Martini con Liria (XI): #YoTampoco (Caso Weinstein)

El gran bombazo internacional de Hollywood de 2017 no fue una película, ni un director, ni una interpretación; ni siquiera un fallecimiento. Se trata de la más que conocida polémica de chantajes sexuales y violaciones por el productor Harvey Weinstein durante más de veinte años a diversas caras conocidas de la industria, que por aquel entonces empezaban su carrera. Si querías un buen papel y asegurar tu futuro en el cine, el cásting no era en un estudio bajo la supervisión del director, sino que la perpetraba un cerdo en la suite de un hotel.

La unión de las víctimas, de grandes caras conocidas de Hollywood y de la sociedad en señal de repudio y defensa de las primeras fue abanderado bajo el nombre (y hashtag) #MeToo (#YoTambién), alentando a las víctimas de Weinstein a no callar su desagradable experiencia con el productor, alzándose y exigir entre todas la justicia merecida al violador.

Recientemente ha saltado la polémica de que Asia Argento, actriz y una de las caras más visibles del movimiento #Metoo junto con Rose McGowan, habría silenciado a un joven actor para que éste no revelara un encuentro sexual entre ambos cuando el chico sólo tenía 17 años (la ley en California dictamina que la edad mínima de sexo consentido son 18 años).

Asia Argento y Rose McGowan en una marcha por la mujer en Roma.

Les seré sincero. Ni soy juez, ni estadounidense, ni actor. No voy a surtir mi opinión en esta reciente polémica (no hay que ser muy listo para darse cuenta de quién chantajea a quién en esta situación, les invito a escarbar en las últimas noticias sobre el caso). No, hoy no vengo a hablar de Argento. Esta noticia ha sido el detonante que me ha despertado de un letargo autimpuesto sobre una opinión formada y razonada que elaboré en su momento; sobre la hipocresía exacerbada del movimiento #MeToo en sí mismo.

Mi problema con el #MeToo radica en su génesis. Vamos a asentar unas bases antes de mi discurso, no vaya a ser que se me malinterprete. Si se me malinterpretara sería mi culpa por no haberme explicado lo suficientemente claro, de hecho. El movimiento #MeToo es necesario. Es sano. Es fundacional. Es inevitable. Era, es y será irreversible. Que a una industria tan falocentrista y machista como es Hollywood irrumpa una ola feminista con un mensaje claro, directo y con una fuerza arrolladora es como un torniquete en una hemorragia. Las víctimas, las actrices, las verdaderas protagonistas (que a más de uno se le olvida) son las más damnificadas en toda esta situación y, sin embargo, las menos alabadas.

Es casi imposible que unos actos como los de Weinstein no ocurran. La borrachera de poder enferma cada cierto tiempo a elementos así; les nubla la vista sobre la realidad, creen estar por encima del bien y el mal, de su propio negocio incluso. Si bien quizás (sólo quizás, dado el sistema patriarcal en el que aún vivimos) no son evitables, sí son del todo censurables y susceptibles de castigo (actos que además, en un futuro, sí podrían frenar una segunda vez). No podemos exigir a una joven de 18 años, que ha sido chantajeada, vejada y utilizada con fines sexuales no consentidos a que desvele todo. Se siente débil, cohibida, amenazada (las agresiones, abusos y violaciones venían acompañadas de pactos de silencio con incluso amenazas de muerte). No, y aquí radica el problema de muchos, la víctima no tiene culpa. Por ello, el movimiento #MeToo como alzamiento de ellas, de las sufridoras, es un derecho intrínseco. Inamovible.

Dicho lo cual, hay un lado oculto en el fenómeno. A él, como es comprensible, se adhieren no sólo las víctimas y la sociedad (que engulle rápido y mal toda la información a través del embudo de los medios de comunicación y redes sociales). También se une la industria: directores, productores, actrices, actores, equipo técnico. Y es aquí donde el embudo rebosa de la hipocresía que ellos mismos producen y consumen.

La premisa es la siguiente: los delitos de Harvey Weinstein, lejos de ser algo oscuro y secreto que nadie absolutamente conocía (este es el mensaje lanzado por Hollywood desde que se supo el caso del productor o Kevin Spacey) es totalmente FALSO. En el 90% de la industria, si quizás no conocían los detalles, sí eran sabidas de sobra las deleznables prácticas de Weinstein. Todos sabían que era un baboso que se aprovechaba de su status quo para conseguir lo que se le antojara, usando la extorsión, el chantaje y la amenaza como armas de silencio.

Toda la industria calló. Toda. Nadie, ni por un momento, se llegó a plantear alzar la voz, sacrificar su silencio por, quién sabe si, salvar del trauma y la amarga experiencia a una mujer más. Unirse en contra de la hidra cuando esta era aún un secreto a voces. No, fueron ellas, las víctimas, las guerreras, las que alzaron la voz y asestaron un cachetón sin mano a los fósiles hipócritas de la industria. Y cuando hablo de la industria, hablo de ídolos a los que yo mismo admiro: Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, a cuyas novias acosó Weinstein y, cobardes temerosos por perder sus carreras, ni se inmutaron; Ben Affleck y Mark Wahlberg silenciando a víctimas de su productor para que sus trayectorias no se vieran damnificadas. Y en esta extensa lista también entran mujeres como Meryl Streep, una de las visibles caras que taparon y negaron conocer nada sobre el escándalo de su buen amigo Weinstein.

Harvey Weinstein y Meryl Streep en una gala.

Hollywood se atribuyó el evento, hizo suyo el movimiento que era de ellas. Salieron adelante como si todos hubieran sido las víctimas. Usaron el sufrimiento y traumas de las víctimas como marketing barato y chapucero, escondiendo su propia sin razón y laissez-faire partidista y servil. Es por eso que, cada vez que leo o escucho a la industria que habla con orgullo de cómo han salido victoriosos de esta guerra, me revuelvo en mí mismo y maldigo la falta de moral, ética y crítica con la que tapan la máquina de dinero. ¿Qué tal si dejamos el lema #YoTambién a las víctimas y comienzan ustedes a usar el de #YoTampoco (yo tampoco hablé cuando podía y debía)?

Porque, como le dijo Rorschach al Dr. Manhattan: “Un cadáver más entre los cimientos es irrelevante, ¿no?”

 

Epílogo:

Te aconsejo que veas este vídeo que adjunto. En él, Seth McFarlane bromea sobre que, la actriz que gane el Óscar, no deberá pretender más que es atractiva a Harvey Weinstein. Lejos de la conocida satírica del creador de Padre de Familia, atiende bien a las risas nerviosas culpables de los asistentes y a la cara de estupefacción de su compañera presentadora, Emma Stone.