Dejando de lado las interesantes reflexiones sobre la vida, y el retrogusto que dejan a veces las relaciones familiares, no siempre sencillas de tragar, Las gotas de Dios es una producción excelente en muchos aspectos y que bien merece degustar de principio a fin.
No es necesario ser aficionado al manga japonés, se inspira en una célebre historieta de idéntico título, ni ser consumidor de esta bebida antológica por milenaria y culturalmente infinita. Eso sí, la serie, o más bien los personajes y la trama, es tan pretenciosa como el propio título. No obstante, hay un cómo y un porqué de lo más estimulante. Incluso para un abstemio como un humilde servidor, o personas poco o nada instruidas en el paladar y toda la parafernalia que rodea a la industria del vino.
Ver cómo los personajes se desenvuelven en la búsqueda de pistas para esclarecer las intrigas en ‘Las gotas de Dios’ es una experiencia embriagadora de sensaciones, emociones, connotaciones culturales, y con un poso con mucho sedimento de marketing.

Parte de una premisa recurrente en el cine de una batalla por una herencia multimillonaria. Sin embargo, lejos de plantearla como la tradicional lucha entre familiares por ese oneroso legado a base de traiciones y venganzas, obvia puñaladas traperas. Opta por una especie de intriga multicultural, también familiar, e industrial. La pasión por el vino de una francesa exigente y un refinado japonés, les enfrenta en una especie de concurso o aventura propia de El Código DaVinci o La Búsqueda. Trazando pistas, averiguando acertijos, intuyendo el siguiente paso. Eso sí, en una catarsis sin acción ni violencia, todo de modo sensorial y perfeccionamiento ascético.
Pero sobre todo, esforzándose en un proceso sofisticado, minucioso, increíblemente técnico, como es el de la degustación y las catas de vino. Una perfilación de lo exclusivo del mundo de la crítica vinícola. Un entorno de abstracción, de idealización de procesos, que a ojos de una persona corriente parecen hasta de carácter místico. ¿Una experiencia casi religiosa o una fantochada?
Tras de todo producto exclusivo, de extrema y refinada sofisticación siempre hay un halo de misterioso marketing. Aun cuando haya vinos de TetraBreak, lo cierto es que es un producto muy apreciado, tratado como un bien de lujo inclusive. Botellas de tropecientos años almacenados en bodegas, sin intención ni de consumirse, sólo por exhibición, ostentación y acaparamiento.

La diversificación del producto con todas esas notas de sabor, olor, color, procedencia; son en si mismas unas excelentes técnicas de mercado para poner en valor un producto que no deja de ser agrícola. Pero que se reviste de una capa de suntuosidad que multiplica el precio de una botella en comparación de otra producida a escasas hectáreas en una misma región, con una misma variedad de uva, y mismas condiciones climatológicas. Puro marketing, aunque haya obviamente procesos que los puedan diferenciar. Pero vaya, en la serie parecen haber ido más allá de una licencia artística para crear un guión más atractivo.
La inmensa y multimillonaria bodega legada en herencia al ganador de este peculiar concurso entre hermanastros, es mucho más que el propio e incalculable valor monetario de sus exclusivas y escasas botellas de procedencias internacionalmente variadas. El testador, un reputado enólogo francés, era además el editor de la más prestigiosa publicación sobre lo vitivinícola. Una especie de «Biblia del vino» que sentencia, que da veredictos, como si una única reseña de Google existiese sobre cada uno de los productos del mundo del vino. Palabra de Dios. E inmenso negocio, por el evidente poder económico que le otorga el emitir juicios acatados como una verdad absoluta.
Como decíamos al principio en la historia hay múltiples connotaciones culturales y familiares que conforman una entretenida historia. Incluyendo la búsqueda del verdadero yo de los personajes principales, rehuyendo de la presiones familiares y la cultura del esfuerzo. De esas extenuantes exigencias de continuidad de los legados empresariales con el lazo de sangre sobre sus cuellos. El sumiller es buen ejemplo, un protagonista que prefiere adentrarse en el mundo de las catas de vino, y no continuar la saga en el restaurante de carnes de su escéptico padre.
De lo que no cabe duda, es que abre todo un abanico y repertorio de conceptos y experiencias sensoriales que estimula hasta descreídos e ignorantes del mundo del vino de excelencia ‘gourmet‘. Ahora se entiende la pasión de Paul Giamatti por adentrarse y perderse en el californiano Valle de Napa de la comedia Entre copas, ávido de nuevas emociones y embriagarse de un buen Merlot.
De cualquier manera, es evidente que todo el marketing sensorial que hallamos en ‘Las gotas de Dios‘ puede resultar esnob y tan presuntuoso como ese cuñado olfateando la copa de vino de dos dígitos en euros, quizá sin saber diferenciar entre un tinto o un rosado. Hasta cierto punto la poetización en torno a la memoria olfativa de los personajes, su capacidad descriptiva de un sinfín de minuciosos detalles tras un simple golpe de olfato o una leve degustación, resulta algo complicado de entender para un simple mortal. La añada, el tipo de uva, la procedencia exacta, las notas de perfume que contiene… Parte del marketing de la industria para poder crear valor, y poder marcar esos exorbitantes precios, se centra precisamente en justificarlo por esa vía. Se desconoce realmente si entrenándose como un perro trufero, una persona puede llegar a expresar oralmente tras una cata tal parrafada, tal poemario. Redacción que llevará días a un departamento de marketing para el etiquetado de esas ultradiseñadas botellas, marcas y denominaciones de origen.
En definitiva, una oportunidad excelente de adentrarse en esa parafernalia de todo lo que rodea al mundo vinícola, accesible tan sólo a unos pocos privilegiados. Y no hablamos de aquellos con la propensión a consumirlos, o con el poder adquisitivo para comprarlos, sino de quienes son capaces de apreciarlos como nuestros dos personajes. Para todo lo demás, ‘masterclass‘ de marketing…


