Niko Roa: «Reducir la Historia a propaganda o exaltación impide entenderla en profundidad.»

Niko Roa (Burgos 1961) es escritor, guionista y divulgador cultural. Con una carrera que abarca más de tres décadas, Roa ha rodado documentales en más de treinta países, abordando temas de historia, antropología y geopolítica con un enfoque riguroso, pero combinando la investigación histórica con la narrativa audiovisual.

Entre sus proyectos más recientes destaca América Hispana. El legado de las olas, una película documental en la que Roa firma el guion y que toma la ciudad colombiana de Cartagena de Indias como epicentro de los procesos de descubrimiento, conquista, evangelización y civilización en América.

En esta entrevista, Niko Roa nos cuenta cómo aborda la historia desde el guion, los retos de condensar tres siglos de historia en una sola película, además de reflexionar sobre figuras históricas como Blas de Lezo o Francis Drake y la importancia de despertar en el espectador curiosidad y reflexión crítica.

P: ¿De donde nace la idea de realizar América Hispana: El Legado de las Olas?

NIKO ROA: Bueno, lo primero es que yo dejo el producto como una película documental, aunque por el metraje y la cantidad de recursos podría considerarse más una película al uso. Para esta producción empleamos cerca de ciento cincuenta personas, con todo el departamento de vestuario, maquillaje, peluquería y arte. Por eso, en términos de producción, se asemeja mucho a una película. Sin embargo, tiene la voz en off de un narrador, entrevistas a estudiosos y eruditos, y ese componente lo sitúa también dentro del formato documental.

La película surge porque Javier Linares, director y productor ejecutivo, que lleva más de treinta años trabajando en documentales y ha realizado más de seiscientas películas, estaba rodando un documental de antropología en Colombia sobre los indígenas arahuacos de la Sierra Nevada de Santa Marta. Entonces se le ocurrió aprovechar la oportunidad de abordar la historia del país, y me reclutó a mí. Nos conocemos desde hace muchos años, somos amigos íntimos y él sabía de mi pasión por la historia.

Me dio libertad absoluta para escribir el guion, y mi trabajo consistió en hacer una síntesis porque, evidentemente, no se puede contar todo. Por eso llamamos a la película América Hispana: El legado de las olas, porque Cartagena funciona como paradigma de los procesos de descubrimiento, conquista, evangelización y civilización que se dieron en toda América durante el periodo colonial español.

En Cartagena se reúnen todos estos elementos: desde las civilizaciones precolombinas, que en la bahía no eran tan grandes como los aztecas, incas o mayas, hasta la llegada de los conquistadores, como Pedro de Heredia, un madrileño que huye de la justicia en España tras duelos a capa y espada. Aparece la india Capalinda, que recuerda a La Malinche, y otros personajes que atraviesan la película.

Tenemos los ataques piráticos y de corsarios, como los de Francis Drake, o franceses como el Barón de Pointis. También hay un personaje fundamental en términos humanitarios: el padre San Pedro Claver, de los jesuitas, que se dedicó a los esclavos que llegaban al puerto de Cartagena, el principal puerto negrero de la América española. Él bajaba a las centinas, llenas de pestilencia, donde los esclavos llegaban en condiciones terribles, y les proporcionaba cuidados, consolaba y curaba a quienes sobrevivían a un viaje que podía costar la vida a entre el 25 y el 30 % de ellos.

Después están los ataques ingleses y la batalla de Blas de Lezo en 1741. Blas de Lezo es un personaje con tantos perfiles que merecería un monográfico solo sobre él. La derrota de los ingleses en Cartagena fue su mayor derrota hasta 200 años después, en Singapur frente a los japoneses, y su relevancia histórica es enorme, aunque los ingleses intentaron minimizarla. Luego se aborda la independencia de las repúblicas americanas y demás episodios, siempre haciendo un trabajo de síntesis.

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Niko Roa, durante una intervención en ‘América Hispana: El legado de las olas’ (Imagen: Volcán Entertaiment)

P: ¿Cuál fue el mayor reto de condensar tres siglos de historia en un solo documental? ¿Cómo consigue mantener el rigor académico sin sacrificar el ritmo narrativo?

NR:  Hemos tenido que hacer un trabajo de síntesis, porque hay muchos capítulos. Por ejemplo, Pedro Claver precisaría una película para él solo; Pedro de Heredia, tres cuartas de lo mismo; y Blas de Lezo, igual. Hacer es un trabajo de síntesis que es un poco doloroso, porque a veces tienes que intercambiar y quitar frases y piensas: “Caramba, esto podríamos contarlo, pero no tenemos tiempo”. Entonces es un ejercicio de afeitado, y eso es quizá lo más complicado. Pero cuando te gusta la historia y eres versado en la materia, te va saliendo de forma fluida.

Además, está compensado con instantes musicales bellos y con planos muy buenos. Es fluido porque las dramatizaciones hacen que el documental no sea pesado, sino que estemos asistiendo a cómo se produce una batalla o un saqueo, por ejemplo. Así conseguimos que todo resulte ágil, y parte del guion queda compensado con la imagen y con las recreaciones.

P: ¿Cómo fue el proceso de investigación y documentación previo a la escritura del guion? ¿Partió de una hipótesis clara o el enfoque fue evolucionando?

NR: Yo sabía algo de la historia de Cartagena cuando Linares me reclutó. Al menos el capítulo de la batalla de 1741. La batalla de Blas de Lezo, también conocida como la Guerra del Asiento o la Guerra de la Oreja de Jenkins. Ese capítulo lo conocía más o menos.

Luego, una vez que nos ponemos en harina y empezamos a trabajar juntos, yo lo que hago es hacerme con un corpus literario en diversos sitios. Me voy al Museo de América de Madrid, que tiene una biblioteca fabulosa; voy a la Biblioteca Nacional y, a base de investigar, me hice con una bibliografía muy surtida, amplia, buena y variada.

A partir de ahí, es leer y leer, sacar notas y hacer un esquema: esto, esto y esto; lo vamos a estructurar en cinco puntos, etcétera. Luego, las entrevistas ayudan a redondear. La opinión de los expertos contribuye a conformar y perfeccionar lo que tú estás contando en el guion. Hay cosas que no cuentas porque ya las está explicando el entrevistado. En ese sentido, también ahorras. Yo el guion lo tenía escrito antes de realizar las entrevistas; no obstante, una vez hechas, ves que esto ya lo cuenta tal persona, así que decides no incluirlo en el texto. Aunque el guion estuviera escrito, lo vas seleccionando y ajustando.

Al final es leer, leer, sacar notas y, a partir de ahí, si te gusta la escritura y se te da con cierta soltura, le vas dando forma literaria y lo vas haciendo bonito.

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Fotograma de ‘América Hispana: El legado de las olas’ (Imagen: Volcán Entertaiment)

P: ¿Qué le fascina especialmente de figuras como Blas de Lezo, Pedro de Heredia o Francis Drake?

NR: Bueno, son personajes de talla universal. Francis Drake es quien manda la reina Isabel I de Inglaterra contra la Armada Invencible. Drake saquea puertos de América como El Callao y Valparaíso, y más tarde comanda la llamada Contraarmada inglesa para destruir lo que quedaba de la Armada española.

Pretendía incluso arrebatar Portugal a la Monarquía Hispánica, pero sufrió derrotas en La Coruña, Lisboa y en las islas Azores. Es un personaje que, en Inglaterra, es un mito absoluto. El saqueo de Cartagena de Indias lo hizo inmensamente rico. En sí mismo tiene una entidad histórica enorme.

Por su parte, Blas de Lezo pasa en Cartagena los últimos meses de su vida, pero su trayectoria militar es impresionante. Buena muestra de ello son las mutilaciones que presentaba en su cuerpo: le faltaba una pierna, tenía un brazo tullido y había perdido un ojo. Lo llamaban “Mediohombre”. Había combatido en el Mediterráneo durante la Guerra de Sucesión Española; era, en definitiva, un soldado en estado puro.

Cuando los ingleses supieron que Blas de Lezo estaba en Cartagena y creyeron que, con solo entrar en la bahía, ya habían tomado la ciudad, llegaron incluso a acuñar medallas conmemorativas en Londres y a celebrar con fuegos artificiales la supuesta derrota de un soldado formidable. La sorpresa vino después, con la derrota ante los muros del castillo de San Felipe de Barajas.

Y así ocurre con todos los personajes que confluyen en la historia de Cartagena de Indias. Pedro de Heredia, por ejemplo, madrileño que huye de las calles de Madrid porque lo buscan por duelos a capa y espada, marcha al Nuevo Mundo y allí se convierte en adelantado y gobernador de una de las bahías más importantes de la América española.

Pero también está lo que podríamos llamar la intrahistoria: personajes anónimos que no han pasado a los libros por su nombre y apellido. Los esclavos que llegaban allí, quienes sufrieron la Inquisición, los habitantes que levantaron la ciudad día a día. Gracias a todos ellos, Cartagena pasó de ser una pequeña aldea de cabañas de madera a convertirse en la hermosa ciudad que es hoy, Patrimonio de la Humanidad, destino de cruceros que llegan para visitar sus murallas, el castillo, la catedral de Santa Catalina, el santuario de San Pedro Claver o su callejero, que recuerda tanto a Andalucía. Esa es la tarea diaria y silenciosa de tantos cartageneros que no figuran en los libros de historia, pero que fueron fundamentales para forjar la ciudad.

P: ¿Cómo construye el perfil humano de estos personajes sin caer en la mitificación?

NR: Bueno, leyendo sus biografías y contextualizando su obra y su trayectoria, los personajes adquieren una enorme profundidad. Por ejemplo, Blas de Lezo muere en Cartagena pocos meses después de la batalla, y muere solo y denostado injustamente por el virrey Sebastián de Eslava, con quien mantuvo una relación pésima a raíz de lo ocurrido durante el asedio. Hay que pensar que uno era vasco y el otro navarro: dos caracteres fuertes, dos militares que se encuentran en una situación crítica, al borde de la derrota, y cuyo enfrentamiento personal termina marcando el relato posterior.

Uno se imagina a un Blas de Lezo mutilado por las batallas frente a un virrey que encarna la máxima autoridad del Virreinato de Nueva Granada. Ese choque entre el soldado en estado puro y el representante del poder político da una enorme riqueza dramática al relato.

Sabemos que Blas de Lezo murió prácticamente olvidado y que, de no haber fallecido de forma tan temprana, quizá el rey Felipe V lo habría llamado a capítulo e incluso amonestado, pese a la victoria. Años después, sería Carlos III quien rehabilitaría su memoria ante la Historia.

Son personajes llenos de matices. El problema es que no tienes metraje suficiente para contarlo todo. Entonces tienes que hacer un auténtico encaje de bolillos: crear la atmósfera, sugerir lo que podía estar pasando por la cabeza de los protagonistas y dar apenas unas pinceladas. Pero, por exigencias del metraje, estás obligado a avanzar a saltos, seleccionando lo esencial y confiando en que la fuerza de los personajes complete lo que no puedes narrar con detalle.

P: ¿Qué aspectos del legado hispanoamericano considera que han sido más tergiversados por la historiografía? ¿La “leyenda negra” sigue influyendo en la percepción internacional de la historia española?

NR: En el documental participa como voz erudita Elvira Roca Barea, autora de un libro imprescindible, Imperiofobia y leyenda negra, donde analiza críticamente ese fenómeno historiográfico. Personalmente, como amante de la historia de España y, modestamente, conocedor de su trayectoria en América, no me adhiero a la Leyenda Negra. Tampoco compro de forma ingenua una supuesta “Leyenda Rosa” que niegue cualquier aspecto problemático del pasado. La historia, como cualquier proceso humano, tiene luces y sombras, y me interesa con todos sus matices.

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Fotograma de ‘América Hispana: El legado de las olas’ (Imagen: Volcán Entertaiment)

Es cierto que el Imperio español dejó una profunda huella institucional y cultural: fundación de ciudades, universidades, hospitales y una compleja administración virreinal. También es cierto que el mestizaje fue un rasgo distintivo del mundo hispanoamericano, fruto de relaciones sociales, culturales y familiares que configuraron una identidad propia en gran parte del continente.

Ahora bien, las comparaciones entre imperios —español, francés o británico— deben hacerse con rigor y contexto. Todos desarrollaron estructuras de dominación, todos participaron en dinámicas extractivas y todos dejaron herencias complejas, tanto positivas como conflictivas. La colonización europea en América, África, Asia u Oceanía tuvo consecuencias profundas para las poblaciones originarias, y los procesos históricos no pueden simplificarse en categorías absolutas de “civilizador” o “depredador”.

En el caso hispánico, ciudades como Cartagena de Indias, Puebla, San Juan, Santiago de Cuba o Lima son hoy Patrimonio de la Humanidad y testimonio de una arquitectura y un urbanismo duraderos. También lo son espacios como el Castillo de San Felipe de Barajas.

Por otro lado, instituciones culturales en España conservan piezas procedentes del periodo virreinal, aunque el debate sobre patrimonio, expolio, circulación de bienes culturales y memoria histórica sigue plenamente vigente en el ámbito académico internacional.

En definitiva, la cuestión no es negar ni idealizar, sino comprender. La historia de España en América fue un proceso de enorme complejidad: hubo construcción institucional, intercambio cultural y mestizaje, pero también conflictos, desigualdades y episodios de violencia. Reducirla a propaganda o a exaltación acrítica impide entenderla en toda su profundidad.

P: ¿Qué paralelismos encuentra entre los grandes imperios del pasado y la situación geopolítica actual?

NR:  Esa es una pregunta para nota, desde luego. Es evidente que, a lo largo de la historia, las potencias hegemónicas han actuado movidas por intereses estratégicos, económicos o de seguridad. Lo que cambia muchas veces no es tanto el fondo como el lenguaje con el que se justifican esas acciones. Hoy se habla de “defensa preventiva”, “estabilidad regional”, “lucha contra el terrorismo” o “protección de los derechos humanos”; en otros siglos se hablaba de evangelización, equilibrio de poder o razón de Estado.

Eso no significa que todos los contextos sean idénticos ni que todas las intervenciones respondan a los mismos patrones, pero sí que existe una constante histórica: los Estados poderosos tienden a proyectar su influencia —política, militar o económica— más allá de sus fronteras cuando consideran que sus intereses están en juego.

Las guerras del pasado y los conflictos actuales, ya sea en Ucrania, en Oriente Próximo o en otras regiones, muestran que las tensiones por territorio, recursos, seguridad o hegemonía siguen siendo factores determinantes. Cambian las tecnologías —hoy hablamos de misiles de precisión o drones en lugar de galeones y cañones— y cambian los marcos jurídicos internacionales, pero la lógica del poder continúa siendo un elemento central en las relaciones internacionales.

Al final, como bien apuntas, hay una dimensión profundamente humana en todo esto: ambición, miedo, deseo de control, rivalidad. La historia demuestra que esas pulsiones son recurrentes. Lo verdaderamente interesante —y complejo— es analizar cada caso con contexto, sin caer ni en el cinismo absoluto (“todo es lo mismo”) ni en la ingenuidad de pensar que el discurso oficial explica por sí solo lo que ocurre.

P: ¿Considera que en España existe un déficit de divulgación histórica, no solo en cuanto a la Edad Moderna sino también en otras épocas, incluso más recientes?

NR: En España existe un debate recurrente sobre cómo se enseña y se interpreta la historia, especialmente la más reciente. Es verdad que el relato histórico puede verse influido por marcos ideológicos, sensibilidades políticas o contextos culturales. Eso ocurre aquí y en cualquier país: la historia nunca es completamente neutra, porque la escriben personas situadas en su tiempo.

Lo interesante —y ahí apuntas algo clave— es la honestidad intelectual. Reconocer luces y sombras no debilita una identidad histórica; al contrario, la fortalece. Por ejemplo, durante la reconquista de Cartagena de Indias por Pablo Morillo, el asedio fue durísimo y provocó una hambruna devastadora. Ese episodio forma parte de la historia y omitirlo por incomodidad ideológica empobrece el relato.

Lo mismo sucede con la Guerra Civil Española. Es un episodio todavía muy sensible, donde durante décadas cada sector político tendió a enfatizar sus propios agravios y a minimizar o justificar los del contrario. Sin embargo, los hechos documentados —represiones, ejecuciones, violencia en retaguardia en ambos bandos— están estudiados por la historiografía académica. La dificultad no es la ausencia de datos, sino la disposición a integrarlos en un relato complejo sin caer en el maniqueísmo.

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Fotograma de ‘América Hispana: El legado de las olas’ (Imagen: Volcán Entertaiment)

La historia, efectivamente, ha sido utilizada muchas veces como herramienta de poder: quien controla el relato influye en la memoria colectiva. Pero frente al relato está el dato. Y el dato —contrastado, contextualizado y debatido por la comunidad académica— es lo que permite construir una visión más sólida.

También es cierto que en la enseñanza general puede haber carencias de profundidad o exceso de simplificación. Procesos como la expansión americana, las campañas del Gran Capitán o los conflictos en Flandes suelen reducirse a esquemas muy básicos en el ámbito escolar, lo que deja espacio para lecturas simplistas posteriores.

Al final, el reto no es sustituir un relato por otro, sino fomentar una cultura histórica más crítica: aceptar que un país puede haber impulsado instituciones, ciudades y marcos culturales duraderos, y al mismo tiempo haber protagonizado episodios de violencia, explotación o represión. La madurez histórica consiste precisamente en sostener ambas cosas a la vez, sin propaganda y sin negacionismo.

P: ¿Qué espera que el espectador contemporáneo descubra tras ver la película?

NR: Yo espero que, si existe algún déficit de cultura histórica, al menos una parte de lo que fue la obra de España en América pueda valorarse en su justa medida. Si logramos estimular la curiosidad del espectador, que busque información adicional, que contraste, que lea más, que profundice… y, sobre todo, suscitarle un amor por la historia —por la historia de su país, con toda su complejidad—, habremos conseguido mucho.

Apelo a que el espectador vaya al cine y se enfrente a este relato con espíritu crítico. No se trata de aceptar nada de manera acrítica, sino de abrir una puerta. Si alguien sale pensando: “Esto no lo sabía” o “Quiero saber más”, el objetivo estará cumplido. Recuerdo que en Colombia alguien me dijo: “Caramba, creemos que nos han contado mal la historia de nuestro país”.

Solo con provocar esa reflexión, con remover conciencias y despertar curiosidad, ya se ha dado un paso importante. Porque, al final, si conseguimos despertar interés, pensamiento crítico y amor por una historia tan bella y compleja, habremos logrado algo verdaderamente valioso.

P: Después de América Hispana, ¿qué proyecto histórico le gustaría abordar próximamente?

NR: Actualmente, estamos rodando una segunda película sobre la historia de la esclavitud en América, en la que hemos trabajado en España, Colombia y Ghana. Es un tema duro, y parte de lo que no se contó en la primera película lo estamos abordando en esta segunda entrega. Prácticamente hemos terminado el rodaje; de hecho, regresamos de Ghana hace apenas una semana. Una vez que finalicemos este trabajo, es posible que surjan nuevas ofertas desde esa parte del mundo, porque nuestro trabajo allí está teniendo bastante repercusión.

Creo que nos consideran profesionales y rigurosos, así que es de esperar que lleguen más encargos. La verdad es que yo estoy encantado con América. Es un territorio histórico y culturalmente apasionante. Así que, si hay que volver, se vuelve sin dudarlo.