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Sitges 55. Críticas Sección Oficial

Un año más, hemos asistido al Festival de Sitges. Exacto, sí. Ese festival que terminó hace ya varias semanas y que dejó varios titulares que seguro que ya tenéis a mano. Pero ya sabéis lo que se dice… Más vale tarde que nunca, despacito y con buena letra, nunca es tarde si la dicha es buena… Bueno, no estoy del todo seguro de que la dicha vaya a ser buena, eso lo tendréis que juzgar vosotros.

El caso es que, por mucho que lleguen algo tarde, publicamos en este artículo un recopilatorio de textos sobre algunas de las películas de la Sección oficial de esta 55 edición del Festival. Las flatulencias performáticas de Peter Strickland, los malos viajes cute de Alberto Vázquez, el techno cegado de Dario Argento, el Technicolor sangriento de Ti West, la falta de piedad de Carlos Vermut… Ha habido espacio para todo en una Sección oficial, incluso para la polémica.

Sección Oficial

  • Flux Gourmet, de Peter Strickland

La de Peter Strickland con el sonido es una de esas relaciones que estaban destinadas a ser. Nacidos para estar juntos, prácticamente. Lo que en Berberian Sound Studio era aún un amor de verano, en Flux Gourmet se consolida como una relación que prácticamente celebra ya sus bodas de plata. Lo último del realizador británico tiene lo mismo de cósmico que de cómico, quizás porque su maestría con lo sonoro le permite no tener que diferenciar entre los ambientales sonidos electrónicos nacidos de complejos sintetizadores y la sencillez analógica de un pedo.

Flux Gourmet es la muestra perfecta de que todo es arte siempre que ese fragmento de todo esté encuadrado entre los márgenes del absurdo. Tomando el puesto de documentalista de ucronías (todo aquello que perfectamente pudo ser pero no fue), Strickland disecciona los pecados de toda industria artística, siempre ligadas a los egos, a la precariedad, a los falsos Mesías y, sobre todo, al ridículo. Todo lo elevado que tiene el arte por sí mismo lo tiene de vulgar todo aquel que intente tocarlo con los dedos.

Este manifiesto anti-ASMR nos regala algunos de los momentos más divertidos de esta edición del festival, al mismo tiempo que reafirma al británico como uno de los arquitectos de género más imaginativos del cine contemporáneo. Siempre con la performance como aliado, Strickland demuestra que su envidiable talento visual y conceptual siempre irá ligado a un ansia de reimaginar lo cotidiano adentrándose en las grietas provocadas por el sonido. ¿Y si nuestra conexión con la trascendencia pasara por preparar un gazpacho? ¿A qué se ve renegado el cuerpo si lo único que importa es el sonido?

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Fotograma de ‘Flux Gourmet’ (2022) de Peter Strickland
  • Pearl, de Ti West

No es de lo más común encontrarse con una precuela que suponga una antítesis de su predecesora. ¿No abrazamos a las secuelas – o a los universos cinematográficos – justamente por la comodidad que nos aporta su continuismo? Supongo que a Ti West le importa más bien poco el bienestar emocional de los espectadores. Quizás sea justamente para eso, para sacarnos de nuestra zona de confort, por lo que Pearl supone una propuesta radical respecto a X.

Si la primera parte de esta triología sobre el cine, la violencia y Estados Unidos (y, por lo tanto, sobre Hollywood) tomaba prestada la putrefacción de La matanza de Texas de Tobe Hooper, Pearl se apropia del Technicolor de El mago de Oz de Victor Fleming para hablarnos del cine primitivo como máquina de sueños rotos, como un colorido Edén de cartón piedra. ¿Y si West creyera que una nueva tipología de maldad nació con las imágenes en movimiento? 

Esta gótica origin story hace desfilar a aquellos monstruos post-Lumiere, arraigados al anhelo de emancipación y a la sumisión a los aplausos a partes iguales. Por lo tanto, es normal que Pearl quiera ser más claustrofóbica que coral, más introspectiva que explosiva. Lo último de A24 se ata más a la narración que al espectáculo (¡atención, esto no es un slasher!), priorizando – en ocasiones quizás demasiado – el tour de force de Mia Goth (espectacular, por otro lado) al despliegue de un mecanismo de género tan desatado como en X. Hay demasiado de Joker en Pearl. Pero también hay muchísimo de Ti West en Pearl. ¡Así que a celebrar!

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Fotograma de ‘Pearl’ (2022) de Ti West
  • Occhiali neri, de Dario Argento

Argento nos ha dado ya demasiadas alegrías. Quizás podamos perdonarle esta. Occhiali neri es un regreso al giallo – por parte del maestro del giallo – que sabe a poco. Sin duda es de agradecer que aún con sus ochenta año el maestro no tenga miedo a transgredir ciertos cánones marcados por él mismo, poniendo en duda algunos de los testamentos del subgénero italiano siempre con la intención de ir un paso más allá. Argento sigue creyendo firmemente en aquello que ayudó a construir. Justamente por eso no tiene miedo a cuestionarse y redescubrirse desde otras ópticas, hasta el punto de llegar a cuestionarse por qué no sería efectiva la simbiosis entre un giallo, un drama maternofilial, una pseudo-buddy movie y No respires de Fede Álvarez.

Quizás esperábamos que un giallo sobre un chica ciega desembocara en algo más desenfadado, o al menos más cercano a lo cómico que a lo melodramático. Argento quiere probar demasiadas cosas y acaba yéndose de este buffet de géneros sin haber desayunado realmente. Ni siquiera desenmascarar al criminal, aquello que debería movilizar todo el relato, parece importar a un cineasta que parece obsesionado en investigar otros derroteros más arraigados a la forma que al texto. Y es aquí donde Argento se topa con logros. Al fin y al cabo esa actualización de los temas electrónicos – muros de carga del giallo – al techno contemporáneo resulta sorprendentemente fresca. De la misma forma que esa pulsional steadycam – ¿quizás regalo de su amigo Noé? – deja entrever un sincero ímpetu por renovar su estilo.

Por suerte, siempre nos quedará como consuelo el magistral prólogo de Occhiali neri, poético hasta la médula, en el que Argento reflexiona, en silencio, sobre la fascinación resultante del acto de observar lo prohibido. Uno de los leit motivs de su obra, motor de películas como Tenebre, adopta una lírica tan mística como crepuscular. De hecho, pensándolo en perspectiva, me entristece un poco recordar esta secuencia, pues no puede evitar recordarme al epílogo de Libro de imágenes de Godard. Argento, arquitecto de las miradas malditas, reflexiona sobre el innevitable final de estas. El padre del color mortífero del cine de terror algún día dejará de ver. Sin embargo, a diferencia de Jean-Luc, Darío coloca esta pieza como prólogo, no como epílogo. Aún nos quedan eclipses que mirar.

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Fotograma de ‘Occhiali Neri’ (2022) de Darío Argento
  • Unicorn Wars, de Alberto Vázquez

Estamos ante la sorpresa del festival. El último largometraje de Alberto Vázquez es una manzana envenenada, un trampa vilmente colocada para que aquellos que venían por el mamarracheo se encuentren cara a cara con aquello que quizás no querían ver. Lo que se presenta durante el inicio del metraje como un caso más de efectiva comedia animada para adultos, al más puro estilo Happy Tree Friends, se va desenmascarando poco a poco como un cruel, alucinógeno y despiadado retrato de los horrores de la guerra. Absolutamente carente de filtros, Unicorn Wars es una pesadilla bélica sobre la muerte de la humanidad y el sinsentido del odio.

Todo cabe en este falso Edén barnizado en pesimismo cute. Apocalypse Now, La chaqueta metálica, La cosa, Bambi¡Ni siquiera el Antiguo testamente quiere perderse este desfile fluorescente por el valle de la muerte! Vázquez se hace valer de los contrastes más radicales para poner sobre la mesa todo aquello que, sin la fantasía de por medio, nunca nadie hubiera relacionado con osos de peluche y unicornios. Antiguas masculinidades, nacionalismos, radicalismos religiosos, odios heredados… Todo esto cabe en un relato que no tiene nada que perder, pues ya da todo por perdido.

Ante su fatalismo kawaii, lo único que le queda a Unicorn Wars es elevarse por el camino, abrazando a través de un estilo de animación lleno de personalidad una faceta de lo bélico abstracta, psicodélica e imaginativa. Vázquez coreografía – con toda la mala leche del mundo – un mal viaje de setas durante una reposición de My Little Pony.

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Fotograma de ‘Unicorn Wars’ (2022) de Alberto Vázquez
  • Resurrection, de Andrew Semans

Para un servidor, una de las propuestas más infravaloradas de esta edición. Cuanto menos sepa uno de este cuento urbano sobre la resurrección de los traumas mejor, así que no esperéis de mí más de dos párrafos sobre la segunda película de Semans. Resurrection construye un relato visceralmente feminista donde el cineasta se apropia de la iconografía de género para materializar a aquellas violencias – ¡masculinas! – que quedarían invisibilizadas de no ser por el cine de terror. En esta pesadilla biológica a medio camino entre un episodio de The Twilight Zone y un cuento de Mariana Enriquez, Semans defiende el potencial del relato oral como herramienta de género.

El horror en Resurrection no reside en la certeza visual de que este exista, sino en la posibilidad narrada de que este horror pueda llegar a existir. Terror de Schrödinger en un relato paranoicamente freudiano, la pesadilla del hipocondríaco. Esta infiltración del mal en la productividad capitalista plasma a través de una cámara acosadora los horrores de ver en tus hijos una pantalla donde tus traumas se proyectan. Semans defiende, no sólo que la culpa debería escribirse siempre en masculino, sino que no hay nada más peligroso que esos monstruos que dicen preocuparse por nosotros. De esas crueldades que se clavan en el inconsciente.

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Fotograma de ‘Resurrection’ (2022) de Andrew Semans
  • Something in the Dirt, de Aaron Scott Moorhead, Justin Benson

Hay muchas cosas de Something in the Dirt que pueden recordarnos a Under The Silver Lake. Con la desidia crónica a la que se ven sometida los jóvenes contemporános como epicentro, este terremoto de ciencia ficción de estar por casa despliega un fantástico que imita en sus gestos a la obsesión conspiranoica. Si mi rutina es hiperbólicamente normal debe ser porque hay algo hiperbólicamente sobrenatural que así lo permita. Y ojo que esto puede sonarnos excesivamente a dinámicas pandémicas post-2020, pero no tiene que ser necesariamente así. ¿Illuminatis? ¿Reptilianos? ¿Terraplanistas? ¿Peña que corría imitando a Naruto hacia las inmediaciones del Area 51 convencidos de que allí podrían contactar con alguna entidad extraterrestre?

La principal diferencia entre Under The Silver Lake y Something in the Dirt es que, mientras Robert Mitchell miraba de reojo a la rareza pop de Daniel Clowes o a la elegancia enigmática de Alfred Hitchcock, Aaron Scott Moorhead y Justin Benson miran de lleno a Reddit. Si Mitchell buscaba la elegante verdad en el casi imperceptible balanceo del hipnótico agua del Silver Lake, los protagonista de esta bromance paranoica la buscan rebocandose en el barro, con movimientos tan compulsivos como agresivos. Something in the Dirt no quiere un punto y final, sino tejer una red de teorías (que nunca se pondrán en práctica) con el único fin de abrazar lo rizomático y, por lo tanto, lo infinito. La búsqueda de la verdad como escusa para no encontrar la verdad nunca.

En sus títulos de crédito, Moorhead y Benson son muy claros. «Esta película está dedicada a hacer cine con tus amigos», confirman. Y es que Something in the Dirt se convierte en un ejemplo más de esos casos en los que la precariedad de trabajar con los tuyos (por amor al arte) se convierte – y más si hablamos de género – en una puerta hacia dispositivos desatados, imaginativos y pasionales. No olvidemos que algunos de los grandes hitos del found footage como Marble Hornets o Creep también se llevaron a cabo con pequeños equipos que no temían estar delante y detrás de la cámara al mismo tiempo…

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Fotograma de ‘Something in the Dead’ (2022) de Aaron Scott Moorhead y Justin Benson
  • Speak No Evil, de Christian Tafdrup

He leído muchas críticas negativas que acusaban a Speak No Evil de violencia gratuita o de explicitud innecesaria. Sólo por ser capaz de generar este preciso debate en mitad del festival de Sitges – aquel lugar donde los aplausos siempre deben dar el compás a cualquier río de sangre o cabeza decapitada – me parece que la propuesta de Tafdrup merece la tinta de nuestras plumas (o, sin romantizar tanto el asunto, los tecleos de nuestros precarios ordenadores). ¿Qué tiene una historia como esta para que impacte mucho más que otras de las que hemos visto estas semanas? ¿Dónde se coloca la linea entre el espectáculo de gladiadores y el crimen provocativo? O mejor dicho. ¿No colocó acaso una bastante contundente linea roja una tal Funny Games hace ya más de dos décadas?

¡Ojo! En ningún caso critico yo a aquellos que hayan encontrado a Speak No Evil gratuita o tramposa. Puedo entender perfectamente sus motivos. Pero no puedo evitar sentirme orgulloso de Tafdrup, quien aseguraba antes de la proyección haber dirigido la película de terror danesa más terrorífica de la historia. Porque no, claramente no lo es. Pero me parece digno de ovación que una película donde la violencia se despliega de una forma tan inofensiva en la gran mayoría de su metraje haya generado tantos malestares. Porque esta es una historia sobre los ataques cotidianos, sobre las heridas de sobremesa.

Speak No Evil disfruta cuando sabe que el espectador no tiene ni idea de cómo de larga es la mecha de este hospitalario explosivo. Tafdrup maneja a la perfección este número de funambulismo, manteniendo el equilibrio entre el suspense hitchcockiano y la frialdad hanekiana. Porque todos sabemos que hay una bomba debajo de la mesa. Para mí, lo verdaderamente violento no son las imágenes explícitas que esta explosión pueda generar en los inocentes comensales. La violencia reside aquí en el hecho de que no sabemos cuánto vamos a tardar en tener que enfrentarnos a estas imágenes. Hay algo de broma cruel en este experimento. Humor danés, supongo…

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Fotograma de ‘Speak No Evil’ (2022) de Christian Tafdrup

Sección Oficial – Secciones Especiales

  • Mantícora, de Carlos Vermut

No sabía lo que era una mantícora hasta que lo busqué después de la proyección en el Auditori de lo nuevo de Carlos Vermut. Recuerdo comentarlo por las calles de Sitges con algunos amigos y estar prácticamente todos en la misma situación. «Un tipo de quimera con cabeza de león (frecuentemente con cuernos), el cuerpo rojo (en ocasiones de un león), y la cola de un dragón o escorpión», perjura Wikipedia. Mantícora y la mantícora comparten sin duda su capacidad por ser difícilmente preconcebidas antes de toparte de cara con ellas. Cuando uno se ve obligado a mirarlas resultan antipáticas al ojo, quizás porque veamos en ellas cosas nuestras y, al mismo tiempo, cosas que queremos creer totalmente ajenas a nosotros mismos.

Mantícora y la mantícora nos muestran monstruos que parecen humanos y humanos que parecen monstruos. Es en ese diálogo donde reside la magistralidad de la que considero que es, de momento, la mejor película del año. Desde el humanismo costumbrista más depurado, con madrileños ecos de la filmografía de Jonás Trueba, Carlos Vermut disecciona minuciosamente el proceso de creación de los monstruos. Antropocentrismo para hablar sobre las bestias. Virtualidades para retratar a demonios que temen serlo. Simulacros que hacen de la realidad algo más real que nunca. Y es que ese es el punto. Mantícora invoca a lo irreal – un espacio digital pulcro, sin huellas ni sombras – justamente para hacer que lo real – el espacio donde el gesto sí pesa – brille más que nunca. ¿Cómo queremos evitar así que nuestras sombras pesen más que nunca?

Vermut no busca tener piedad alguna. «Si Netflix te recomienda esta película es que estás bien jodido», nos advierte antes de la proyección. No queráis saber nada. Seguid intentando que Mantícora – al igual que la mantícora – sea un fuera de campo. Mejor así.

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Fotograma de ‘Mantícora’ (2022) de Carlos Vermut