
Título original: Barrio triste
Año: 2025
Duración: 88 min.
País: Colombia
Dirección: Matías Vásquez ‘Stillz’
Guion: Matías Vásquez
Reparto: Juan Pablo Baena, Samuel Velázquez, Tomas Tinoco Higuita, Bryan Erlin Garcia, Samuel Andres Celis, Brahian Acevedo, Samuel Ruiz, Estiven Salazar, Jose Arley Marin Gonzalez, Jorge Cano, Joan Casas, David Gañan, Luz Amparo González
Música: Arca
Fotografía: Matías Vásquez
Género: Drama. Drama social. Cine experimental
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El artista colombiano-estadounidense Matías Vásquez, más conocido con el seudónimo de Stillz, la mente detrás de videoclips de artistas como Rosalía, Katy Perry, Lil Nas X o Rauw Alejandro, y el director creativo predilecto de Bad Bunny, incurre en el largometraje con Barrio triste. En su ópera prima, Stillz secuestra al espectador en un paseo por las barriadas de la Medellín de los 80 para arrastrarlo en un claustrofóbico viaje en el que realidad y ciencia ficción se dan la mano en un delirante viaje.
La cámara, que es robada de manos de un reportero por unos jóvenes conflictivos, se convierte desde ese momento en el personaje principal de la trama. Este planteamiento estético, aunque cargado de intención, degenera en un confuso experimento con el transcurso de los minutos. La ausencia de un protagonista claro entorpece la empatía del espectador.
Lo que quizá en ciertas tramas convencionales habría resultado novedoso, disruptivo incluso, no es aquí más que un elemento de distracción que obstaculiza el desenlace, como si el propio director fuese improvisando sobre la marcha sin más dirección que lo que la cámara decide mostrar. El público no sabe con quién sufrir, a quién llorar u odiar, y aunque en la cinta se adivina un mensaje potente, la peculiar realización hace que cualquier pretensión se pierda durante el camino entre la pantalla y el espectador.
La película, que rompe con las estructuras tradicionales para mostrar la supervivencia de un grupo de jóvenes en un Medellín hostil, juega en todo momento con la percepción del espectador. Lo que a priori se antoja una película quinqui pandillera se convierte, conforme avanza la cinta, en una propuesta de difícil clasificación. Y quizá el problema de Barrio triste sea, precisamente, la discordancia temático-técnica. Quizá la esencia de la película -la violencia pandillera en Colombia, la precariedad y la dejadez de un sistema que atribuye las desapariciones de sus ciudadanos a abducciones alienígenas- sea, por sí misma, demasiado sólida como para pretender enfocarla desde el alarde creativo de Stillz.
Su propuesta, que cuesta separar del videoarte, adolece de una conexión emocional con el espectador. Lo que podría haber sido el punto fuerte de la cinta, esas conversaciones vis a vis con la cámara a modo de entrevistas íntimas, se queda en un mosaico de testimonios más cercano al reportaje que a la ficción. Este recurso, aunque sugerente como punto de partida, intensifica el anonimato y despersonalización que lastran a la película.
Por otro lado, quizá lo más sobresaliente de Barrio triste sea su afán de contraste. Su apuesta por ese estilo de reportaje -en apariencia afincado a la realidad- de pronto se ve catapultada cuando la cámara empieza a capturar escenas propias del mundo onírico. La fotografía es envolvente, atractiva y funcional, pero el público pierde la noción de la realidad hasta el punto de que la única constante en la trama es la expectación por entender a dónde quiere llegar el director. Esta confusión se ve acrecentada, si cabe, por un diseño sonoro tan dispar como las propias secuencias, algo que funciona para aumentar la incomodidad y para anhelar los silencios, escasos durante todo el metraje.
Por todo lo dicho, lo más reseñable de Barrio triste es su valentía, su coraje para escapar de lo convencional. El resultado es una cinta singular, una propuesta cercana al videoarte que destaca por la meticulosidad de sus planos y la puesta en escena (lo mejor del film). El resto es un amasijo de pretensiones que no terminan de funcionar.


