambio bastante brusco respecto a todo lo que la película había ido construyendo hasta entonces. Es un giro de tono y de ritmo que no termina de encajar con la naturalidad y la contención que habían definido buena parte del metraje. La transición se siente algo precipitada y provoca que el desenlace pierda parte de la coherencia emocional que había conseguido establecer anteriormente. Por desgracia, es también el segmento que menos me convence, tanto por la forma en la que desarrolla sus acontecimientos como por la dificultad para integrar determinadas decisiones narrativas dentro del conjunto. No creo que esto invalide sus virtudes ni que reste valor a todo lo que la película consigue transmitir, pero sí considero que termina siendo un punto débil importante, especialmente porque contrasta con el cuidado y la sensibilidad que caracterizan al resto de la obra.

Aun así, me resulta imposible no valorar todo lo que “Ceniza en la boca” consigue a través de su mirada. Porque, más allá de sus irregularidades narrativas y de un ritmo que no siempre termina de funcionar, hay algo profundamente valioso en encontrarse con películas tan personales, tan cercanas y, sobre todo, tan humanas. Y, al final, creo que eso es lo que más me queda de ella: la sensación de haber visto una película que, con sus aciertos y sus errores, intenta comprender a las personas antes que juzgarlas, y que encuentra en esa mirada su mayor virtud.

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LO MEJOR: LA SENSIBLIDAD Y EL RESPETO AL TRATAR UNA HISTORIA TAN HUMANA.
LO PEOR: SU CAMBIO NARRATIVO EN EL TERCER ACTO Y EN OCASIONES SU RITMO.
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