Asuntos sucios, sucísimos en Hollywood

Mientras los congoleños trafican con diamantes y los venezolanos consolidan la ruta europea de la coca, en Estados Unidos hacen su agosto con la mercancía fresca de Marvel y DC Comics. Asuntos sucísimos donde los haya, cada uno a su manera.

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Que cien añazos de cine hayan convertido al cine en cine de género, debería ser motivo de luto. La cartelera de esta semana no se diferencia en absoluto del menú de un fast-food. Qué insultantes me parecen sus platos. Una de zombis, una de princesas, una de superhéroes, patatí patatá, patatí patatá. Oiga, ¿qué tiene la de superhéroes? Pues mire, tiene explosiones, algunos chascarrillos y un malo malísimo. Bueno, déme dos, y una que sea para llevar… El éxito de McDonald’s es idéntico al de Hollywood: ambos venden el mismo producto enlatado a millones de paladares, y no conformes con eso, están logrando lo imposible: reducir millones de paladares a uno solo e indiferenciado. Igual que se reducen las asperezas de la madera a fuerza de limar o las conciencias en el Ejército a golpe de calabozo. Que a todos se les acabe atragantando, sólo es cuestión de tiempo.

Entre nuestros enemigos públicos abundan terroristas, topos informáticos, camellos, rateros y otras bestezuelas, pero ¿qué hay de los enemigos culturales? Las milicias islámicas no deberían inspirarnos ni la mitad de terror que una de superhéroes, y el articulista no bromea: con las estadísticas en la mano, le asegura que una rama seca tiene tantas posibilidades de romperle el espinazo que un atentado ferroviario. Los calzonazos de Marvel, en cambio, me parecen peligrosísimos. Su convencionalismo, moralina y latiguillos, mucho peores que el fanatismo religioso, tienen efectos altamente estupidizantes sobre la masa, y equivalen a morder el cable del teléfono, dar chupadas a una pipa de opio o pasarse un rodillo de cocina por la mollera.

Tanto como la contaminación del medio ambiente, debería preocuparnos la contaminación artística. Sí señor, la contaminación artística. Y no hablo de los seriales televisivos sino de la contaminación a gran escala que representa el cine de adaptación: ese que consagra su tiempo a robar al cómic, robar a la literatura y robarse a sí mismo, mientras que a Don Imaginación y a Doña Creatividad se los comen las telarañas. Y a propósito de la contaminación, le apuesto cualquiera cosa a que si los efectos especiales fueran cieno y los diálogos manidos unas lavazas de alcantarilla, la cartelera de esta semana apestaría toda su ciudad.

Se habla del impacto de los balleneros nipones sobre la fauna oceánica, y no del impacto de la inversión de roles en las películas animadas: porque si darle la vuelta a los géneros del cuento popular es la gran revolución de Disney, convendría abrir una tumba, preparar un réquien y doblar las campanas por la animación.

Ay, si el aquí escribiente pudiera llevar a juicio a todos los productores de cine. Que doce hombres justos les ajusticien por negligencia, mercantilismo, hurto mayor y pésimo gusto. Y todavía iría más lejos, imponiendo una suerte de Ley Seca que prohibiera durísimamente estos métodos. Pero siento que una ley semejante tendría el efecto de un cuello de botella. ¿Cuántos directores pasarían el corte? Desde luego sin Malick ni Cianfrance ni otros virtuosos, la cartelera se vaciaría en el acto. Pero el articulista lo prefiere así. Más vale creatividad sin películas que películas sin creatividad.