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A propósito de Torrente

Antes de ver una sola película de Torrente, ya me había subido a su atracción en la feria. También había conocido a un par de personas que ronqueaban la voz para imitarlo —con mayor o menor éxito— e incluso había visto algún gameplay de uno de sus videojuegos. La salida de la sexta entrega, Torrente Presidente, parecía la excusa perfecta para comprender el fenómeno. Me puse a ello.

Torrente: El brazo tonto de la ley (Segura, 1998) es genial. Hay algo de Taxi driver (Scorsese, 1976), de Teniente corrupto (Ferrara, 1992), del Madrid quinqui, del esperpento berlanguiano, de Ibáñez. Hay algo de El Quijote. Torrente es alguien marginal, apartado, expulsado del cuerpo de policía, guiado únicamente por el delirio febril de patrullar la ciudad. Aunque nadie le haya dado permiso para ello. Él, como el hidalgo de la Mancha, vaga de un lado a otro buscando acabar con el crimen, borracho de —su— idealismo, de una visión distorsionada de la justicia y de España. Siempre acompañado de su fiel escudero, Rafi, quien desde el principio —con su particular versión del «Are you talking to me?» de De Niro— se nos presenta como alguien ensimismado en una realidad diferente a la del resto: la de las pelis de acción, las armas, Schwarzenegger.

La primera entrega es una película de fricciones. Sin ir más lejos, volvamos a Rafi: su devoción absoluta por Torrente favorece la distancia crítica hacia el personaje. Rafi lo adora precisamente por lo que, de forma evidente, no es. En su mirada ingenua, Torrente aparece como un héroe de acción, pero al intentar enmarcarlo dentro del modelo que Rafi le otorga, se desvela claramente su incapacidad de encarnar lo que Rafi espera de él: es un sujeto paródico, grotesco, inmoral.

La propia puesta en escena, en una reinterpretación feísta y desagradable de lo cañí, permite tomar una distancia vital a la hora de no vanagloriar la figura del protagonista. Hay un componente sensorial, como si la película insistiera en ser leída desde el tacto o el olor, que abraza lo repugnante —la suciedad de la casa de Torrente, las manchas en su ropa, sus uñas largas llenas de mugre, la textura del mejunje de sobras que le prepara a su padre— y que refleja, en últimas, lo repugnante de su sistema moral.

También los gags de la película señalan esto de forma evidente, con una estructura muy clara de resolución de lo cómico desde la exageración del propio absurdo: Torrente dice una barbaridad e inmediatamente hay otra aún más chocante que la desactiva. En esa cadena de disparate se genera el contrapunto: no hay identificación posible, solo distancia. Claro ejemplo de ello es la escena en la que defiende ante Rafi que la droga no es mala —«Mira, aquí está la droga. ¿Te hace algo? ¿Te muerde? ¿Te pega? ¿Te araña?»—, pero al aparecer un toxicómano en el bar lo insulta y golpea señalándolo como el problema —«Este. Este es el malo. Esta es la mierda»—, revelando una grieta moral por la que se cuela la comicidad. El humor no justifica el gesto: lo expone, lo deja al descubierto, mostrando la incoherencia que lo define.

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Chus Lampreave, Santiago Segura y Javier Cámara en una escena de ‘Torrente, el brazo tonto de la ley’ (Imagen: Sony Pictures España)

La fricción en Torrente, el brazo tonto de la ley también opera en otro nivel: el histórico. Torrente es el síntoma de un cambio de época, una España que a finales del siglo XX ya no es la suya. Su ideología —rancia, misógina, casposa, deliberadamente franquista— está demodé, como él mismo en esa escena de la discoteca donde se empeña en poner a El Fary en una sala de dance. Un gesto torpe, anacrónico, violento en su nostalgia. Torrente lucha por un país que ya no existe hasta convertirse en un eco del pasado que sólo puede sobrevivir como caricatura.

Torrente 2: Misión en Marbella (Segura, 2001) sigue en gran medida la estela de la primera y capitaliza su éxito, pero introduce un pequeño desvío que condicionará todo lo que viene después. Una vez llega a Marbella, Torrente deja de ser un sujeto que actúa al margen de la ley para convertirse, legítimamente, en detective privado. Ya no sólo opera desde el delirio, como El Quijote, sino que encuentra una forma de introducirse en la sociedad a través de un oficio reconocido, aunque lo ejerza desde la estafa y el engaño. Esa legitimación incipiente no rompe todavía del todo la lógica de la primera película, pero sí marca el inicio de un movimiento progresivo hacia su integración en el tejido social.

Es en la tercera donde todo se va a la mierda. Torrente 3: El protector (Segura, 2005) presenta un vaciado narrativo evidente: la premisa —proteger a una eurodiputada amenazada por una multinacional— presenta a un Torrente ya policía, aceptado dentro de la sociedad con una labor concreta. Está integrado literalmente dentro de un mecanismo institucional. La lógica de las anteriores se difumina por completo. Pierde peso la noción del personaje como receptáculo de burla y pasa a convertirse en “hacedor”, en alguien que opera desde dentro de las instituciones, con una autoridad que ya no se cuestiona del mismo modo.

El punto de ruptura se condensa en un gag muy específico: Torrente llega a casa de su ayudante Josito y abusa sexualmente de su pareja drogodependiente mientras duerme. Aquí el remate cómico se reduce a que se ha manchado los pantalones. No hay contrapunto, no hay segunda barbaridad que devuelva el golpe hacia él. La saga toca su propio límite en este gag. No porque no sea legítimo hacer un chiste acerca de este tema, sino porque la violación no se reinscribe en una lógica que devuelva la violencia hacia el personaje; simplemente cae en el vacío. A partir de ahí, la película —y con ella la saga— queda suspendida en haber cruzado una frontera, relegándose únicamente a la acumulación de excesos. Se agota el dispositivo que hacía que la saga Torrente tuviese sentido.

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Segura y Gabino Diego en ‘Torrente 2: Misión en Marbella’ (Imagen: Lolafilms)

Torrente 4: Lethal Crisis (Segura, 2011) y Torrente 5: Operación Eurovegas (Segura, 2014) radicalizan la deriva: el personaje aparece plenamente integrado en tramas de acción y golpes donde dirige equipos, planes y operaciones. Torrente es capaz de llevar a cabo estrategias complejas, es inteligente y hábil. Como si paulatinamente la saga empezara a enunciarse desde los ojos de Rafi. Asimismo, la puesta en escena abandona el feísmo original para implantar modelos visuales más neutros, más luminosos, más limpios. Incluso el propio Torrente va perdiendo el mal aspecto que tenía en la primera. La comicidad depende cada vez más de los secundarios y de ciertos destellos puntuales —como los personajes de Flo y Carlos Areces en la quinta, quizá lo mejor de esta etapa—, pero ya no sostiene una mirada verdaderamente corrosiva sobre él.

Pensemos por un momento en la quinta entrega. Torrente vuelve, en apariencia, a situarse fuera de los márgenes: es el líder de un atraco, alguien que opera contra el sistema, que organiza un golpe al estilo de las heist movies que parodia. Pero el contexto ya no es el de la primera película, sino un what if distópico: una España futura que ha salido de la Unión Europea y ha vuelto a la peseta, un país en crisis, paranoico y empobrecido. Torrente actúa desde los márgenes, sí, pero esos márgenes forman parte de un escenario tan abiertamente fantasioso que la fricción inicial entre personaje y mundo se diluye. No es que no encaje en el entorno, es que el propio entorno ha sido moldeado para acomodar su exceso.

Lo que queda, entonces, es un personaje que ha pasado de estar fuera de lugar a encajar. De actuar en los márgenes de la ley a convertirse en alguien legitimado, de objeto de burla a ejecutor integrado dentro de estructuras cinematográficas cada vez más cómodas. Y aquí se abre la pregunta que sobrevuela la nueva entrega: en un momento de auge de la ultraderecha, ¿qué implica que Torrente culmine su inserción en los modelos sociales y pueda ocupar las altas esferas del poder sin que nadie parpadee, aceptado sin miramientos?

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Escena de Torrente 3: El protector (Imagen: Universal Pictures España)

En Torrente Presidente todo aquello que, en principio, podría resultar estimulante como gran contrapunto a la primera película se diluye en una comedia sorprendentemente inocua. La idea de partida es fuerte: hoy en día España es un lugar donde Torrente encaja, donde su imaginario franquista y reaccionario encuentra una estructura política a su medida, un partido ultra (Nox) que lo acoge como rostro visible.

Lo que en El brazo tonto de la ley era fricción entre un ente fuera de lugar y un país que lo expulsaba, aquí se plantea como integración total. Torrente ya no patrulla los márgenes, sino los espacios de poder.

Sin embargo, esa potencialidad se resuelve desde un humor blanco, hormiguerificado, que dispara en todas direcciones y, al mismo tiempo, no hiere a nadie en concreto. La película se presenta como una gran sátira de la ultraderecha —Nox como espejo de Vox, con avales paródicos de Trump o Milei— y al mismo tiempo reparte golpes sobre toda la clase política, diluyendo cualquier filo en una equidistancia cómoda y televisiva. Lo que domina la puesta en escena es la lógica del desfile. Son cameos constantes de periodistas, políticos, celebridades, un ecosistema de rostros reconocibles que sostiene el interés de la misma forma que lo sostendría un especial de nochevieja.

Torrente ya no funciona tanto como sujeto de burla sino como icono consolidado, como mascota nacional. La saga, que en sus inicios hacía visible lo inmundo de su sistema moral mediante el feísmo y la fricción, se alinea ahora con su propia mitología de éxito: Torrente Presidente llega rodeada de campañas de promoción calculadas, con anuncios-acontecimiento y una estrategia de misterio que convierte su estreno en evento social más que en gesto cinematográfico. Yo mismo, en el pase de prensa en Barcelona, me descubrí escuchando con frecuencia las palabras “millón de espectadores”, “mejor estreno en años” y “fenómeno de taquilla”, las cuales flotaban en el aire como si hablar de Torrente fuera ya hablar de un parque temático que se abre cada diez años.

Tal vez esa sea la verdadera metamorfosis: Torrente Presidente consuma la integración del personaje en el imaginario social como marca autosuficiente. Torrente deja de ser, definitivamente, el sujeto del que reírse para convertirse en la propia atracción. Como la atracción de feria a la que me subí hace unos años. Y ahora que por fin las he visto todas, sospecho que la atracción era lo único que necesitaba comprender.