Cómo ‘Baby Driver’ me devolvió la esperanza en el cine (I)

Estamos a un día de que 2017 finalice y no creo que exista una mejor manera de acabar el año que volviendo al primer artículo que escribí para 35 Milímetros: la crítica a Baby Driver. Lejos de analizar de nuevo su contenido como película, me gustaría utilizarla como exempli gratia de lo que significa y simboliza; cómo aparentemente un elemento más de una industria como Hollywood arroja un poco de luz a un mercado abastecido por superproducciones, superhéroes, CGI y guiones de una previsibilidad apabullante.

Edgar Wright presentó este verano su último trabajo: un largometraje sobre un joven portentoso al volante, al servicio de una organización criminal de la que no puede separarse por una deuda pasada. Baby trabajará en numerosos atracos a bancos y oficinas como conductor, hasta que se dará cuenta de que ese no es el mundo al que corresponde y que no es nada fácil no mancharse las manos de sangre. Sí, puede parecer un argumento simple. De hecho, esa idea constituye su principio: la primera mitad de metraje no deja de ser un film sobre atracos y gángsters.

Jon Hamm (Buddy) y Edgar Wright conforman un tándem que deseo, no se baje nunca de la bicicleta.

Pero no se detiene ahí, cuenta con algo más. Baby Driver tiene alma, encanto, chispa, atractivo. Las casi dos horas de películas surfean sobre música constantemente y no se nos torna tediosa. ¿Has visto Río Bravo? ¿Recuerdas cuando Dean Martin, Ricky Nelson y Walter Brennan cantan juntos My rifle, my pony and me y Cindy, Cindy? Las dos canciones son interpretadas seguidas, sin cortes. ¿Dos piezas musicales en un western de John Wayne? Howard Hawks no lo tuvo fácil para incluir esa escena. Finalmente, lo consiguió. ¿Es una sorpresa el éxito que tuvo? ¡No! No se trata de que sirva y funcione en apariencia: hay que darle vida. Tiene que ser realista, se debe respirar la camaradería del momento. Hawks lo consiguió. Wright también. Determinación y creer firmemente en la película. Esa es la base del éxito en una producción, en una escena, en la vida.

Sensaciones. Miradas, gestos, forma de pronunciar las palabras, ticks, tempo escénico: valores que se han olvidado en la gran taquilla. No transmiten inquietud, sorpresa, alegría, drama, enamoramiento. Sé que por muchos golpes que reciba Iron Man, al instante se levantará y matará al villano de turno. No sucede eso con Baby Driver: cada giro de guión entorpece aún más el camino del joven Mozart al volante. Ni siquiera sé cuál va a ser el siguiente paso de cada personaje. No espero que X aparezca en ese momento y en ese lugar. “¡Ahora no!” grito desde dentro. Y aun así me encanta que de nuevo me sorprendan y me demuestren una vez más que esta es la historia del guionista y director, y no la mía. No puedo saberlo todo… Deben enseñármelo todo.

Con Baby y Debra siento mariposas en el estómago. Veo la cara de ella enamorándose en la lavandería; veo cómo mira los labios de él en el coche en el fin de una cita; yo grito “¡bésale!” y cuando lo hace casi puedo oler su perfume.

Lily James es el gran descubrimiento del film; interpretación y caracterización sólidas, sórdidas y realistas.

Hay un factor que echo especialmente de menos en el cine contemporáneo. Un elemento, de hecho, que Disney (a su manera) parece haber captado y que transmitirá en Avengers: Infinity War y ya lo practica en la nueva trilogía de Star Wars. Es un sabor y si te gusta la comida china te será familiar: el agridulce. Sentir que en el mundo del celuloide, como la propia vida, ni la felicidad ni la tragedia son para siempres. Ni un personaje puede sufrir toda la película, ni puede salir impune e ileso de su historia, sea del género que sea. No hay comidas felices ni perdices en todos los finales. Eso lo sabía Coppola (recordemos el broche final de “El Padrino Parte III”) y lo hereda Wright. Y no con ello pretendo decir que un final feliz sea un mal final, al contrario. Hago alusión a la sobreexplotación de idilio por encima del realismo que requiere la historia.

En mi cabeza aún existen bastantes tabús, aspectos y opiniones que ofrecer. Recalco que Baby Driver es solo un ejemplo comparativo respecto a la industria actual; como habrás podido comprobar, también destaco referencias de toda la historia del cine. ¿Te interesa una segunda parte? ¡Contesta en la encuesta en el Twitter de 35 Milímetros o comparte tu opinión en la sección de comentarios! Ah… ¡y Feliz Año Nuevo!