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Bélle Époque: belleza y evasión a la española

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Título original: Belle Époque

Año: 1992

Duración: 108 minutos

País: España

Director: Fernando Trueba

Guión: Rafael Azcona

Música: Antoine Duhamel

Fotografía: José Luis Alcaine

Reparto: Fernando Fernán Gómez, Jorge Sanz, Penélope Cruz, Ariadna Gil, Maribel Verdú, Miriam Díaz Aroca, Mary Carmen Ramírez, Gabino Diego, Michel Galabru, Agustín González, Chus Lampreabe, Jesús Bonilla, María Galiana, Joan Potau, Manuel Huete

Productora: Fernando Trueba P. C /Lolafilms

Género: Comedia / Romance

El cine patrio ha sido siempre propenso a retratar  fielmente la cruda realidad de su historia reciente. Si uno se lo propone, puede revivir cientos de historias ocurridas durante la Guerra civil y la Dictadura sin recurrir a los libros de texto o a la literatura, simplemente mirando a través de los ojos de nuestros directores más reconocidos ( El ‘¡Ay, Carmela!’ de Carlos Saura; ‘La voz dormida’ de Benito Zambrano; ‘La lengua de las mariposas’ de José Luis Cuerda o ‘Los girasoles ciegos’, también de Cuerda, son buenos ejemplos de ello) Sin embargo, Trueba propone con ‘Belle Époque’ un parón de los tristes acontecimientos y ofrece a esa historia sórdida un remanso de paz, una última oportunidad a los que fueron sus protagonistas de sonreír antes de experimentar la catástrofe. Se imagina como pudieron sentirse los españoles esperanzados de que la Segunda república prosperase antes de que esta fuera sustituida por el autoritarismo y también nos da a nosotros, los espectadores de ahora, la posibilidad de descansar de la realidad durante dos horas para adentrarnos en un parque de atracciones de los sentidos, en un sueño que todos hemos tenido y que, seguramente, experimentó el propio Trueba en más de una ocasión en su juventud.

Precisamente el protagonista de esta hermosa ensoñación también se llama Fernando, un joven soldado que acaba en una región desconocida del país tras desertar del ejército. Allí topa con Manolo, un viejo artista que vive retirado en su mansión del campo y que no tendrá reparos en acoger al chico. Ambos se hacen amigos en seguida, hasta el punto de que Fernando se resistirá a volver a su casa, más aun cuando las cuatro hijas de Manolo llegan desde Madrid para pasar el verano en casa de su padre.

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A partir de ese momento, Fernando será el protagonista de un lío de faldas en el que irá pasando de la caprichosa Rocío, interpretada por una Maribel Verdú muy favorecida, a la impetuosa Violeta, personaje por el que Ariadna Gil se hizo con el Goya, para después caer rendido a los encantos de Clara, la mayor de las hermanas a la que dio vida Miriam Díaz- Aroca y, finalmente, ceder a las exigencias de la pequeña Luz, papel en el que Penélope Cruz está espléndida construyendo un retrato muy fiel de la inocencia adolescente y su belleza en su manifestación más pura.

Mención especial merece Fernando Fernán Gómez  en el papel de Manolo, cuya personalidad y ocurrencias nos mantendrán con una sonrisa de oreja a oreja durante toda la película. Frases como “El seminarista no ha cogido el tren y se ha venido aquí siguiendo el olor del coño de mis hijas” o aquella en una conversación con Fernando en la que el viejo asegura que solo se empalma con su mujer y que por ello es incapaz de hacer el amor con otra son memorables, pero también esas en las que el viejo alude a ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann para tratar de hacer ver al joven soldado que lo que siente hacia una de sus hijas no es amor, sino que es producto de uno de los aspectos innegables de nuestra condición humana, el deseo.

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Porque esa es otra. El erotismo, el deseo, la gula, la música, la diversión, los sentimientos provocados por el contacto con la naturaleza, la belleza… En ningún momento se perciben como cuestiones que haya que reprimir o moderar por razones  políticas y religiosas, pues son producto de la condición humana misma y como tales no pueden sujetarse a dogmas ni prejuicios. La mujer de Manolo, Amalia, adora a su esposo y a sus hijas, pero se acuesta con su representante cuando le viene en gana, lo que a Manolo no parece importarle demasiado porque sabe que es a él a quien ella quiere realmente, aunque trate de hacerle creer al acompañante de su mujer que en realidad él es el dueño del corazón de Amalia. El cura no se priva tampoco de placeres y disfruta sentándose a la mesa con la familia de Manolo cada vez que cocina Fernando, dispuesto a hartarse de buena comida y buen vino. Fernando le cuenta a Manolo que ha “copulado” con sus hijas sin que este se moleste lo más mínimo y el hecho de que Violeta sea lesbiana y disfrute travistiéndose se sabe, se intuye, pero en ningún momento esto genera reproches por parte de sus conocidos o allegados. El único personaje que parece luchar por reprimir sus impulsos es el novio de Rocío, Juanito, que, a pesar de ser monárquico y devoto de la iglesia católica, no dudará en renunciar a sus creencias y hacerse republicano para responder a los caprichos de su amada. 

Por tanto, a lo largo de todos estos acontecimientos Fernando hará un paréntesis en su vida para introducirse en un ambiente bucólico, hedonista, libertino y evasivo del que, por supuesto, también irá disfrutando a su vez el espectador. Un paréntesis que comienza con un fallecimiento trágico tintado de humor negro y termina con otra muerte aun más trágica, con el compromiso de Fernando y con la soledad de Manolo tras la marcha de sus hijas. La escena protagonista de ese final, el coche de caballos alejándose, está cargada de melancolía y nos dice que la felicidad ha llegado a su fin, tanto para los personajes como para la España de ese momento y, por supuesto, también para el espectador, que deberá asistir sin remedio al fundido en negro de la pantalla y volver al mundo que tan a menudo le obliga a aparcar el placer.

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En el desarrollo de ese paréntesis hay que destacar la maestría en el manejo de la cámara, la hermosura de las fotografías, inspiradas en Une partie de campagne de Jean Renoir y en los cuadros del padre de dicho cineasta, el impresionista Pierre – Auguste Renoir, así como la voz de Mary Carmen Ramírez que concuerda a la perfección con el paisaje de la obra y es capaz de llenar, en solo una zarzuela, una pantalla entera, la casa entera del espectador. Todo ello sin olvidar, por supuesto, el ingenioso guión y la estructura narrativa tan bien armada.

En definitiva, Belle Époque me parece una obra maravillosa, una joya del cine español merecedora del BAFTA, el Oscar y los Goya que recibió y de más aun, si cabe. Capaz de transmitir melancolía y felicidad al mismo tiempo, de llenar los sentidos y de hacer realidad los sueños libertinos de uno. Con ella, con esta crítica y con la siguiente reflexión breve que propongo a continuación, quiero reivindicar la capacidad, tan característica del séptimo arte, de exaltar la belleza de la vida  y quisiera, además, gritar con toda la intensidad que me permitan los dedos, ya que es imposible alzar la voz por aquí, que para escapar a las puñaladas del mundo moderno y para reivindicar sus contradicciones no hace falta recurrir a lo soez, a la grosería, a lo superfluo o a la simplicidad porque son estas, precisamente, las armas de las que se vale la modernidad  para ahogar la belleza intrínseca en este mundo incomprensible.

3 COMENTARIOS

  1. RT @35milimetross: @pilareos nos habla de la belleza intrínseca en la evasión a partir de Bélle Époque, un filme de Fernando Trueba.
    https…

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