Título original: TRON: Ares
Año: 2025
Duración: 119 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Joachim Rønning
Reparto: Jared Leto, Greta Lee, Evan Peters, Jodie Turner-Smith, Hasan Minhaj, Arturo Castro, Cameron Monaghan, Gillian Anderson, Jeff Bridges
Guion: Jesse Wigutow, Jack Thorne
Música: Nine Inch Nails
Fotografía: Jeff Cronenweth
Distribuidora: Walt Disney Pictures
Género: Ciencia ficción. Acción
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Han pasado quince años desde Tron: Legacy (2010). Quince años en los que el mundo ha cambiado más rápido de lo que nos habríamos atrevido a imaginar. Las inteligencias artificiales, que entonces parecían cosa de ciencia ficción, hoy escriben, crean imágenes, componen música… y nos obligan a preguntarnos quién está realmente al mando.
Durante todo ese tiempo, Tron: Ares fue poco más que un rumor: un archivo dormido en algún servidor olvidado, cubierto del mismo polvo que las viejas recreativas de Kevin Flynn (Jeff Bridges). Apagado, inmóvil, casi condenado al olvido. Su producción fue un ciclo de esperanzas y desilusiones. Y, sin embargo, contra todo pronostico, aquí está. Solo por eso ya merece ser vista donde corresponde: en una sala de cine. Porque si algo ha definido siempre a esta franquicia es su capacidad para ofrecer toda una experiencia audiovisual.
Tron: Ares no es exactamente una continuación de Legacy, sino más bien un reinicio disfrazado de secuela. Respeta la coherencia interna de la saga, conserva su estética luminosa, pero recompila su propio sistema narrativo. Si antes eran los humanos quienes cruzaban la frontera hacia el mundo digital, ahora es un programa quien da el salto al nuestro.
Si Legacy era la historia del hijo que buscaba al padre, Ares (Jared Leto) es la de la criatura que busca su alma. Un Frankenstein digital que contempla la lluvia con fascinación infantil, que escucha a Mozart y a Depeche Mode intentando comprender qué significa sentir. Su despertar comienza cuando descubre que, para su creador, no es más que un experimento prescindible. Desde ese instante, Ares emprende la búsqueda del llamado “código de permanencia”, una clave que permitiría a los programas sobrevivir en el mundo físico. Lo que empieza como un acto de rebeldía se transforma en un viaje hacia la identidad.
La película introduce, además, un debate profundamente actual: ¿qué lugar ocupa la inteligencia artificial en manos del ser humano? Tron: Ares no ofrece respuestas, pero sí plantea las preguntas. ¿Estamos creando herramientas para mejorar nuestra existencia o para someterla? ¿Qué ocurre cuando lo que creamos empieza a pensar por sí mismo y a reclamar un propósito?

Donde Ares flaquea es en su guion. Con frecuencia se refugia en la nostalgia, en guiños y referencias a la saga original que restan espacio para la innovación. Pero incluso con ese lastre, la película funciona. Porque no pretende tanto contar una historia como sumergirnos en su mundo. Visualmente deslumbra y se percibe un respeto reverencial por el legado estético de Tron. Los efectos digitales no solo están a la altura, sino que superan lo que uno esperaría de las últimas producciones de Disney.
En su apartado sonoro apuesta fuerte. Si Legacy se apoyaba en la elegancia electrónica de Daft Punk, esta nueva entrega opta por el sonido más oscuro y visceral de Nine Inch Nails con una partitura que se funde con el montaje, especialmente en las secuencias de acción. Por eso, Tron: Ares no debe verse en casa. Exige una pantalla grande, un sistema de sonido envolvente, y el volumen al límite.
Quizá Disney haya querido cerrar un ciclo con Tron: Ares. Quizá necesitara saldar una deuda con una saga que siempre fue más un experimento que un éxito comercial. Y, sin embargo, resulta irónico que, pese a su ambición técnica, la película corra el riesgo de pasar desapercibida. Sería una terrible decepción que el público no supiera apreciarla más allá de convertirla en un simple meme, cuando en realidad no es una mala película.
Porque, al final, Tron: Ares no trata solo de máquinas que buscan un alma. Trata de nosotros: de cómo seguimos necesitando que algo, aunque sea una chispa digital, nos recuerde lo que significa estar vivos.
Lo mejor: Su potente apartado visual, su banda sonora potente y plantea preguntas interesantes sobre la inteligencia artificial y la identidad.
Lo peor: Su guion depende demasiado de la nostalgia de la saga, lo que limita la innovación y hace que algunas partes sean menos dinámicas.


