A los soldados primerizos

claqueta

Son las dos de la mañana y no sé de qué escribir esta semana. Teóricamente, debería haber publicado mi entrada hace… ¡seis horas!… pero los compromisos familiares y comidas para rellenar tu cuerpo de carne, turrón y marisco tan propias de estas fechas me lo han impedido. Esa es la situación en la que me encuentro cuando miro a mi alrededor en busca de ideas y reparo en mi claqueta. Es una claqueta negra, estándar, la que puedes encontrar en cualquier tienda con un poco de variedad en artículos de cine. Podría ser un típico adorno decorativo para gente que, como yo, disfrutan todas las semanas de una película en el cine.

Pero no, esa claqueta significa otra cosa. Significa que antes de mudarme a Madrid a intentar ganarme la vida de cualquier cosa para sacar tiempo y escribir, yo era un joven iluso e ingenuo que se movía por Sevilla con un montón de gilipolleces en la cabeza pero una idea muy clara: quería dedicarme a esto, o mejor dicho, quería participar de esto. No sabía muy bien cómo, ni qué había que hacer ni nada, pero sí tenía muy claro que contar historias con una cámara era algo que debía perseguir como fuese.

Si ya de por sí sobrevivir del cine es complicado, imaginad lo que es intentar abrirse camino en una pequeña ciudad donde todo el mundo se conoce y (casi) todo lo hacen los mismos. La solución parece inevitable: la autoproducción. Ese es el camino que siguen muchos jóvenes directores hoy en día, que se gastan sus ahorros y lo que no lo son en muchos cortometrajes (y algunos de muy buena calidad) con la esperanza de conseguir llamar la atención de la productora de turno. Algunos incluso van más allá, y se adentran en el suicidio capilar que es sacar adelante un largometraje. Muy pocos lo lograrán finalmente, y es cierto que suelen ser aquellos que más se lo trabajan los que obtienen ese premio.

En esa época empecé a moverme y participé en algunos proyectos de este tipo. No tantos en los que me hubiese gustado participar, pero sí los suficientes como para hacerme una idea de cómo funcionaba aquello. Y los suficientes como para conocer a gente, mucha gente. Gente de todo tipo con una pasión compartida. Es de esa gente de quién me gustaría hablaros hoy. Porque en cierta medida, hablar de cine andaluz y no pararse en ellos sería bastante hipócrita por mi parte.

He conocido a gente que lleva más años que yo tengo dedicándose a esto por pura afición. Lo que ganan (si es que ganan algo) no les da ni mucho menos para sobrevivir. Compaginan trabajos con proyectos y sacan tiempo de donde no lo tienen para aportar su pequeño granito de arena a ideas ajenas sin esperar casi nada a cambio. Gente rodando a las cinco de la mañana en pleno invierno en el puente del Quinto Centenario teniendo que entrar a trabajar a las ocho de la mañana del día siguiente. Personas echando una mano en labores que no les competen porque les sale de forma natural. Profesionales cediendo su propio equipo para que el proyecto tenga la mejor calidad posible… y casi siempre sin cobrar más que un ‘gracias’, en el mejor de los casos.

Se habla muy poco de esta gente. Por suerte, esto está cambiando y la red 2.0 está encontrando su espacio para dar voz a todos estos proyectos. Cada vez son más las personas que obtienen su oportunidad a raíz de su constante esfuerzo y visibilidad con sus trabajos. Desde este humilde rincón quiero dar ánimos a todos aquellos que como yo hace unos años emprenden hoy su camino cargados de toneladas de ilusión, muy pocos recursos y muchas ganas. Para ellos van mis felicitaciones navideñas… porque hoy no se ven, pero dentro de unos años algunos estarán recogiendo Goyas recordando aquellas tardes en la Alameda.

¡Feliz año a todos!