Veintiuna puñaladas culturales

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Pensando en Alejandría y en toda la sustancia humana que desapareció en sus depósitos, he sabido de un informe descorazonador de la Fundación Alternativas. Dice que una de cada tres producciones españolas no llegaron a proyectarse el pasado año, lo que ha abierto una herida física en este articulista, porque el venenoso 21% de IVA cultural ha logrado enfermar la parte más noble de nuestra España. Hundirle un par de clavos aquí y allá no completaría más el Cristo. Si la historia no pudo perdonar a los incendiarios de César, ¿cómo perdonaremos nosotros a los incendiarios que presiden el Congreso, se burlan de las artes y viven para calentar un escaño y engordar un poco más a lomos de la Constitución? Como quiera que sea, 21% de IVA cultural, ministros pentamileuristas y cineastas en la mendicidad.

No quisiera alimentar esa desafortunada tendencia a censurar y patalear, como niños o ingratos, la tierra de nuestros padres. Pero ya no vivimos en esa tierra de promisión que conocieron Lope y Espronceda. Quien hoy siembra esfuerzo y dedicación no cosecha más que penurias y sinsabores. Se habla de la quema de libros como de una salvajada prehistórica y superada, pero ¿qué son estos tributos estatales sino una moderna gasolina que incendia nuestras artes y calcina a sus artistas? Como quiera que sea, 21% de IVA cultural, ministros pentamileuristas y cineastas en la mendicidad.

Se ha dicho que las dificultades endurecen y templan a los hombres, pero el porcentaje que tributan nuestros apolos no pretende ser una fragua ni una piedra de toque que descubra el metal fino, sino que es el óxido que lo corroe, lo debilita y lo hace digno compañero de la escoria.

He podido saber por el anglófilo Gaizka Núñez Beltza que el VAT de nuestros vecinos británicos es muchísimo más flexible y razonable que el IVA. Tanto la literatura como el resto de manifestaciones culturales están exentos de impuestos —obsérvese que no se les reduce, como sí ocurre en España con los restaurantes y bares (10%), sino que carecen por completo de VAT—. Uno pensaría que es la diferencia de situación y de problemática lo que determina estos contrastes, pero no: es la diferencia de corazón y de calidad humana lo que distingue a estos tiranos de aquellos justos.

No puedo pensar en este tributo de sangre, que lastra a nuestra cultura, descuartiza a sus musas y reseca las fuentes del arte, sin conmoverme hasta la médula. ¿Qué país es este que engrasamos con nuestro sudor y que a cambio nos ata las alas con gomillas? Si pudiera hablarle directamente a España, y no a un títere de partido, la cogería entre mis brazos y le diría: «Te sigo amando, pero, ay, mira cómo maltratas a mis hermanos y avergüénzate. 46 millones de brazos se desviven por ti, ¿por qué los retuerces?». Y como quiera que sea, 21% de IVA cultural, ministros pentamileuristas y cineastas en la mendicidad.

No hace mucho compartí asiento con un hombre bastante provinciano, de esos que conversan a voces, se suenan sin pañuelo y huelen a cuero y tela desgastada. Era matarife, pero había trabajado en otoño como pastor para un fulano en Las Rozas. Este fulano le debía cinco semanas de faena: «Yo le voy a seguí azuzando, a ver qué saco», me dijo, y empezó a cortarse una barra de pan sobre el muslo. «Pero como no nos entendamos, tiro de navaja con tres borregos suyos y en paz». No seré yo quien apoye estos métodos, pero mi compañero de asiento tenía familia, tenía honor, y aunque las leyes humanas puedan condenarle por «tirar de navaja», no así las leyes divinas.

¿Cuántos hombres y naciones han asegurado su libertad tirando de navaja? ¿Cuántos de vosotros, lectores, compatriotas, amigos, cuántos tuvisteis que saltar los dientes al matón de turno para vivir sin miedo? No digo yo que debamos dar soluciones extremas a situaciones extremas, pero si se restableciera la horca, tenedlo claro: estas manos serían las últimas en aplaudir pero las primeras en formar el nudo que estrangule estas injusticias. Como sea, 21% de IVA cultural, ministros pentamileuristas y cineastas en la mendicidad.

¿Desde cuándo poner collarín a un hombre y tratarlo como a un perro le convierte en un perro? ¿Qué significado tiene la palabra “justicia” en nuestro diccionario? Si el aquí escribiente abofetea al lector, lo menos sería recibir otra bofetada. Pero ¿y si agujerea su cartera, le arrebata el poco ‘panem et circense’ de que disfruta, y todavía le arroja a las garras del hambre? ¿Qué precio pondría a mi cabeza? Siento que el peso de la justicia la aplastaría hasta hacerla papilla, pero también que si fuera la cabeza de un ministro o de un secretario de estado, no habría justicia ni yunque capaz de desconcharla.

¡Necios! ¡Bastardos! ¡Indignos! Pensar que quienes nos representan invierten cada minuto de su jornada en contrarrestar su ineptitud a golpe de impuestos, y aún se aplauden a sí mismos concediéndose asignaciones y reconocimientos… ¿De qué cuna salen estos aspirantes a hombres que hablan como españoles y respiran como españoles, pero viven como los reyes y señores de la Creación? Cualquiera diría, por sus infinitos privilegios y poderes, que proceden de una raza de dioses. Un puñal en su pecho no arrancaría más que un rayo de luz, en lugar del borboteo de sangre que retrata a cada uno de los artistas de nuestro tiempo.

Porque yo he caminado entre estos hombres de cine y letras, y he contado sus puñaladas. Veintiuna eran sus puñaladas, y cada puñalada era como una boca parlante, y cada boca gritaba con acento español: «¿Hasta cuándo esta masacre?». Como quiera que sea, ay, 21% de IVA cultural, ministros pentamileuristas y cineastas en la mendicidad.