Martini con Liria (III): Oda a “Los Increíbles”

A punto he estado de no venir hoy al bar del hotel Overlook. Esta vez, sinceramente lo expreso, no contaba con ninguna maldita idea. Ninguna. El espíritu de la esperanza me ha impulsado a coger una chaqueta y conducir hasta ese Martini que Lloyd, el camarero, me servirá.

Cuando llego, observo a mi gentil amigo exprimiendo su cerebro en una ardua tarea. Me saluda, me sirve mi Martini sin expresar ninguna indicación y, como si viera en mí la solución a todos sus males, me pregunta. “¿Sabe usted de matemáticas, caballero?”. “Algo conozco, ¿por qué lo pregunta?”. “Le leo el enunciado: la integral de sec y dy de cero a la sexta parte del número Pi es el logaritmo con base e de la raíz cuadrada de tres veces la sexuagésima-cuarta parte de… No sé qué va ahí. Es de los ejercicios de física de mi sobrino.” “¿Sabe, Lloyd? Creo que, contra todo pronóstico, sé la respuesta. La solución es i”.

El camarero, entusiasmado, apunta mi respuesta y la redondea. Me da las gracias y llama a su sobrino. Una i redondeada… Los recuerdos de mi infancia se atoran en mi cabeza…

El primer recuerdo que tengo de haber visto Los Increíbles fue en casa de mi primo, hará trece años aproximadamente. Y me encantó. Me encantó sobremanera. No estoy hablando de la facilidad con la que cuentan los niños para que cualquier película, serie o canción les penetre las pupilas y les guste: Los Increíbles fue un antes y después para mí, tanto para espectador como para el creador no nato que por entonces era.

Los superhéroes ya existían. En ese aspecto, la película de Pixar no innova o renueva en el género. La superfuerza, elasticidad, súpervelocidad o la capacidad de tornarse invisible son capacidades inspiradas en mitos del cómic como Superman, Los Cuatro Fantásticos o Flash. Pero sí aúna una conexión con el público infantil: los protagonistas, superhéroes todos, forman una familia. Esto facilita la identificación del niño con el argumento. Tu madre, por arte de magia, es Elastigirl y tu padre de repente es Mr. Increíble. Tu hermano pequeño, el pesado, se convierte en Dash. Tu familia entera, en tu imaginación, está viviendo la aventura.

En ese recuerdo de mi memoria, del primer visionado, hubo algo que me chocó sobremanera. Un evento que no había sucedido nunca: mi tío y mi padre no solo estaban viendo con nosotros la película, sino que rieron a carcajadas con una escena (cuando el niño del chicle se queda flipando con Mr. Increíble cuando este levanta su coche en un momento de rabia). Pidieron que repetiéramos la escena y las risas sonaron más fuertes aún. Era… increíble. ¡Un gag de una película infantil donde nuestros padres se reían! Lo que demuestra mi siguiente punto: Los Increíbles es una película tan dirigida a los pequeños de la casa como a los adultos. Y la trama, diálogos y música lo demuestran.

No requieren presentación: son las heroínas y héroes de nuestra infancia.

La historia original, de hecho, su creador Brad Bird pretendía que fuera un largometraje de animación adulto, hasta que este lo envió a Pixar, que respetó gran parte de la obra. No es de extrañar, pues la propia historia es disfrutable desde todos los puntos de vista. Las pistas del plan de Síndrome (me permiten el placer de decir que es mi villano favorito del estudio), las sospechas de Helen sobre la infidelidad de Bob o simplemente ese anhelo de Mr. Increíble por volver a los tiempos de gloria, del éxito, de los súper. El diálogo entre Bob y Fronzono (en su versión original le pone voz Samuel L. Jackson) en el coche en su noche de amigos es probablemente el extracto más valioso de la película. Juzga por ti mismo.

La música es alucinante y Michael Giacchino tuvo clara su inspiración: la banda sonora del James Bond de Sean Connery. Trompetas, cajas de resonancia y unas notas deslizándose por el pentagrama como una imposible montaña rusa. Podríamos decir que John Barry es el abuelo de temas como “Kronos Unveiled” (pieza musical de mi escena favorita) o “The Incredits”.

Los Increíbles no solo es una película infantil, un largometraje de animación o un entretenimiento Pixar como otros. Es una obra maestra que marcó una época, efecto que empezamos a vislumbrar ahora que su secuela está próxima a estrenarse catorce años después; un reloj suizo perfactamente cronometrado en guión, interpretaciones, banda sonora y gran conciencia de ritmo, que es visionable tanto a los seis años como a los cincuenta.

Ahora solo falta esperar hasta el 27 de junio para que el niño interior que escondemos quiera salir de nuestras entrañas y disfrutar con nosotros de la película.

Alargo la mano con un billete de cinco euros para pagarle a Lloyd. Reniega del dinero y me dice que de ninguna manera, que gracias a mí pudo ayudar a su sobrino. Acepto la invitación; sería poco caballeroso no hacerlo.