Título original:On vous croit
Año: 2025
Duración: 78 min.
País: Bélgica
Dirección y guion: Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys
Fotografia: Pépin Struye
Música: Lolita del Pino
Reparto: Myriem Akheddiou, Laurent Capelluto, Natali Broods, Ulysse Goffin, Adèle Pinckaers
Compañía: Makintosh Films
Distribución: Karma Films, Filmin
Género: Drama. Juicio. Thriller.
Crítica en Letterboxd
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Antes de la primera imagen, sobre el fondo negro de los créditos iniciales, se escucha una respiración agitada. Rítmica. Ansiosa. Es la carta de presentación de Alice (Myriem Akheddiou), la madre que ese mismo día se enfrentará a un juicio por la custodia de sus hijos, con su padre (Laurent Capelluto) al otro lado del banquillo. No sin antes forcejear con su hijo para subir a un tranvía que se resiste, filmado con nervio, como si el propio trayecto hacia el tribunal, un mero paso del trámite, ya supusiera un esfuerzo desproporcionado. No solo para ella: también para Étienne (Ulysse Goffin), que huye como si ese tranvía fuera otro formulario más, otra declaración. Los dos chocan con la misma maquinaria, aunque no la miren desde el mismo lugar.

Yo te creo es un drama judicial sobre custodia. La mayor parte de sus 78 minutos de metraje trascurre en el mismo espacio, la sala de declaraciones. Allí, los dos padres, sus abogados y los letrados exponen, por turnos, lo referente a la custodia de Étienne y Lila (Adèle Pinckaers). Estos últimos, pese a ser el centro del conflicto, se encuentran en otro espacio, funcionando como una referencia ausente que presiona sobre las intervenciones, recordando a cada adulto que nada de lo que digan podrá escapar, en últimas, de la incapacidad de comprender lo que han vivido los chicos.
Del mismo modo que Étienne y Lila permanecen fuera del encuadre, la cámara vacila, como si nunca terminara de encontrar el lugar adecuado desde el que mirar. A menudo abandona a quien interviene para detenerse en quien escucha, privilegiando la reacción por encima de la palabra. Esa insistencia en los rostros receptores subraya que lo que se debate allí solo puede captarse de forma indirecta: el verdadero acontecimiento, aquello que remite a la experiencia de sus hijos, es inasible, relegado a esperar en la sala de espera junto con ellos.
La imagen trabaja con una gran proximidad: abundan los planos cerrados y las tomas largas reducen el espacio visible al rostro. Es una imagen directa, a menudo frontal, que construye afectivamente desde la reacción. Así, la figura del padre, por ejemplo, se revela por capas, de una declaración a otra, aunque su imagen se presente una y otra vez en composiciones similares, acumulando matices que lo consolidan como antagonista y sujeto aversivo. Es ahí donde el dispositivo termina por concentrarse en Alice, en su contención, en la tensión de un cuerpo que intenta mantener la compostura mientras todo a su alrededor se descompone.
La elección del formato 4:3 refuerza esa lógica de clausura, pero no como simple decisión estilística que potencie la sensación de encierro —que también—, sino como un mecanismo de concentración de lo visual. Concentración que también opera en el plano sonoro, donde los ruidos mínimos adquieren relieve y densidad; la respiración pesa.
Al sostener los encuadres durante tanto tiempo, descartando la posible actualización hacia un afuera, se da una intensificación de los gestos mínimos, las miradas huidizas, las pausas que preceden a cada respuesta. En esa atmósfera viciada, las emociones se agolpan y la palabra se vuelve insuficiente. Y la cámara, al intentar comprender, se topa con un límite constante: el de la ausencia.
Es en este límite donde los hijos reaparecen como eco. El fuera de campo de los chicos se filtra a través de la madre, convirtiendo su rostro en un terreno de traducción imposible: el lugar desde el que se intenta reconstruir, sin éxito, un horror que nunca se muestra directamente. La película no busca representar ese horror, sino rodearlo, permitir que apenas aflore en la palabra, en el peso insoportable de lo no dicho.
Yo te creo es una olla a presión. Rítmica. Ansiosa. Es coherente y sigue con eficacia las máximas que se impone. Buena ópera prima de Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys. Una lástima, eso sí, el burdo recurso del texto aclaratorio final. Reduce la apertura de la interpretación a una lectura cerrada, unívoca. Pisa, torpemente, la pluralidad de puertas —dígase, de discursos acerca de tipos de violencia estructural— que abren durante el resto de la película.



