Cartel Cinema Jove
Cinema Jove

40 Festival de Cine Internacional de Valencia ‘Cinema Jove’: Críticas.

Del 19 al 28 de junio, se celebra la 40ª edición de Cinema Jove, el Festival de Cine Internacional de Valencia. ¡Cumple 40 años, qué ilusión! Más le hace a nuestro compañero Richie Valero, quien va a cubrir el festival por primera vez lo máximo posible con títulos interesantes cómo Honeymoon, Fwends, Tóxico y muchas más en la sección oficial de largometrajes, premieres, luna de valencia, órbites… Este año, Cinema Jove se inaugura con Riviera, la opera prima del griego Orfeas Peretzis.


PELÍCULA INAUGURAL

‘RIVIERA’

FILOSOFAR INTRASCENDENTEMENTE EN MEDIO DE LA TURISTIFICACIÓN

Riviera se proyecta en la inauguración del festival, en un espacio y ambiente diferentes a la de una sala de cine, donde después las copas formalmente manchadas de una mezcla entre pintalabios y jugo de uva serán testigos de las opiniones —cínicas o reales—, en especial la mía, enjuagada del efímero vino. La opera prima del griego Orfeas Peretzis deja que desear pero no decepciona ni frustra, porque la historia es interesante, no es tonta, no es una eminencia, pero es disfrutable.

Parece contar el último verano de Alkistis en la casa de huéspedes que dirige Anna, su madre, y Petros, su padrino aparentemente escritor, en la Riviera Ateniense. Pasa la mayor parte del tiempo junto a Jerry, la palmera moribunda del jardín con la que asegura poder hablar. Anna quiere vender la casa y abandonar la ciudad tras la muerte de su marido, nunca contada, pero Alkistis no quiere dejar nada atrás, y junto a su mejor amiga y un romance pasajero con Makis, un obrero, pretende borrar la mancha de moho que crece rápidamente en la habitación de unos inquilinos adictos al Bloody Mary que también están decidiendo cambiar de sitio y no volver más.

Fotograma de 'Riviera' con Eva Samioti
Eva Samioti en ‘Riviera’.

Durante los 80 minutos de película, siento vibras positivas, aunque la historia sea todo lo contrario, principalmente porque es un verano desolador, marginal y filosófico. Solo que siento que estoy siendo codicioso injustificadamente, porque aunque, reitero, su trama conjunta ideas muy buenas —¡es que dan ganas de una película así, en verano!—, no justifica la sobrecarga de poesía y simbolismo —la mancha de moho extendiéndose rápidamente y la enfermedad de la palmera (la epidemia de los picudos rojos)— sobre lo que, consecuentemente, trata esta pequeña época de los personajes y el entorno que les rodea: turismo de masas, gentrificación, destrucción del medio ambiente…

Y, aunque sus personajes me entusiasmen, les afecta demasiado la saturación de esos diálogos cínicamente poéticos, como si Peretzis —también guionista— no pudiera controlar —como Alkistis todo lo que le rodea— su historia y recurre a la palabrería para sumar metraje con un ritmo lento, como esas tardes de verano, y desenfadado que pretenden llevarme al pesimismo forzado —y lo soy mucho— y no lo consigue. Sin embargo, me cautiva la interpretación de Eva Samioti en este retrato contemplativo e intimista sobre lo que no podemos controlar, que es lo que le ha pasado a Peretzis, como si las palabras le hubieran consumido, al igual que a la costa Ateniense —y a la vida real también— con la especulación inmobiliaria, el turismo de masas y la destrucción de la naturaleza, porque la película carece de naturalidad expresiva.

4/10

LO MEJOR: Eva Samioti y las vibras de la película.

LO PEOR: Sobrecarga de poesía y simbolismos y la falsa extravagancia.


SECCIÓN OFICIAL

‘HONEYMOON’

LA TRAMPA DE BUSCAR UN FUTURO QUE ROMPE EL PRESENTE

Me da la sensación de que poco a poco nos estamos olvidando de Ucrania y su injusta guerra. Me da la sensación que se está haciendo lo mismo con la pobre Gaza. Y yo no sé qué hacer, aquí delante del ordenador escribiendo esto. Veo las películas que retratan problemas de la realidad y me enamoran —sus reivindicaciones también—, pero tal sentimiento se desvanece cuando el pesimismo viene a arrebatármelo. La desesperanza y, con ello, la rendición: la derrota. Y me da la sensación de que eso es lo que podría haberles pasado a Taras y Olia, la pareja de recién casados que se instalan en un nuevo piso, celebran la mudanza con entrañables amigos y todo parece tan perfecto… Una nueva y excitante etapa. Amor, amistad, independencia, buen trabajo, PLANES DE FUTURO… Al final es lo que todos, más o menos, queremos, ¿no es así? Es solo que el narcisismo y egoísmo de unos —muy poderosos— afectan a otros —mortales— y, entonces, todo eso se jode cuando se despiertan, aun con cajas empaquetadas, con explosiones alrededor.

Eso es lo que ocurre en Honeymoon, segunda película de la ucraniana Zhanna Ozirna. Tras esta ocurrencia, la pareja de enamorados no consigue escapar a tiempo de la ciudad y tropas rusas instalan un cuartel general en el edificio, lo que hace que los desgraciados tortolitos se queden atrapados sin recursos ni posibilidad de hacer un mínimo ruido. Todo tiene que ser sigiloso, (casi) siempre ocultos —incluso en su intimidad—, sobrevivir y asimilarlo hasta hacer lo que sea para salir de ahí.

Fotograma de 'Honeymoon' con Roman Lutskiy y Ira Nirsha
Roman Lutskiy y Ira Nirsha en ‘Honeymoon’
Fotograma de 'Honeymoon' con Roman Lutskiy y Ira Nirsha
Roman Lutskiy y Ira Nirsha en ‘Honeymoon’

Conecto con Honeymoon de una manera que desconozco, que no puedo expresar, al igual —más o menos— que Ozirna, porque ella —aun viviendo en Ucrania— tampoco pudo vivir esta desgracia como sí lo hizo su amigo, y sentía, por alguna razón, cierta culpa. Y recogiendo memorias de gente que lo experimentó trata de acercarse y empatizar lo máximo posible a través del arte. Desde lo audiovisual, se ha contado mucho sobre lo que ocurre en el país de la directora, pero se ha contado desde fuera, lo cual Ozirna evita para contarlo desde la experiencia interior, desde la intimidad, y lo hace a través del amor —principiante todavía— congestionando los roles de género y la confianza —en sí mismos y la plena—.

Exitosamente, Ozirna quiere concienciar, o, al menos, acercar al mundo occidental a la dramática situación de los mortales en una guerra como esta, a los que nada pueden hacer más que sobrevivir e intentar escapar, a los que no son héroes sino personas que no saben que hacer en estas situaciones y con proyectos de futuro que han sido arrebatados por el horror del presente. Ese miedo de escuchar lo que ocurre afuera sin poder visualizarlo, tal y como en La Zona de Interés (Jonathan Glazer, 2023). O el pánico que se sufre —hasta el mismo espectador lo siente— si uno de los enamorados hace ruido y avisa a los Ángeles de la Muerte —los rusos— (Un lugar tranquilo, de John Krasinski) de que están aquí.

9/10

LO MEJOR: El pánico y la tensión retratada a través de la intimidad.

LO PEOR: A veces puede que sea lenta; me da igual.


FWENDS

¿MADUREZ ES SINÓNIMO DE HERIDAS?

Es entrañable y exaltante que, después de tanto tiempo, dos amigas vuelvan a verse para un día entero. Se contarán todo, cotillearán y reirán o llorarán de anécdotas que no han vivido juntas. Quizás vayan por ahí, a comer o cenar, a dar una vuelta o al cine, o de fiesta… Se pueden hacer mil cosas, y más con una amistad que no ves desde hace tiempo. Esto es, más o menos, lo que podrían hacer Em y Jessie tras juntarse después de tanto tiempo. La primera viaja desde Sidney hasta Melbourne para visitar a la segunda. Pero no tienen un plan, solo estar juntas de nuevo. Y es cuando viene el conflicto tras las (in)trascendentes conversaciones. Esa pesadilla que le ocurre a cada una: el trabajo de Em es explotación y misoginia; Jessie no se ha recuperado de su ruptura y se siente vacía. Y así, perdidas en sus vidas en una ciudad melancólica, pero juntas, pasan una noche surrealista y reflexiva.

Fotograma de 'Fwends' con Melissa Gan y Emmanuelle Mattana.
Melissa Gan y Emmanuelle Mattana en ‘Fwends’.

Entre lágrimas y drogas que recaen sobre la carcajada infinita en una noche psicodélica y de estado anímico variable, Sophie Somerville escribe simple pero exitosamente junto a las notables actrices protagonistas, Emmanuelle Mattana y Melissa Gan, sobre el acoso laboral, la dificultad de independizarse, la salud mental y las rupturas amorosas en una generación en proceso de maduración e imposibilitada a avanzar en su futuro. Gracias a las ocurrencias y la conclusión, Fwends alude, como posibilidad reivindicativa, a las relaciones (inter)personales improvisadas donde existe ternura, sensibilidad y humor. Una humilde y sutil pero provocativa carta de amor a la madurez en la veintena, con sus heridas, que no solo son las de Em y Jessie.

9/10

LO MEJOR: Emmanuelle Mattana y Melissa Gan.

LO PEOR: Parte del guion es simple, pero ahí podría estar la gracia.


BUNNYLOVR

SOLEDAD DIGITALIZADA

Se me cae el mundo encima cuando visiono sobre la actualidad, sobre todo esta actualidad digitalizada, en línea constantemente. Quiero decir «a veces», pero me siento obligado a decir «siempre» que aparece el internet quiero echar atrás en el tiempo y no vivir con la necesidad de la red. Que no existan los móviles y las redes sociales, ni los ordenadores y el streaming. Y que irónico que lo que esté usando ahora para contarte esto sea lo que quiero que desaparezca ahora mismo y para siempre. Y es que de alguna manera que desconozco, conecto con Rebecca y la entiendo, eso de trabajadora sexual en línea la consume, especialmente a partir de conocer a John, un misterioso «adinerado» que le envía por mail un conejo blanco precioso. También la consumen el desamor, pues ha roto con su novio (Jack Kilmer), quien desde el anonimato le añade una variante negativa más a su vida, y la falta de vínculo paterno, que mientras está intentando recuperar.

Y todo se vuelve más turbio para Rebecca, lo de John cada vez va a más, su padre, jugador y estafador, está moribundo y su mejor amiga, Bella (Rachel Sennott), triunfa con los cuadros en los que ella ha modelado. Todo la lleva a soledad, porque principalmente vemos eso, las grietas del vacío que Rebbeca siente abriéndose, pero parece ser que para evitar ese dolor, se ve arrastrada por John y su dinero y una relación en la que no percibe bien la toxicidad. El conejo la reconforta, eso sí, tienen un gran vínculo y es un matiz eficaz en la historia.

Fotograma de 'Bunnylovr' con Katarina Zhu.
Katarina Zhu en ‘Bunnylovr’.

Katarina Zhu, directora, guionista, productora y actriz principal, cuenta muchas cosas —biográficas más o menos, según Katarina— en Bunnylovr, todas ellas muy interesantes y magnéticas, desde la bipolar relación con su padre moribundo, pasando por los baches con Bella, hasta la turbia relación con John, pero parece quedarse a mitad de casi todo cuando ya no puedes salir de la órbita de Rebecca. Tratar este trabajo sexual sin juzgarlo para utilizarlo de vía de desarrollo de la historia para transformarla a lo personal, íntimo e inquietante subrayando una realidad que, hoy en día, todos consumimos sin haber pedido y que resulta tan desconocida y cercana al mismo tiempo es un acierto. El desazón viene cuando espero más, que tampoco me irrita ni decepciona tal y cómo Katarina deja todo, pero al final parece que ¿no fue para tanto?

No sé, quizá me estoy haciendo un lío, pero destaco la preciosa fotografía intimista, el numeroso trabajo que ha tenido aquí Katarina y la gran química en la interpretación junto a Perry Yung: lo que mejor recuerdo son las escenas en Columbus Park, un lugar de cuyo vínculo geográfico carecen padre e hija, esa contradicción me cautiva. Katarina Zhu podría ser alguien a tener en cuenta, y no lo niego. Es un debut elogiable y espero que así fuera en el Festival de Sundance, porque en Cinema Jove lo fue.

7.5/10

LO MEJOR: Interpretaciones, fotografía y el conejito.

LO PEOR: Las ideas y los conceptos son tan buenos que fastidia sentir que se queda a medias.