El arte de marmotear películas: Atrapado en la cartelera

atrapado-en-la-cartelera

Pensilvania celebra por estas fechas el peculiarísimo Día de la Marmota. Este festejo ha sido retratado con justeza en la célebre comedia de Bill Murray: una multitud anhelante, organizadores con chistera, y una marmota gordinflona con una promesa de primavera. Siempre me he dicho que Atrapado en el tiempo esconde una metáfora perfecta para la industria cinematográfica, pero ha tenido que llegar Ryan Coogler con su Creed para fortalecer esta opinión.

—¿Ha visto usted Rocky? —me pregunta un anónimo.

—¿Rocky?, ¿qué Rocky? ¿El de 1976, el de 1982 o el de 1992?

—¡Hombre, el de 2015!

Pensar que los derechazos de Rocky son tan ilimitados como la fabada asturiana me parece una cosa inadmisible. Un perro verde no sería a mis ojos más antinatural. Pero que nadie me malinterprete. Yo disfruté de Rocky tanto como de las fabes del mes pasado. Ahora bien, no me obliguen a repetir día sí día también este plato porque acabaré propinando un gancho pujilístico al camarero. A Dios gracias hay variedad en mi mesa, pero al dichoso Rocky lo tengo hasta en la sopa.

Y quien dice Rocky dice Mad Max, Terminator o Jurassic Park. Rambo, Batman, Jungla de Cristal, las princesas Disney y un larguísimo etcétera de lo que se ha dado en llamar franquicias. Como si hacer cine fuera un ejercicio de repetición, en lugar de creación. Pero así es, y no debe tomarse a menoscabo: marmotear cine es un arte. ¿O qué se cree, que cualquiera puede vender siete veces la misma película con el mismo boxeador al mismo público?

Desgraciadamente se han marmoteado ya tantas películas que a uno le parece estar atrapado en la cartelera. Cada estreno tiene el regusto de estrenos pasados, y basta que le pongan por delante un Blue Valentine, un Renacido o un The Better Angels para que se le salten las lágrimas y empiece a lanzar silbidos de alegría. ¡Ay, originalidad, cuánto te echaba de menos!

Claro que por cada Blue Valentine hay doscientos o trescientos ‘remakes’ de, secuelas de o precuelas de. Ni siquiera merece la pena escandalizarse cuando David Lynch anuncia el ‘revival’ de Twin Peaks. Después de esto, un ‘spin-off’ de Bonanza y El Chavo del Ocho me sorprendería lo mismo que si volviera la moda de las pelucas empolvadas o reintrodujeran la moneda de dos reales.

¿Vivimos una crisis creativa?, me pregunta a veces un amigo poeta. ¡Por Dios, no! Salvando las distancias el cine de hoy es idéntico al de ayer, nada se la restado, nada se la ha añadido. Y este amigo poeta, que se toma muy a pecho estos asuntos, empieza a decir cosas de poeta: ¡Oh Arte, te han desfigurado! / Eres una prostituta que se tambalea / Un actor que ha olvidado sus diálogos / En tu rostro han sembrado la ruina y la devastación…, y otras perlas por el estilo, que este articulista escucha sin entender.

Triste sería, en cualquier caso, que una marmota meteoróloga tuviera que pronosticarnos la primavera del cine, porque tristes serían sus conclusiones. Y con esto, vale la pena señalar la moraleja oculta en estas líneas: Padres y madres del mundo, que vuestros hijos sean guionistas. Robar personajes al cómic, robar ideas a la literatura y robar clásicos al pasado significa ser guionista. La creatividad ha muerto, y si no ha muerto, lleva en su reluciente costillar una promesa de muerte. A quienes les haya nacido un poeta, un músico o un escritor de raza, mis más sentidas disculpas: no hay forma de que hagan carrera de ellos.