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¿En qué se parece una mesa de ping-pong a la cartelera de cine?

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Sebastian Schipper y su Victoria están saboreando las mieles del éxito, idénticas mieles que conoció la oscarizada Birdman el pasado año por un trabajo no menos idéntico. Porque la gracia de Victoria no reside en el argumento ni en el asunto, ni en los personajes de Victoria, sino en el interminable plano secuencia que da forma a Victoria: 140 minutazos de cámara en mano que bien merecen un puñado de premios Lola y Sitges. Uno pensaría que Iñárritu ha creado escuela, pero lo cierto es que estamos ante una forma procesada de cine, pasteurizada y envasada a gran escala, de la misma especie que las series televisivas, las películas de Michael Bay o las salchichas Oscar Mayer.

Probablemente Hollywood fuera en otros tiempos un conglomerado de estudios donde aún se desvivían por elaborar artesanalmente las nuevas ideas pero hoy es una cadena de montaje como otra cualquiera, y las ideas se producen con el mismo romanticismo que la Coca-Cola. Actores, directores y demás forman parte de su mecanismo, un mecanismo vasto y traqueteante donde el mencionado Michael Bay, por ejemplo, no es más que una pieza de repetición. Una biela. Ya sabes, de abajo a arriba, de atrás a adelante, y vuelta a empezar. Schipper no lo sospecha pero empieza a integrarse en los engranajes, cigüeñales y ruedecillas de la maquinaria hollywoodense.

Los largometrajes en plano secuencia son uno de sus últimos productos. Pertenecen a la División Técnica, que ya nos sorprendió con la moda del ‘hand-held camera’ de los falsos documentales. Otro segmento bastante exitoso es la División Creativa. ¿Te animas a conocer su ocurrencia más reciente? ¡La verdadera historia!

-Sí, sí, la verdadera, oiga, una verdad como un puño -parecen decir a sus espectadores-. Puede que se sepa de corrido el argumento de Moby Dick, de Drácula o de La Bella Durmiente, pero seguro que En el corazón del mar, Drácula Untold y Maléfica debieron sorprenderle, no me diga usted que no.

»Aunque se nos han agotado los famosos Versus: Alien vs. Predator, Freddy vs. Jason, etc., tiene usted que probar el efecto ping-pong. ¿Que no ha oído hablar del efecto ping-pong? Mire, si un día le echamos el guante con True Detective, al siguiente le ponemos delante La Isla Mínima; si le entusiasmamos con Bichos, le dejamos repetir con Antz. ¿The Snow Queen de Wizart Animation? Frozen de Disney. ¿Buscando a Nemo? El Espantatiburones. ¿Birdman? Victoria, etc., etc. ¿No le parece maravilloso que hayamos convertido la cartelera de cine en una superficie de ping-pong?

Y es que hay una tendencia natural entre los yankees a estandarizarlo todo. De manera que después de estandarizar la gastronomía con los ‘fast food’ y de estandarizar la ropa con las ‘fashion weeks’, en las últimas décadas la han tomado con el cine. Porque todavía queda en este noble arte un destello de imaginación, de creatividad boqueante que en Hollywood no ven con buenos ojos.

Y mientras unos pocos intrépidos del guión y la dirección se dejan el alma y algo más por un soplo de aire fresco, los popes de la industria se empeñan en embotellarlo, echarle salmuera y reutilizarlo hasta la saciedad con distintas etiquetas.

-¿Quiere usted originalidad? -le espetan desde las alturas-, ¿quiere usted frescura? Pues sepa que eso no existe. Es una farsa. Todo es una repetición. ¿No nos abrió a tos los ojos la señora Willa Carther? No hay más que tres historias originales, eso dijo. Ni una más ni una menos, con que deje de pedirle usted peras al olmo y baje ya de las nubes. Creatividad, creatividad… ¡Pues vuelva mañana!

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