¡Que se mueran los poetas!

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Hay en España una asombrosa escasez de poetas de la imagen. A los actores, directores y guionistas de esta especie conviene buscarlos al otro lado del Atlántico. Porque los señores Bardem, Bayona y Banderas no nos pertenecen: pertenecen a Hollywood, donde componen versos para la gloria y viven felices porque tienen voz y se respeta esa voz. Pero no se equivoque: hay muchos más ruiseñores de donde salieron éstos. Sucede que no se les escucha. El oído español, tan agudo en otros tiempos, se ha hecho impermeable a estas sutilezas y sólo se conmueve ante los latiguillos de Marvel y los chascarrillos de barra. Y claro, podría pensarse que el poeta español se encuentra extinto pero no, simplemente va camino de la extinción.

Dice el dicho que el gallo que no canta, algo tiene en la garganta, y digo yo que nada tiene el gallo en la garganta: las gallinas están sordas, y no hay trabuco ni cañón que pueda remediarlo. Uno se pregunta a veces si nuestros amigos europeos conocerán alpistes más artísticos y si sabrán apreciarlos. Porque la impresión es que algunos han desarrollado un verdadero pico de oro, y por Dios que no lo han conseguido con Torrente ni con Truman ni con Ocho apellidos vascos, por mencionar la flor y la nata de nuestro gallinero.

Como quiera que sea, nada puedo decir de los poetas europeos, pero si son del mismo trazo que los españoles, recordarán a una telaraña olvidada entre dos paredes. ¿Conoce el sonido de una telaraña? Claro que no lo conoce, como tampoco la voz del poeta porque en España los poetas compiten con el roer de las termitas y el correteo de las musarañas —y no diría yo que tienen ganada la batalla.

Dicen que los judíos lo pasaron mal en la Segunda Guerra Mundial. Ya me gustaría ver a un Paul Celan o un Ginsberg en la España digital. No en la de Franco ni en la de Augusto sino en la digital: 46 millones de sordos espirituales dándole a la tecla y a la lengua y entre una cosa y otra, nada. No cabe duda de que cualquiera de estos narigudos se volvería sin pensarlo a la Alemania nacionalsocialista, y quién sabe si, de tener un temperamento más alemán, no intentaría pasarnos a todos a cuchillo. Pero ya les digo yo que no hay cuchillo ni cámara de gas capaz de exterminar una sordera tan perfecta como la española.

Gracias a Dios que esta sordera no es contagiosa, y naciones tan jovenzuelas como Estados Unidos conservan un oído finísimo, capaz de percibir los versos de Elia Kazan, Frank Capra o Alejandro G. Iñárritu. Que estos ruiseñores habrían enfermado en nuestra amadísima patria, no hace falta ni mencionarlo.

Definitivamente hace falta un artista español diferente, como también un español diferente y una España diferente. Porque la tierra es estéril, el clima rara vez acompaña y las semillas se han desvirtuado. Pertenecemos a una raza de gigante, y sin embargo no abundan españoles con capacidad para elevar los espíritus, refrescar las conciencias y cincelar en la historia del arte un nuevo y emocionante capítulo. Si los garabatos al margen de esta generación son el legado de nuestra España, pobre España y pobre generación.

El aquí escribiente, que es algo pasional, dio un telefonazo a dos o tres productoras con motivo de este artículo, y se descargó a gusto sobre esto y aquello.

—¡Oh, menudo poeta estás hecho! —me respondió uno de ellos—. Pero el español que buscas no está en España sino en tu cabeza. ¿Aceptas un consejo? Busca un guión manido, sazónalo de clichés, humor de barra y personajes acartonados, ponle dos buenas tetas y envuélvelo con un lacito de polémica, y tendrás un taquillazo a la española. ¿Conoces el lema de esta industria? —. Le dije que no, y antes de cortarse la línea me apuñaló con su vozarrón—: ¡Que se mueran los poetas!