Crítica- ‘High-Rise’

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 Título original: High-Rise

Año: 2015

País: Reino Unido

Director: Ben Wheatley

Guión: Amy Jump (Adaptación de la novela homónima de J.G. Ballard).

Música: Clint Mansell

Fotografía: Laurie Rose

Reparto: Tom Hiddleston, Sienna Miller, Jeremy Irons, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawes, Reece Shearsmith, Peter Ferdinando, Sienna Guillory,Stacy Martin, Enzo Cilenti, Augustus Prew, Tony Way, Dan Renton Skinner

Productora: Recorded Picture Company (RPC) / British Film Institute (BFI) / Film4 / Embargo Films

Género: Ciencia ficción/ Thriller

Primera secuencia y nos encontramos con una zona que parece haber sido devastada. ¿Son eso muertos? ¿Qué ha pasado en este lugar? Fundido a negro y letras: “3 meses antes”. El profesor Robert Laing llega a su nuevo apartamento en el piso 25 de la Torre Elysium. En la cocina sin estrenar del espacio diáfano y minimalista encuentra las instrucciones de uso del edificio, pues este complejo de apartamentos no se parece a ningún otro, esta gran torre es la creación de un arquitecto que sueña con una sociedad ideal y utópica donde los “especímenes” viven más arriba o más abajo según su estrato social, medido por la riqueza, la productividad y la utilidad para esta sociedad. En la cúspide, como no podía ser de otra forma, el creador, casi un dios con su séquito de las últimas plantas.  Sin embargo, aun esta división de clases, los espacios comunes del edificio son compartidos por todos. ¿Podéis imaginar lo que puede suceder cuando un grupo de niños ruidosos de clase trabajadora quieren usar la piscina que unos lánguidos ricachones necesitan para su enésima fiesta exclusiva? Si a esto le añadimos el descontento por los continuos cortes energéticos, nos encontramos con una situación incómoda.

Ya lo advertía H.G. Wells en La máquina del tiempo, considerada como la novela fundadora de la ciencia ficción soft (subgénero preocupado por las consecuencias de los avances científicos en manos del ser humano), el acceso a la energía había proporcionado al hombre la seguridad y éste languidecía en un erotismo decadente.

“Me dolió pensar lo breve que había sido el sueño de la inteligencia humana. Se había suicidado. Se había propuesto dirigirse resueltamente hacia la comodidad y el bienestar, hacia una sociedad en equilibrio con la seguridad y la estabilidad como lemas, y había realizado sus deseos… para al final llegar a esto. Alguna vez, la vida y la propiedad debieron de alcanzar una seguridad casi absoluta. Al rico le habían garantizado su riqueza y su bienestar, al trabajador su vida y su trabajo. Sin duda en aquel mundo perfecto no había habido ningún problema de desempleo, ninguna cuestión social que quedara sin resolver. Y una gran calma había sobrevenido a continuación” (La máquina del tiempo, H.G. Wells, 1895).

La sociedad segura basada en la comodidad y el bienestar vive en calma, pero es una calma tensa, alienada, sostenida por unos pilares artificiales de cartón piedra. Así, durante la primera parte de High-Rise (Wheatley,2015) el espectador contempla una sociedad utópica en su día a día. Junto a su nuevo habitante, el doctor Laing, vamos conociendo al curioso vecindario de más arriba y abajo de la planta 25. Una Sienna Miller, vecina del 26, asomará por el balcón para tentar el apetito del protagonista del cual solo sabemos que perdió a su hermana. No, en serio, ¿quién es el protagonista? Luke Evans, vecino de unas plantas más abajo, casado con una embarazadísima Elisabeth Moss y una camada de cachorros poco adiestrados será otro de los personajes que tengan una relación más estrecha con Laing. Será él, documentalista, quien se haga primero la pregunta sobre quién era y qué hacía Robert Laing antes de llegar a Elysium, pero la vorágine visual y sonora nos hará perdernos en un juego de luces, sombras, espejos y máscaras.

Sí, el símbolo de la máscara está presente en varios momentos clave del filme y yo diría que no es una casualidad. La primera vez que aparece una máscara quizás no nos demos cuenta de la simbología que acarrea, pero la acción es tan descarada que casi podríamos cortar esa escena para hacer la sinopsis de la película. El doctor Laing es neurólogo y en una clase magistral con unos alumno separa la corteza facial del cráneo y explica lo fácil que es retirar esta máscara de piel y carne. Inmediatamente después vemos cómo el doctor tiene que esforzarse por extraer el cerebro del mismo individuo experimental. Nuestro rostro es solo una máscara, pero a lo que realmente somos es difícil llegar. Veremos más máscaras a lo largo de la película que nos recuerdan que lo que estamos viendo no es más que una fiesta de disfraces.

Nos presenta Wheatley con High-Rise una utopía abocada a la distopía desde el principio. Un relato narrado por un narrador que engaña tanto como el ser humano en sociedad; parece una voz over omnisciente, pero quizás cuando lleguéis al final os deis cuenta de que lo que reconocíais como narrador no tenía la intención de desempeñar esa función en ningún momento. ¿De quién es la voz: de un personaje o de alguien ajeno a la trama? Si el narrador es engañoso, ya os podéis imaginar que vuestros sentidos os engañarán; las imágenes caleidoscópicas, los espejos, la ralentización y aceleración del discurrir de la imagen, nos introducen en estados de conciencia alterados.

High-Rise es una vorágine, pero también hay tiempo para la calma. Planos medios y generales en los que predominan las líneas rectas son constantes en las mañanas pacíficas tras la locura nocturna. La gama cromática grisácea, el juego de luces y sombras y la simpleza de las líneas que nos abocan a mirar al horizonte de un personaje alienado con la realidad urbana no dejaba de recordarme a los cuadros de Edward Hopper. No sé si es casualidad la estética pictórica de la película con es obsesión con la pintura gris del protagonista.

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‘Morning sun” (Hopper, 1952).

Eso sí, aunque el espectador se encuentre ante imágenes fijas con cambios de planos imperceptibles, le acompañará una música que le generará cierto desasosiego, una música que nos pone alerta, como si un león hambriento fuese a saltar sobre los personajes y los fuese a devorar de un momento a otro. Este sentimiento de desasosiego se lo debemos al trabajo de sonido e imagen, pero no podemos olvidarnos del reparto que llega a causarnos escalofríos con sus actuaciones. Tom Hiddleston interpretando al misterioso y extraño doctor Laing hace un gran papel, pero el que se lleva toda la atención cuando aparece en escena es Luke Evans, que supongo que debió de bañarse en valeriana después de los días de rodaje. Bien es verdad que el personaje de Evans es el más transparente de todos, sabemos siempre lo que piensa y lo que va a hacer, otros por el contrario son un enigma que resolveremos conforme avanza la historia. Eso sí, no conseguiréis descifrar al Doctor Laing y, si lo conseguís, por favor, contádmelo.

Lo mejor: La vorágine estética en la que nos vemos sumergidos.

Lo peor: Quizás Luke Evans se coma en algún momento a Tom Hiddleston, aunque es una película para ver más de una vez y reconsiderar la percepción inicial.

Nota: 9/10