
Era 2014. No era más que un ingenuo estudiante de periodismo que, entre otras inquietudes, soñaba con orientar su carrera hacia la cultura y especialmente, hacia el cine. Desde pequeño había sentido ese pulso por el mundo audiovisual. Las películas y las series nunca fueron para mí un pasatiempo. Las veía como una forma de entender el mundo y todo lo que sucedía a mi alrededor.
Recuerdo cómo consultaba las carteleras cada viernes en el periódico que comprábamos en casa. Me sabía de memoria los estrenos, comparaba horarios y elegía qué vería ese fin de semana, aunque luego no siempre pudiera ir. Preguntaba en el quiosco si ya había llegado el nuevo número de Fotogramas o Acción Cine y, cuando las tenía, las devoraba. Veía programas como Cartelera, Cinexpress o Tentaciones, absorbiendo cada comentario como si estuviera en una clase magistral.
Convencía a mis compañeros del colegio para grabar pequeños cortos con la primera cámara o teléfono móvil que tuviéramos a mano. Eran historias improvisadas, torpes y absurdas, pero honestas. Leía las columnas de periodistas con admiración, sin atreverme a pensar que algún día compartiría espacio con ellos. Soñaba con pisar alfombras rojas, con alzar la mano en las ruedas de prensa, con formar parte de un ecosistema que me resultaba tan fascinante como inalcanzable.
El descubrimiento de los blogs fue una revelación. Escribí mis primeros artículos en una web compartida con dos amigos. Eran textos imperfectos, llenos de errores, pero gracias a ellos fui forjando un criterio y encontrando mi voz. Y hace doce años, decidí dar un paso más: crear mi propio medio. No lo hice por ambición empresarial, ni mucho menos. Nació de la necesidad de hablar de cine a mi manera, de construir un refugio donde otros con mis mismas inquietudes pudieran hacer lo mismo. Así nació 35 Milímetros.
Doce años que, vistos con perspectiva, parecen otra vida. Porque desde entonces han pasado muchas cosas. Han cambiado demasiadas.
He visto la irrupción del streaming y las redes sociales. El nacimiento del influencer como el nuevo gran intermediario cultural. He sobrevivido a una pandemia que cerró salas, paralizó rodajes y modificó nuestros hábitos de consumo. Y ahora, asistimos a la llegada de la inteligencia artificial, un nuevo actor que vuelve a reconfigurar las reglas del juego.
Todo esto ha moldeado una realidad mediática completamente distinta. Informar ya no es suficiente. Ahora la prioridad es captar la atención, retenerla, exprimirla y convertirla en impacto medible. Ya no se lee como antes, porque exige una pausa que hoy casi nadie está dispuesta a conceder. Nos hemos acostumbrado a hacer scroll de manera casi automática, saltando de un contenido a otro en cuestión de segundos. Y tampoco vemos las películas como antes.
Consumimos titulares, opiniones rápidas, vídeos de quince segundos y memes seleccionados por un algoritmo diseñado para atraparnos en un bucle de consumo sin reflexión ni contexto. En este escenario, el periodismo —y en concreto el periodismo de cine— ha ido perdiendo algo esencial: su sitio.
Ayer leía que medios como FórmulaTV o eCartelera cerraban tras entrar en concurso de acreedores. No hablo de proyectos marginales ni de aventuras personales, sino de cabeceras que durante años concentraron a millones de usuarios, que profesionalizaron el entretenimiento digital en España y que entendieron Internet mucho antes que el resto. Y aun así, han caído. Han caído porque competir por la atención hoy es hacerlo en un terreno completamente desigual. Donde el modelo ya no se sostiene. La publicidad no paga como antes, el tráfico ya no compensa los costes de mantener a un equipo, y el clickbait prioriza la inmediatez y la viralidad por encima de la calidad.
No son los únicos. En cinco años cerca de 50 pequeñas revistas y blogs de cine han desaparecido. ¿La causa? Las mismas. Precariedad, cambios en el consumo digital y saturación del mercado. Mantener un medio independiente ya no depende solo de la pasión por el cine.
Pero mientras unos caen, otros ocupan su lugar. Y aquí entra en juego otro fenómeno, la transformación del perfil del comunicador. Personas con poca o ninguna formación periodística o cinematográfica, aunque con mucha pasión y capacidad creativa, generan contenido fácil de consumir, fácil de compartir y fácil de olvidar. No creo que esto sea necesariamente malo. El problema surge cuando ese contenido sustituye al análisis, al contexto y al criterio. Cuando da igual haber visto o no una película y el único objetivo del mensaje sean los likes por los likes.
Este cambio es evidente en espacios que antes pertenecían a la profesión. Los eventos de cine ya no son lugares de encuentro, sino escaparates de visibilidad. Como casos recientes tenemos los Premios Goya o el Festival de Málaga , en los que cada vez más a creadores de contenido ajenos a la industria, que a veces ni conocen las películas nominadas, simplemente tienen presencial porque garantizan impacto en redes. Los medios tradicionales no están libres de culpa. También han entrado en el juego porque necesitan sobrevivir. Se lanzan preguntas superficiales para generar contenido, justificando la acreditación pero aportando muy poco al discurso cultural. Es un círculo vicioso. La superficialidad genera visitas, y las visitas justifican la creación de más superficialidad.
Un ejemplo de esta nueva realidad también lo hemos vivido con el estreno de Torrente Presidente. La estrategia promocional de Santiago Segura, o mejor dicho, la ausencia de ella, ha sido atípica. Sin tráilers, sin imágenes previas ni pases de prensa. Esto obligó a muchos medios a enviar a sus redactores a las salas comerciales, pagando su entrada como cualquier espectador, simplemente para poder generar contenido a tiempo. Lo más llamativo fue la reacción. Ante la necesidad de competir por la inmediatez, algunos medios optaron por desvelar detalles clave y spoilers con el fin de rascar clics y subirse a la ola. Más allá del debate ético, esto refleja que el incentivo no está en la crítica ni en el respeto por la obra, sino en el tráfico, aunque sea a costa de arruinar la experiencia del espectador.
Y el cine, en medio de todo este ruido, queda relegado a un triste segundo plano.
Mientras tanto, surgen historias que me recuerdan a mis propios inicios. Jóvenes que sienten ese mismo impulso de pertenecer a este mundo. Pienso en Jaume, un joven cuyo tuit se hizo viral tras ser rechazado en Cannes, ofreciéndose a todo: escribir, grabar, adaptarse a cualquier formato e incluso pagarse los gastos con tal de que algún medio le acogiera. Un caso que no está tan lejos de nuestra realidad. 35 Milímetros es, de hecho, un espacio colaborativo donde nadie cobra, donde apenas sostenemos la estructura, pero donde seguimos remando por pura vocación, por amor al cine y por la esperanza, quizá ingenua, de poder vivir de esto algún día.
Soñar nunca ha sido el problema. El verdadero problema es sostener esta profesión hoy en día. ¿Cómo compites cuando hay quienes hacen las cosas peor, pero logran más repercusión? ¿Cómo construyes una carrera si no llegan oportunidades reales para desarrollarte? ¿Cómo reivindicas el valor de la información cuando la corriente te arrastra hacia el ruido y lo simple?
Antes, el crítico era el puente entre la obra y el espectador. Hoy, el periodismo de cine ha perdido su autoridad. No ha desaparecido, pero ya no es lo que era. Ese tiempo en el que escribir bien importaba más que publicar el primero y en el que el lector buscaba criterio, no solo entretenimiento ha pasado y, probablemente, no volverá. Lo que nos queda es un escenario más abierto y democrático, sí, pero también más inestable, feroz y, a menudo, injusto.
Espero que estas líneas no suenen a lamento de derrota. Al contrario. Creo que es el momento de reivindicar y defender, más que nunca, nuestra pasión con rigor y honestidad. Y recordar por qué nos enamoramos de estas historias y decidimos contarlas. La supervivencia del periodismo de cine dependerá de quienes sigan creyendo que narrar y analizar con integridad sigue mereciendo la pena. Dependerá de nuestra capacidad para resistir, innovar y mantener viva la mirada crítica, incluso cuando el viento sopla en contra.
La pregunta, por tanto, ya no es si el periodismo de cine ha muerto. La pregunta es: ¿qué estamos dispuestos a hacer para asegurarle un futuro?


