Martini con Liria (VII): Cine con ‘c’ de vida

Hace escasos diez minutos -desde el momento que escribo estas líneas- que he terminado de ver por primera vez Léon el Profesional (Luc Besson, 1994). Y aprovecho un Martini no solo para brindar por ella (Prost!, como dirían los alemanes), sino que me gustaría conversar con ustedes sobre la sensación que inunda mi habitación ahora mismo.

No, no es la primera vez que penetra en mí esta mezcla de satisfacción, nostalgia e inspiración. Pero no es algo asiduo (¿qué aburrido sería que con cada película ocurriera, no?). En ocasiones, olvidamos que el cine no es solo arte o puro entretenimiento. El cine, amigas -y amigos- no deja de ser una línea perfectamente paralela a la vida. Un espejo. Un sueño. Un “y esto es lo que opino”. Y, por contradictorio que suene mi discurso, pocas películas alcanzan este cánon. Léon el Profesional es una de ellas.

Contar el argumento o bombardear de spoilers esta copa que tomamos no sirve de nada, así que trazaré líneas generales. Las miradas, las rutinas, el afecto por problemas nimios, la pena, la alegría. No debe por qué rezumar realismo, pero sí reflejar la realidad. Hay un abismo en esta diferencia.

Scarface fue la primera película en mi etapa adulta que me agarró del pecho y a día de hoy, tras más de dos años después del primer visionado, perpetúa mi reflexión sobre ella. En principio, no es un film objetivo para esta opinión, pero lo consiguió: me mantuvo sentado en la silla de mi habitación las casi tres horas que dura. Violenta, caótica por momentos, excesiva, en desgraciadas ocasiones (y consciente de ello), también machista. Me encandiló. Me encantó. Me influyó -cosa que sigue haciendo-.

La siguiente que devolvió esta luz a mi alma fue American Psycho. Revolvió mi moral, lo más profundo de mi ser. Me provocó náuseas. Su obsesión me obsesionó. Aún mi cerebro se reconcome con su final.

Continuó Baby Driver (¿hace falta que hable más aún de ella?) y la última en subirse a este tren emocional es León. Todas con sus motivos particulares y personales, pero con una idea sustancial clave: escarvan en tu corazón y mente. Marcan sus iniciales en tus cuerpos cavernosos. Te infectan con el virus de la maestría. Y bendito seas por caer enfermo con ellas.

Lógicamente existen una serie de factores externos fuera de nuestro alcance: estado de ánimo, situación sentimental, nivel de embriaguez (has leído bien); inclusive la compañía. Quizás si hubiera visto León recién salido de una ruptura y acompañado por cinco personas, mi perspectiva sería bien diferente. El cine no es una ciencia exacta.

Lo que sí sé es que es un arte noble.