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Crítica – ‘Baby Driver’

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Título original: “BABY DRIVER”

Año: 2017

Duración: 123 minutos

País: Reino Unido / EEUU

Director: Edgar Wright

Guión: Edgar Wright

 Música: Steven Price

Fotografía: Bill Pope

Reparto: Ansel Elgort, Kevin Spacey, Lily James, Jon Bernthal, Eiza González, Jon Hamm, Jamie Foxx.

Productora: Media Rights Capital / Big Talk Productions / Working Title Films

Género: Aventuras, acción, carsploitation.

 

No era fácil. Y lo ha conseguido. “Baby Driver” cumple las expectativas tras una alta apuesta de la que sólo podía salir perdiendo. Siento anunciar a los más pesimistas que sus augurios no han llegado a buen puerto.

Edgar Wright es un polifacético artista que interpreta tres grandes papeles metafóricos en esta cinta.

La magia que desprenden los protagonistas en su primer encuentro es superlativa… (Revisando guión con el director y escritor, Edgar Wright).

Por una parte, la de un mago incansable que no para de sacar conejos de la chistera. Rara es la escena en la que se pueda prever el próximo paso de Ansel Elgort, Kevin Spacey o el tan neurótico e inestable personaje de Bats (magistralmente interpretado por Jamie Foxx). No es que requiera de gran velocidad la historia para arrancar de nosotros frases como “no puede ser”, “por favor ahora no” o “¿cómo va a salir de esta?”. La película se toma su tiempo para evolucionar, para presentarnos a los personajes, que las subtramas se abran y cierran cómo y cuándo deben; si bien, no cae en la pobredumbre, pesadez o peca de lenta. Respeta los límites que ella misma se marca. Logra que podamos empatizar con todos y cada uno de los implicados, dejándonos llevar por el romance que se va formando entre Baby y Deborah o que sintamos esa amarga dualidad de nuestro jefe mafioso “Doc” (a ratos criminal desalmado y a otros tantos, figura pseudopaternalista del protagonista).

Por otra parte, y aunque no esté reconocido como tal, Wright es prácticamente el único compositor que la cinta merece y necesita. La selección musical del responsable tras la cámara está tan sumamente bien elegida y llevada a la producción, que es el hilo conductor real de las dos horas de película. Si bien el libreto es una lección de narrativa y desarrollo psicológico de los personajes, la música es el oro líquido que baña a la cinta y la alza como la obra maestra que es. Podemos notar cómo no se ha escrito la historia y lanzado las canciones sin ton ni son sobre la misma (como desgraciadamente nos tiene acostumbrados la industria de hoy en día), sino que las escenas se escriben sobre la melodía, creando el encaje perfecto. Un enlace de acero y forjado a fuego inquebrantable. Desde Barry White hasta Queen, pasando por Sam and Dave, T. Rex o The Champs, seremos espectadores y oyentes de la desenfrenada carrera contrarreloj por ser dueños de nuestra vida, como desea Milles, alias “Baby”.

 

La diversidad de canciones es el hilo conductor de la trama, funcionando como narrador orquestal de la misma.

Mención aparte, y última, merece la labor del hacedor como unificador de este pequeño universo. No es tarea fácil colocar una bomba de relojería en el lugar y momento adecuados. “Quien mucho abarca, poco aprieta”, y pese a ello el autor encaja todas las piezas del puzzle. Es posible que llegados al comienzo del tercer acto sintamos agotamiento psicológico por la tensión y la eterna huida de la policía sin un rumbo claro. La incertidumbre nos corroe y es demasiado tarde para huir de la historia: estamos atrapados y hasta que E. Wirght quiera, no nos soltará.

Aun así, los films, como nosotros, no son perfectos por lo general: si cuentan con un buen reparto y música, flaquean en tempo o guión. Si existen grandes escenas de acción y una banda sonora inmersiva, quizás nos encontremos con un protagonista con la misma capacidad interpretativa que una pared. Lo que sorprende de este film, es que hay un nexo de unión perfectamente hilado entre los elementos que lo componen: un reparto sensacional, una música para escuchar en bucle todo el verano; escenas de acción de vértigo y genialmente coordinadas, una empatía humana por la ficción y por sus protagonistas que asusta.

Edgar Wright sabe cómo emitir esa sensación, no diré nostálgica porque no la pretende ni provoca, pero sí de “lo he visto antes, pero no así”. No podemos obviar que la película se nos descubre en su último tramo como una historia de amor envuelta en acción, aventuras y música. Y si bien no inventa nada nuevo, revive sentimientos que en un espectador entrenado tocarán la fibra sensible. La huida hacia adelante sin rumbo de la pareja protagonista, ese retorno al grito de libertad de Brando en “Salvaje”, el sueño americano de “mi pareja, coche, música y carretera”, explosión de emociones que provocan querer levantarte de la butaca, atravesar la pantalla y vivirla tú mismo. En definitiva, la independencia del cine de los sesenta, la música de los setenta, el espíritu de neón de los ochenta y lo mejor de la ficción noventera.

Todo esto, y mucho más, es cine. Y hacía bastante que no se trataba así de bien.

 

 

Lo mejor: Sin duda, es una ópera de acción en la que todos los mecanismos están engrasados y funcionan en armonía.

Lo peor: Los picos de tensión y el desgaste mental que puede generar en su recta final.

 

NOTA: 9/10.

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