Título original: La Lucha
Año: 2025
Duración: 92 min.
País: España
Director: José Ángel Alayón
Reparto: Yazmina Estupiñán, Tomasín Padrón, Sara Cano
Guion: Marina Alberti, Samuel M. Delgado
Fotografía: Mauro Herce
Música: Camilo Sanabria, Adriana García Galán
Reparto: Yazmina Estupiñán, Tomasín Padrón
Compañías: Coproducción España-Colombia; El Viaje Films, Blond Indian Films
Género: Drama
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La lucha canaria es una manifestación cultural profundamente ligada a la historia y a la identidad del pueblo canario. Sus orígenes se remontan a la época precolonial, cuando los antiguos habitantes de las islas, conocidos como guanches, practicaban formas de combate cuerpo a cuerpo que servían tanto para resolver conflictos como para entrenar a los guerreros de la comunidad. Estas luchas no buscaban la destrucción del rival, sino demostrar destreza, fuerza y dominio del cuerpo. Más que un deporte, la lucha tradicional canaria representa una forma de entender la vida: equilibrio, respeto, identidad y memoria histórica. Es el eco de un pasado que sigue vivo en la arena de los terreros.
El cineasta José Ángel Alayón pretenda representar estos sentimientos en su nueva película: La lucha. La película cuenta como en la árida isla de Fuerteventura, Miguel y su hija Mariana intentan seguir adelante tras la muerte de su esposa, para ella tendrán como refugio la lucha canaria. Pero el cuerpo de Miguel empieza a fallar, y la rabia de Mariana la empuja a desafiar las normas, padre e hija buscan reencontrarse antes de que sea demasiado tarde.

Lo primero que merece ser destacado es la valentía y la fuerza que transmite la película desde sus primeros compases. Todo está contado con un respeto evidente, no solo hacia Canarias como territorio, sino hacia su cultura, sus costumbres y su identidad. Se nota una intención clara de representar algo que va más allá de una simple historia personal: la película quiere hablar de raíces, de herencia y de lo que significa pertenecer a un lugar, y lo hace sin caer en el folclore vacío ni en la idealización excesiva.
Pero en especial lo que se busca es retratar el significado cultural de la lucha, pero lo interesante es que no lo hace desde una mirada explicativa o documentalista, sino a través de una relación íntima y rota, la de un padre y una hija prácticamente distanciados. Entre ellos apenas queda un vínculo real, y ese vínculo es el deporte. La lucha se convierte así en un lenguaje común, en el único espacio donde todavía pueden entenderse, aunque sea sin palabras.
La película acierta al utilizar esta dinámica para hablar de temas universales como la superación personal, la pérdida emocional y el perdón, elementos que cobran especial fuerza en un tercer acto mucho más contenido, íntimo y cercano, donde los personajes se muestran vulnerables y humanos. La película apuesta por retratarlo mediante una estética sucia, cruda y realista, que no busca embellecer la dureza de los personajes ni de su entorno. Hay claros ecos de un western moderno con una fotografía, con tonos cálidos y terrosos, refuerza esa sensación de arraigo y desgaste, mientras que la dirección se mantiene directa y clara.
Sin embargo pese a sus aciertos, la película también presenta fallos importantes. El más evidente es su ritmo excesivamente lento y pausado, especialmente durante su primera hora, ese tramo inicial la narración se vuelve cuesta arriba, llegando a sentirse pedante en algunos momentos, haciéndose repetitiva en muchos sentidos y dando la impresión de que la historia no avanza o de que no sucede nada realmente relevante. Como consecuencia, en gran parte de su metraje la película se percibe como aburrida, lo que dificulta la conexión del espectador con lo que está viendo.
No solo cuesta implicarse con la historia, sino también con los propios personajes, que en ciertos momentos se sienten distantes o poco desarrollados emocionalmente. Aunque las intenciones son claras y respetables, el exceso de contención y la falta de dinamismo narrativo hacen que el impacto final no sea tan potente como podría haber sido. Y cuando llega a ese tercer acto en donde sí consigue destacar todo puede ser que el espectador ya se haya perdido y no acabe de conectar.
Como conclusión, La lucha es una película poderosa, con una intenciones muy potentes pero que su ritmo tan lento y su repetitividad puede hacer que gran parte del público no la valore como se merece, lo cual es una pena porque el trabajo que hace José Ángel Alayón (Blanco en blanco) tanto narrativa como visualmente es más que destacable.


