‘Verity: la sombra de un engaño’, una adaptación que encuentra el suspense pero no sabe qué hacer con la duda.

 

Titulo original: Verity
Año: 2026
Duración: 114 min
País: Estados Unidos
Dirección: Michael Showalter
Guion: Nick Antosca.
Novela: Colleenn Hoover
Reparto: Anne Hathaway. Dakota Johnson, Josh Hartnett, Brady WagnerIsmael Cruz Cordova
Música: Volker Bertelmann
Fotografía: Jim Frohna
Compañías: Amazon MGM Studios, Eat The Cat, Heartbones Entertainment, Semi-Formal Productions, Somewhere Pictures.
Distribuidora: Prime Video
Género: Thriller. Drama.

Crítica en Letterboxd

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Hollywood ha descubierto que los libros de Colleen Hoover se venden solos, y desde entonces sus adaptaciones llegan a las salas una detrás de otra. Basta con pensar en Romper el círculo o A pesar de ti, dos de sus últimos traslados a la gran pantalla, y casi todas apuestan por el romance. Verity: la sombra de un engaño es otra cosa, o al menos eso prometía: un thriller de casa aislada, secretos de familia y una escritora que lee lo que no debería. Era la ocasión de ver a una de las autoras más adaptadas del momento fuera de su zona de confort, y con un reparto a la altura de la apuesta.

Michael Showalter llega a este proyecto con una carrera construida sobre las adaptaciones. Tradujo a imagen unas memorias con Spoiler Alert, rescató un documental para el drama de ficción en Los ojos de Tammy Faye y ya había colaborado con Anne Hathaway en La idea de tenerte, basada en una novela superventas. Sabe lo que significa cargar con las expectativas de una legión de lectores, y lo gestiona con tacto. Lo suyo, sin embargo, ha sido sobre todo la comedia sentimental y el drama biográfico, no el suspense. Esa condición de recién llegado al género se percibe en una puesta en escena pulcra y controlada, más cercana a lo elegancia que a la amenaza.

La premisa ya es, por si sola, muy prometedora: Lowen Ashleigh (Dakota Johnson), una escritora al borde de la ruina, es contratada por Jeremy Crawford (Josh Hartnett) para terminar la saga de su esposa Verity (Anne Hathaway), incapacitada tras un accidente. En la mansión familiar, Lowen descubre un manuscrito que cambia por completo lo que creía saber.
El trabajo del reparto es lo más sólido del conjunto. Dakota Johnson da a Lowen una vulnerabilidad contenida, hecha de miradas y pausas, y transmite bien la fascinación de dejarse absorber por una vida ajena. Josh Hartnett encuentra el tono justo para Jeremy, un hombre afligido y encantador al que, sin embargo, nunca se termina de ver del todo. Anne Hathaway, con un papel que exige trabajar desde la quietud, resulta perturbadora precisamente por lo poco que necesita hacer. Los tres sostienen el triángulo con una química que mantiene la tensión incluso cuando el ritmo flaquea en el tramo central.

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Fotograma de ‘Verity: la sombra de un engaño’. (Foto: Amazon MGM Studios)

Pero todo ese mecanismo, tan bien engrasado, desemboca en una decisión que lo debilita: la película elimina el epílogo de la novela. Y no es un recorte menor ni un ajuste de duración. Es prescindir de la pieza que daba sentido al conjunto.
En el libro, esas últimas páginas funcionan como una segunda detonación. Reabren la duda justo cuando el lector cree haber llegado a una conclusión, y lo obligan a volver sobre todo lo anterior con otros ojos. El epílogo deja la historia suspendida entre dos lecturas posibles, ambas defendibles y ambas perturbadoras. Es ahí, en ese no saber, donde Verity dejaba de ser un thriller correcto y se convertía en una experiencia que se quedaba contigo.
Al suprimirlo, la película hace exactamente lo contrario. Ordena, aclara y entrega al espectador una versión más cómoda de los hechos. La ambigüedad, que era el verdadero corazón del relato, se reduce a un simple giro de guion. Sales de la sala con una respuesta, cuando lo especial habría sido salir con una pregunta. Y, aunque me duela admitirlo, un thriller que te da las respuestas que la historia nunca quiso dar es un thriller que ha traicionado su propia naturaleza.

Lo más frustrante es que la película había preparado el terreno para otro final. Toda su construcción, con sus miradas esquivas, sus documentos de procedencia dudosa y un marido cuya sinceridad nunca se confirma, apunta a una conclusión abierta. Cerrar la puerta justo ahí no es una cuestión de fidelidad al libro por pura devoción a los lectores, sino una cuestión de coherencia interna: la película se contradice a sí misma en su última escena.

Resulta inevitable pensar en la película que realmente podría haber sido. Imagina la sala al terminar: un par de amigos defiende con firmeza que todo ocurrió de una manera y otro de ellos, con la misma devoción, sostiene lo contrario, y cada cual cita un detalle o una línea de diálogo como prueba definitiva. La discusión sigue en el aparcamiento, en los mensajes de esa noche y en el segundo visionado que muchos harían para buscar la pista que lo decide todo (aunque realmente no existe). Esa es la vida que tienen las películas de misterio verdaderamente grandes, la que se les concede cuando el público se divide. Verity tenía el material para conseguirla y lo cambia por un acuerdo general que apaga la conversación antes de que empiece.

Lo curioso es que a Verity no le faltaba nada. Había conseguido el elenco perfecto, una atmósfera muy bien creada y contaba con un material que bastaba con respetar. Pere sobró algo: el miedo a que el público saliera de la sala sin una respuesta en la mano. Y ese miedo, tan comprensible en un estudio, es el que ha convertido la ambigüedad de la obra en otro  «plot twist» cualquiera. Lo que debía acompañarnos hasta casa se queda en la butaca, junto a las palomitas, y lo que podía ser una película de la que hablar durante semanas pasa a ser una película que se recomienda con un “está bien”. Es el peor destino posible para una historia sobre no saber a quién creer: que nadie tenga nada que discutir.

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LO MEJOR: TRES GRANDES INTERPRETACIONES
LO PEOR: UN FINAL QUE SIMPLIFICA LA HISTORIA
5