Título original: The testament of Ann Lee
Año: 2025
Duración: 137 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Mona Fastvold
Guion: Mona Fastvold y Brady Corbet
Reparto: Amanda Seyfried, Lewis Pullman y Thomasin McKenzie
Música: Daniel Blumberg
Fotografía: William Rexer
Montaje: Sofia Subercaseaux
Productoras: Kaplan Morrison, Intake Films y Proton Cinema
Distribuidora: Searchlight Pictures
Género: Drama, Musical
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El testamento de Ann Lee confirma la creciente solidez autoral de Mona Fastvold, una cineasta que en los últimos años ha mostrado un interés constante por explorar comunidades y sistemas de relaciones desde una mirada estética muy definida. La película se acerca a la figura histórica de Ann Lee, fundadora del movimiento religioso de los Shakers en el siglo XVIII, para construir un relato donde la espiritualidad, el cuerpo y la música se entrelazan como formas de expresión colectiva. Más que una reconstrucción histórica convencional, Fastvold propone una inmersión sensorial en un mundo que se define por su propia lógica interna.
Aunque parte de la premisa de un drama musical, la película se distancia claramente del modelo tradicional asociado al musical de Broadway que Hollywood ha repetido durante décadas. Aquí la música no aparece como una ruptura del relato ni como un artificio narrativo, sino como una extensión natural de la vida de la comunidad. Los cánticos, los ritmos corporales y las coreografías colectivas forman parte del propio sistema de adoración de los Shakers, y es precisamente esa dimensión diegética la que dota a la película de una identidad particular. La música no interrumpe la narración: es la narración.
Fastvold entiende muy bien el potencial cinematográfico de esa premisa. El diseño de producción, la ambientación y la puesta en escena construyen un universo cerrado que resulta hipnótico desde sus primeras imágenes. Los espacios, austeros pero cuidadosamente compuestos, funcionan como escenarios donde el movimiento colectivo adquiere una dimensión casi ritual. La cámara acompaña estas dinámicas con una precisión coreográfica notable: desplazamientos suaves, encuadres amplios y una relación muy orgánica entre los cuerpos y el espacio. El resultado es una experiencia visual que envuelve al espectador en una especie de burbuja contemplativa donde cada gesto, cada movimiento y cada canción refuerzan la sensación de estar asistiendo a algo profundamente coherente con su propio mundo.
En ese contexto, Amanda Seyfried (La asistenta) asume el peso del relato con una implicación que rara vez se había visto en su trayectoria. Su interpretación evita cualquier tentación de caricatura religiosa y construye una Ann Lee contenida, casi ascética, cuya autoridad nace más de la convicción interior que de la grandilocuencia. Seyfried logra transmitir la intensidad espiritual del personaje sin convertirlo en una figura inaccesible, manteniendo siempre un delicado equilibrio entre líder carismática y mujer atrapada dentro de una estructura de fe absoluta.
El guion, escrito por Fastvold junto a Brady Corbet —con quien ya colaboró en The brutalist—, revela además una complicidad creativa que parece extenderse más allá del propio texto. En sus proyectos conjuntos se percibe una sensibilidad compartida hacia los espacios, los ritmos y la construcción atmosférica del relato, elementos que aquí encuentran una traducción especialmente elegante en la puesta en escena. La película parece construirse tanto desde la escritura como desde la dirección, como si ambas dimensiones dialogaran constantemente entre sí.
Sin embargo, donde la película encuentra su mayor particularidad es en la relación que establece con su propio relato. El conflicto dramático y la evolución de los personajes nunca alcanzan una intensidad emocional plena; el interés se desplaza hacia el contexto, hacia el funcionamiento interno de la comunidad y hacia la fascinación estética que genera su universo. Paradójicamente, esa distancia emocional no debilita la experiencia. Al contrario: permite que la película funcione como un viaje audiovisual cuidadosamente construido, donde lo importante no es tanto lo que ocurre como la manera en que ese mundo se despliega ante la mirada.
El testamento de Ann Lee demuestra así que una película puede sostenerse no solo sobre la fuerza de su historia o de sus personajes, sino sobre la coherencia y la potencia de su propuesta formal. Fastvold construye un film que seduce por su atmósfera, por su precisión visual y por la delicadeza con la que transforma la música, el movimiento y la fe en materia cinematográfica. Más que un drama histórico o un musical convencional, la película se presenta como una experiencia sensorial que invita a habitar, durante dos horas, un universo tan extraño como fascinante.



