Título Original: Wuthering Heights
Año: 2026
Duración: 136 min.
País: Reino Unido
Dirección: Emerald Fennell
Guion: Emerald Fennell
Novela: Emily Brontë
Reparto: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Shazad Latif, Alison Oliver, Martin Clunes, Ewan Mitchell, Owen Cooper, Vy Nguyen, Charlotte Mellington, Amy Morgan
Música: Charli XCX
Fotografía: Linus Sandgren
Compañías: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos. Lie Still, MRC Film, Luckychap Entertainment.
Distribuidora: Warner Bros
Género: Romance. Drama. Drama de época
Crítica en Letterboxd
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La expectación ante la adaptación de un clásico literario como Cumbres Borrascosas siempre conlleva un riesgo inherente: el de colisionar contra la mitología de una obra que no admite medias tintas. Emerald Fennell, tras consolidarse como una estratega de la provocación visual en Promising Young Woman y Saltburn, aterriza en los páramos de Yorkshire con una propuesta que, desde sus primeros compases, deja claras sus intenciones. No estamos ante una adaptación fiel del tormento de Emily Brontë, sino ante una reinterpretación que prioriza la vibración de la imagen sobre la profundidad del trauma. La directora se toma su tiempo en establecer una atmósfera donde la naturaleza no es solo un escenario, sino un lienzo de una belleza casi irreal, logrando que el espectador se sumerja en una experiencia sensorial de primer orden, donde la luz de Linus Sandgren dignifica cada rincón de la decadencia de los Earnshaw.
Sin embargo, tras una deslumbrante puesta en escena, la película comete un error estructural que desvirtúa la esencia del material original: la amputación radical de la segunda mitad de la novela. Al suprimir la historia de la siguiente generación, Fennell extirpa el sentido mismo de la obra. En el texto de Brontë, la muerte de Catherine es el ecuador de una pesadilla, el verdadero horror reside en cómo el odio de Heathcliff sobrevive a la tumba, convirtiéndose en una herencia maldita para los inocentes. Al eliminar esta progresión, la película se ve obligada a dilatarse artificialmente en el primer acto para justificar su duración, perdiéndose en bucles contemplativos que, aunque bellos, terminan por lastrar el ritmo y convertir el desenlace en una resolución fatigada por el propio peso del cronómetro.
Esta simplificación narrativa corre en paralelo a una sugerente pero cuestionable transformación del tono. Fennell sustituye la oscuridad psicológica y la brutalidad moral por una sexualización explícita que se siente ajena al misticismo gótico. Resulta especialmente llamativo cómo la crueldad sistemática y el maltrato que Heathcliff ejerce sobre su entorno son aquí filtrados a través de una estética de fetiche visual y dinámicas de poder erotizadas. Esta decisión suaviza la verdadera naturaleza del personaje; se nos presenta una perversión estilizada que nos impide ver al auténtico «monstruo» que Brontë describió. La maldad pura, esa que nace del resentimiento social y el alma quebrada, se disuelve en un diseño de producción que busca la provocación estética antes que la incomodidad profunda.

En cuanto al reparto, el resultado es correcto pero carente de la trascendencia que el mito exige. Margot Robbie aporta su magnetismo habitual, construyendo una Catherine vitalista, aunque algo limitada por un guion que prefiere la pose icónica al desarrollo emocional. A su lado, Jacob Elordi ofrece un trabajo sencillo y funcional; posee la apostura física del antihéroe moderno, pero su Heathcliff se siente más como un galán atormentado de editorial de moda que como esa fuerza de la naturaleza, bruta y demoníaca, que debería aterrorizar al espectador. Su interpretación es eficaz, pero palidece ante la falta de una oscuridad real que la dirección parece haber preferido no explorar.
Cabe la posibilidad de que, para aquel espectador que se acerque a este universo por primera vez y sin el bagaje del referente literario, la propuesta de Fennell resulte una experiencia sumamente atractiva, funcionando como puerta de entrada a un clásico que aquí se torna accesible. Sin embargo, para quien acuda buscando la arquitectura completa de la venganza y el eco de ese viento cruel que azota las cumbres, la sensación de vacío parece inevitable. Fennell ha preferido romantizar una trama definida originalmente por su aridez y su violencia moral, simplificando la cronología en favor de una narrativa más convencional y estilizada. Al tomar este camino, se corre el riesgo de olvidar que el verdadero poder de la prosa de Brontë no residía en lo que se podía capturar con la cámara, sino en aquello que era demasiado terrible y salvaje para ser mostrado.


