‘El Club’ – Perlas a los cerdos

Un artículo de Gonzalo Ruiz Esteban (El color del cine

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¿Conoces esa sensación de terminar una película y darte cuenta de que va a pasar mucho tiempo hasta que otra la remplace? Esa película. Te hablo de esa peli que no le recomiendas a cualquiera, tan solo a aquel que crees que la va apreciar como se merece. No hay muchas que consigan ese galardón particular que cada cinéfilo atribuye una vez cada cierto tiempo, de manera totalmente involuntaria. El tipo de peli del que hablo suele tener una característica en común con el resto de las de su especie: está infravalorada. En algunos casos, lo está para el gran público; en otros, incluso dentro del propio circuito indie.

A estas alturas ya tienes una peli en mente, no lo niegues: lo sabes tan bien como yo. Me refiero a la que acabaste de ver y te preguntaste en silencio: ¿por qué nadie está hablando de esto? Bueno, yo encontré uno de esos rara avis la semana pasada.

El Club es, sin lugar a dudas, una de las cintas más magnéticas que he visto en años. ¿La premisa? Unos curas chilenos pasan sus días en una casa de retiro al lado de la playa. El motivo de su presencia en semejante entorno no tarda en desvelarse: han cometido pecados imperdonables a los ojos de Dios y de los hombres por los que cumplen penitencia. La realidad es que su vida allí es poco menos que unas vacaciones pagadas. Rezan, comen y entrenan a un galgo al que llevan a las carreras del pueblo, en el cual no son conscientes de por qué se encuentran allí. Viven aislados, dado que, si se conociera la naturaleza de su estancia, no habría deidad que los protegiese de la ira humana.

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Se trata de una obra sin puntos flacos. El batido de aparente simpleza argumental y crudeza dramática con un cierto aroma cómico se revela un experimento delicioso. La moral bíblica es sistemáticamente puesta en entredicho con unos diálogos de oro. Pero lo que me resulta enormemente fascinante es la capacidad de los personajes de crear algo más que cierta empatía. ¿Cómo es posible que unos seres que deberían, en condiciones normales, resultarnos deleznables puedan parecernos entrañables?

Nada más acabar el filme, me invadió un cierto aire de remordimiento: esa es su grandeza. La historia te bambolea como una atracción de feria. En noventa minutos, te hace plantearte los pilares sobre los que ha sustentado su existencia la sociedad occidental durante siglos. El bien y el mal son presentados de manera relativa. El perdón, como el único antídoto a la hoguera del arrepentimiento.

Cuando acabes su visionado, muchas dudas rondarán tu cabeza, pero me juego el cuello a que una de ellas se impondrá por su obviedad a las demás. No puede ser que esta maravilla no esté ni siquiera nominada al Oscar a Mejor Película de habla no inglesa. Como ya adelanté al comienzo del artículo, no es para ser recomendada a cualquiera. En palabras de Mateo: “No den las cosas sagradas a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los hagan pedazos. Y no echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen”. ¡Hasta pronto, cinéfilos!